Juanito.

Llevo varios días y noches pensando en él, en que su historia comenzó mucho antes de que se centrara toda la atención en su ser, sobre todo durante sus últimas horas de vida.

Él tiempo para él tal vez fue relativo… Tal vez ni siquiera tenía nombre, no sabemos si alguna vez tuvo una familia, si nació en algún rincón de la ciudad, si jugando se alejó y no supo como volver a casa, o como fue que terminó vagando entre las calles.
Por su tamaño, evidentemente (fue durante meses que quizá se convirtieron en años). en los que tal vez fue como una sombra imperceptible ante los ojos del común de la gente.

Recorrió un montón de calles, y nadie nunca lo acompañó ni se preocupó por él, hasta unos instantes después en que conoció la faceta más oscura, repugnante y enferma de la que puede ser capaz un ser humano (por hacer alusión sólo a la “especie”, puesto que quien propició que su vida terminara más rápido de lo que debía, ni siquiera merece que se le llame así).

Fue ahí, en ese instante y hasta que alguien gritó varias veces pidiendo ayuda en su nombre y de manera desesperada, que dejó de ser un fantasma como muchos que a diario deambulan entre la gente, para empezar a llamarse “Juan”.

Él no hablaba, pero la inmensa tristeza reflejada en su mirada y su rostro lo decía todo… Recibió además de un nombre pronunciado en diminutivo y con profundo cariño, toda la atención y el cuidado que quizá con el paso del tiempo olvidó y desde hacía tanto nadie le había dado.

Quizá eso no servía de mucho a la hora de intentar aminorar el daño y el dolor físico que llevaba varias horas instalado en su cuerpo, pero a pesar de eso, desde su postración, el espíritu de Juanito intentó mantenerse, y se aferró a la vida con toda la fuerza de un alma tan noble, pero todo eso resultó no ser suficiente en el momento decisivo de quedarse o no aquí.

Mascota en el funeral de Juanito.
Su cuerpo no resistió, se negó a librar una nueva batalla, ya no por comida, o por un sitio cómodo para dormir con agua y un poco de sombra… Él descansó, pero todos los que tan tardíamente tomamos por fin conciencia de su existencia, perdimos mucho más… Perdimos la esperanza y nos cuestionamos desde ese instante: ¿En qué demonios nos hemos convertido? ¿De qué está llena la mente, pero sobre todo el alma de los niños y jóvenes que están creciendo entre nosotros?… Nos llenamos también de remordimientos, de ese malestar que incomoda el alma de madrugada, cuando piensas en todos los que dejaste pasar de largo y no se salvaron con un: “Si yo hubiera”, “Es que vivo muy lejos, si no pudiera ayudar un poco más”.
Para ir de la tristeza a la indignación sólo se tiene que dar un paso…. Mientras las redes sociales y algunos minutos de los noticieros locales se llenaron de frases y palabras relacionadas entre esos dos estados de ánimo; muchos, por no decir “millones” como Juanito, continúan vagando entre callejones y avenidas no sólo con el estómago vacío, sino también enfermos de olvido.
Son muy pocos quienes realmente se detienen en el camino para mirarlos, brindarles una caricia y un poco de agua y alimento. Por esos unos cuantos, que se meten en problemas y se quedan hasta sin dinero por salvar una vida que a nadie le importa, sabemos que no todos somos tan “mierda” como especie…
La indiferencia mata y más allá de los mensajes de indignación y los cientos de “likes” en publicaciones con propuestas para que la muerte de Juanito no sea en vano; hacen falta más acciones concretas, gente que independientemente de si es o no “rescatista” o más allá de si se encuentra involucrada en alguno de los tantos grupos que existen, en la medida de sus posibilidades y con acciones tan pequeñas (como cargar una pequeña bolsa de croquetas); pueda contribuir a cambiar la vida de uno de esos tantos hermanos de Juanito que al momento de que tú leas esto, siguen vagando y hoy dormirán con el estómago vacío debajo de un carro o en un lote baldío.

Lo más triste es que a veces existen ángeles de cuatro patitas que aún teniendo familia y hogar, carecen de amor y atención. Sé que muchos de nosotros quisiéramos poder rescatarlos a todos, detenernos en el camino para llevarnos a casa a cada uno de los que encontramos de camino al trabajo o a la escuela, porque sabemos que si no nos detenemos aunque sea un segundo para darles un poco de agua y alimento, podrán pasar días enteros, y por mucho que sea un punto concurrido nadie más lo hará.

La tristeza no se disipa tan fácil… Para todos aquellos que la indiferencia ha hecho que pierdan su alma, Juanito puede haber sido un simple perro; sin embargo para quienes hemos aprendido de los ángeles con cola y de cuatro patitas, el valor de la lealtad, el agradecimiento y el amor incondicional, esperamos que además de justicia, el compromiso compartido de apoyar y ayudar de la manera en que se pueda, haga que más allá de hacer justicia, recuperemos la esperanza…

Juanito: échanos una patita desde el cielo y ojalá te encontremos al otro lado del puente del arcoíris. Ojalá puedas perdonar tanta maldad e indiferencia. Descansa en paz.

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