Las Llaves y La Carta

En Diciembre quise escribir una carta. Fue una idea que me vino a la cabeza de pronto, un día así sin más.
No iba dirigida a nadie, tal vez de manera muy obvia sería dirigida a Dios (a quien no es nada nuevo que de cuando en cuando le escriba cartas), pero la diferencia ahora, radicaba en el hecho de que se trataba de un escrito en el que plasmaría mis miedos, las cosas que de alguna manera me preocupan en este instante presente de mi vida, pero con el paso de los días esa idea, de simple pretensión se difuminó entre la rutina y por cuestiones personales y la pesada carga de trabajo durante esa semana, ya nunca la escribí.
Nunca he escrito por obligación o para que alguien más me lea. Sean cartas, ideas, historias que atrapo (y quiero contar), sueños o alguna otra cosa, siempre la plasmo cuando algo dentro de mi me hace saber que es el momento adecuado para poder hacerlo. Esta carta de la que hablo, a pesar de que ya no la escribí nunca, desde el último mes del año pasado, hasta este instante presente, he seguido pensando en ella…
Aunque hasta el día de hoy no haya tenido ni siquiera la intención de hacerme de un momento durante el día para sentarme y redactarla, de modo constante pienso en lo que plasmaría entre sus líneas y no sé si sea temor, disfrazado de “no tengo tiempo” lo que de alguna manera ha evitado hasta ahorita que esa carta exista.
Cuento todo esto, porque acabo de despertar y más que “pensar”, dentro de mi siento que lo de la carta sincera y olvidada se relaciona con lo que hoy tengo que contar.
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Anoche cerré los ojos en el mundo real, para luego abrirlos en el mundo de los sueños. Siempre pierdo la noción del tiempo, y no tengo idea de si sucedió algo antes o cuánto tiempo estuve soñando; tan sólo se que cuando desperté en el mundo de los sueños ya era de día, y yo estaba caminando a dos calles de distancia de mi casa.
 
La verdad no tengo ni la menor idea de hacia donde iba, pero mientras caminaba (hacia donde quiera que yo me dirigiera), me di cuenta de que a pocos metros un hombre caminaba detrás de mi.
 
No era nadie conocido o alguien a quien yo recordara haber visto antes en cualquier otra parte. Sólo puedo decir que era un hombre joven, de cabello oscuro; iba vestido de negro, pero no tenía un aspecto sombrío, ni tampoco inspiraba desconfianza o temor.
 
No tengo idea de cuánto tiempo llevaba siguiéndome los pasos. Todo lo que sé es que en el instante en que yo me percataba de su presencia, él apresuraba su andar para alcanzarme y poder hablar así conmigo.
 
Yo lo saludé y él respondió preguntando que cómo estaba. Yo le dije que bien, pero de alguna manera sabía que ya conocía mi respuesta… Era una extraña certeza de que nuestra conversación se trataba simplemente de la charla entre dos buenos amigos que ya se conocían de tiempo. De alguna manera él también ya intuía, conocía cada uno de mis pensamientos y fue en ese instante que de algún lado sacó un par de llaves que con una sonrisa me mostró, agitándolas frente a mi.
 
Las tomé. No tenían nada de especial, no eran mágicas ni tampoco emanaban algún destello místico, tan sólo sabía que eran para mi, aunque tampoco me quedaba muy clara la utilidad ni el propósito que tenía al ponerlas en mis manos.
 
Él tampoco se desgastó en explicarme, tan sólo se limitó a pedirme que lo acompañara. Seguí sus pasos y en cuestión de pocos minutos estábamos en la tienda cercana a mi casa. Cuando entramos había gente, pero nadie pareció notar la presencia de aquel extraño que no era tan desconocido, a excepción de una mujer quien atendía el negocio.
 
Ninguno de los dos pronunció palabra alguna, pero por las miradas que intercambiaron me dio la impresión de que de alguna manera esa persona ya esperaba esa visita y fue así como puso en sus manos un legajo de papeles y facturas, de entre los cuales él extrajo una carta escrita en un papel de los que ella habitualmente usaba en esa tienda para envolver cualquier mercancía comestible.
 
El hombre me invitó a acercarme, y al mismo tiempo hizo un espacio libre entre algunas cosas exhibidas encima de una vitrina. Cuando me señaló con su mano encima del papel para que yo leyera, descubrí que las palabras que la persona de la tienda había escrito, hablaban de sus propios miedos…
 
No recuerdo con exactitud todo lo que decía la carta, tan sólo tengo muy presente que la letra tenía la apariencia de que había sido plasmada de manera intermitente, tal como si ella la hubiese redactado en partes, en los pocos momentos libres que su trabajo le permitió.
 
Yo estaba sorprendida porque había desperdiciado tantos días pensando en que escribir en esa famosa carta, y no es que no supiera, tal vez era simplemente que le había dado demasiadas vueltas, para encontrarme con el hecho de que abrir el corazón y vaciar los miedos era algo tan simple como lo hizo ella,  proyectando la incertidumbre en alguien mucho más indefenso, alguien más allá de su propia alma.
 
No hubo tiempo para comentarios. Me tomó de la mano para llevarme hacia otro lado y quiso que la carta se quedara otra vez olvidada junto al resto de los papeles propios de esa tienda. Poco después llegamos hasta la entrada de un taller mecánico, donde había otro hombre joven que de igual forma lo miró, tal como si ya lo esperara. Entonces supe para que servía una de las llaves, que no obstante tenía una apariencia de lo más normal, cuando nos dio acceso al interior de la casa (al fondo del taller), supe, servía para abrir cualquier tipo de puerta o cerradura.
 
La casa del mecánico tenía la apariencia de alguien que vive completamente solo. Entre todo ese desorden había una caja metálica que en su interior contenía recibos, comprobantes de pago y alguno que otro documento importante, pero estaba también una hoja de cuaderno doblada, que era evidente había sido la carta donde ese mecánico exteriorizó también sus más profundos miedos.
 
El contenido de esa segunda carta ni siquiera lo recuerdo, tan sólo tengo muy presente la sensación de que aún sin saber si aquel hombre era Dios, un ángel, un guía espiritual o algo parecido, me quedaba muy claro que a cada persona, sin importar si lo imagina o no lo imagina, le llega el tiempo de Confiar.
 
Ya no sé que pasó, abrí los ojos de nuevo al mundo real y estaba apenas amaneciendo. Mi carta aún no existe y aunque sé perfecto lo que escribiría, tan sólo me quedó muy claro el hecho de que el sueño no fue tan sueño, y que esa carta en algún momento tengo que hacer que exista, volverla algo tangible.
 
Quizá para entonces me de cuenta que todo eso que me asusta e intranquiliza ahora no es tan relevante como creo. El futuro no puede controlarse y por lo tanto no puede inspirar miedo. Tal vez del mismo modo que tampoco lo será, todo lo que mientras te contaba este sueño, has imaginado, todo eso que en tu propia carta escribirías tú.


Viernes 10 de Febrero, 2017

 

6:43 am
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