Llora como un niño…

…Ayer tenía muchas ganas de llorar, pero no estaba triste… La verdad no sé como explicarlo y suena muy contradictorio y por eso quise escribir hoy al respecto en el blog.
Mi vida ha cambiado muchísimo y para quienes me leen con frecuencia -y muchas veces entre líneas- quizá no sólo intuyan varias cosas y por mi forma de escribir lo notaron.
Después de un largo período bien difícil, hubo también en el camino un encuentro fugaz, pero tan lleno de luz, que además de transformar mi percepción por completo, contribuyó en gran parte a que lograra una estabilidad y paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Quienes me conocen bien saben que nunca hablo de mis problemas y por lo regular soy una mujer que trata de ver el lado bueno de las cosas, de aportarle algo a quienes se cruzan en mi camino o conviven conmigo, pero también soy una persona como cualquier otra, que tiene problemas, defectos, se equivoca, pero sobre todo que tiene días en que no puede ser tan fuerte y que al igual que cualquier otro ser humano, puede llegar a ser muy frágil y a veces necesita tanto de un abrazo al final del día.
Mis ganas de llorar ayer eran así… No estaba triste, era quizá que como tantas otras mujeres, anoche para mi era una de esas ocasiones en que mi alma estaba demasiado expuesta y vulnerable…
Las razones no son muchas, y todo se resume a decir que hay cosas que no están en mis manos (como la salud de uno de mis cachorros); o el extrañar demasiado a alguien con quien de antemano la realidad indica es alguien con quien no puedo estar.
…Y me di cuenta y me permití llorar no por tristeza, sino porque no soy de palo, porque era algo que mi alma necesitaba, en ese espacio tan íntimo y tan mío, ese en el que amo y valoro cada vez más la oscuridad y el silencio, porque es el instante perfecto donde se dan las charlas más honestas con Dios.
Hoy en la mañana amaneció con mucho viento y polvo y de camino al trabajo y durante casi todo el día estuve pensando en eso. Yo ya estaba bien por dentro, pero me quedé reflexionando acerca de por cuantos motivos no nos damos el permiso de llorar, cuantas cosas se quedan ahí como a la deriva… Duelos pendientes, despedidas que no llevamos a cabo por no sufrir o porque simplemente no queremos soltar y aunque todos le tenemos miedo al dolor, la mayoría de las veces al llorar, comenzamos a sanar…
No siempre se puede ser fuerte, no tiene nada de malo reconocer cuando necesitas un abrazo o que estás en uno de esos días en que no eres tan fuerte… Al contrario, es parte de nuestra esencia tan humana y lo que nos acerca un poco más a Dios…
 
Eso fue en lo que me quedé pensando hoy todo el día, lo que quise compartir en esta semana en que no he tenido tanto tiempo para escribir; pero sobre todo quise aportar en esta noche por si en algún punto este texto llega a ser leído por alguien que tenga esa misma necesidad que anoche tuve yo.
A ti en especial te dejo un abrazo, de esos que reconfortan y te envuelven hasta que el sueño te vence y que sin necesidad de palabra alguna y en total silencio, te hacen saber que no estás solo (a), que mañana será otro día y con seguridad te sentirás mucho mejor.
Te dejo también estas palabras que no escribí yo, pero encontré y espero sean como un parchecito para tu alma y por ende, te sirvan tanto como a mi.
Si tienes ganas de llorar, llora, pues tienes esa infinita capacidad de sentir tanto la alegría como la tristeza y llorar es parte de estar vivo…
Te abrazo esta noche y ahí me quedo…
Si tienes que llorar, llora como los niños. Un día fuiste niño, y una de las primeras cosas que aprendiste fue a llorar, porque forma parte de la existencia. Jamás olvides que eres libre, y que mostrar tus emociones no debe avergonzarte.
Grita, solloza en alto, haz ruido si te da la gana, porque así lloran los niños, y ellos conocen la manera más rápida de sosegar sus corazones.
¿Te has fijado en cómo dejan de llorar los niños? Algo los distrae, algo llama su atención hacia una nueva aventura.
Los niños dejan de llorar muy rápido. Eso mismo te pasará a ti, pero sólo si lloras como llora un niño.

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