El Árbol del Camino.

Hace apenas muy pocos días, iba de camino a mi trabajo y ya era tarde. Era una mañana calurosa, el trayecto se me había hecho por demás largo y ya a pocos minutos de llegar al primer punto de destino de ese día, el transporte en el que yo viajaba hizo una parada en una de las terminales de mayor afluencia de pasajeros.
Lo primero que pasó por mi cabeza fue que ojalá el chofer no decidiera quedarse mucho tiempo varado ahí, pues eso me retrasaría aún más, y en eso estaba cuando el cristal sucio de la ventanilla me reveló al otro lado de la avenida un árbol solitario.
En incontables ocasiones he comentado en este espacio que la ciudad en donde vivo es un desierto. Por esa parte de la ciudad, hasta hace algunos años no había nada más que arena y torres con alambrado de electrificación. En la actualidad, toda esa zona está poblada ya, pero justo en esa avenida que es una de las principales, el camellón central posee bajo tierra una de las redes más grandes de gas natural, y por esa razón, esa mañana me llamó tanto la atención haber descubierto un árbol que más allá de mi prisa y el tráfico, se mecía de lo más tranquilo con el viento.
La verdad no sabría decir cuantas veces he pasado y me he quedado detenida por unos minutos en ese mismo punto y jamás había caído en la cuenta que justo en ese sitio donde las condiciones del clima y también del suelo no son las más adecuadas, existiera precisamente un árbol tan lleno de vida.
Digo esto último, porque no sé si lo imaginé, pero al momento en que yo me percaté de su presencia y me quedé observando desde el asiento de aquel transporte varado al otro lado de la calle, el árbol parecía danzar al compás de las corrientes de aire y saludarme por el simple hecho de haber caído en la cuenta de que él estaba ahí.
Por un instante la forma de sus ramas se transformaron, hicieron que mi imaginación volara y mis ojos vieran la forma de un conejo diciendo “Hola” a unos cuantos metros de distancia…
Sonreí, no pude evitarlo, porque recordé el tiempo en que los árboles de un parque y también uno en especial que muchos años atrás me saludaba en el camino de regreso a casa eran para mi una especie de prueba tangible de que los milagros se materializan y surgen a nuestro paso independientemente de si tenemos la capacidad para verlos o no.
Tal vez ese árbol en el camino en esa mañana fue la señal que yo tanto buscaba, la respuesta a esa petición silenciosa que siempre hago y que tiene que ver con el hecho de “sentir” a Dios un poco más de cerca.
Todo el día estuve pensando en ello. Mi prisa por llegar pronto se esfumó, y entonces supe que es verdad eso que pienso referente a que son distintos los disfraces que Dios utiliza a diario para jugar a que cada uno de nosotros descubramos donde está y las distintas manera que tiene para hacerse presente.
También caí en la cuenta que yo, (al igual que muchas otras personas), a veces soy como ese árbol, que en medio de condiciones tan adversas debe adaptarse a lo que hay para vivir y florecer.
Perdí la noción del tiempo, el camión de transporte prosiguió su camino y yo llegué a mi trabajo, pero desde ese día, cada que pasó por ahí sonrío y con el pensamiento saludo a ese árbol… Los minutos en que a través de mis ojos ocupa con su forma todo el espacio, me conecta con el momento presente, pero al mismo tiempo con la magia que tantas veces es imperceptible en los espacios que forman parte de mi mundo…
Es probable que esa haya sido la misión del árbol en ese día… Hacerme voltear no sólo para verlo, sino también para no olvidar los regalos que a diario Dios pone en el camino…
Que la magia siempre se haga evidente, pero sobre todo que nuestros ojos y nuestra alma no pierdan la capacidad para percibirla y sentirla.
Gracias por ese día. 

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