Como “matar” a una rata y no morir en el intento…

…Todavía hasta hace unas semanas dije que no lo contaría… Que se trataba de una de esas anécdotas que sólo escribiría en una Página Suelta de color oscuro, y que por lo mismo nadie nunca la iba a poder leer, por el simple hecho de que permanecería oculta por toda la eternidad….
Pero eso fue hasta hace algunos días… El drama se fue para dar paso a la idea de que una aventura así es digna de ser contada, puesto que no todos los días se enfrenta y se sale victorioso de un peligroso y mortal enfrentamiento con un feroz, enorme y temible “roedor”… (Jajajajaja… ¿neta? Ay Martu, que exagerada bájale dos rayitas)…

Ok, está bien… No fue mortal, pero si peligroso y lleno de audacia… Esta aventura comenzó hace como dos o tres meses atrás, cuando la tranquilidad de mi hogar se vio alterada con la presencia de una “extraña inquilina” que apareció de pronto y nunca supimos ni como ni cuando llegó.
Igual podría haber pasado mucho tiempo sin que notáramos que ella ahí estaba, pero los ruidos en la madrugada y una veloz sombra gris que de pronto pasaba de un extremo a otro en algún rincón de la casa, fue lo que nos hizo saber que ya no éramos sólo 3… Había una “presencia” más…
La rapidez con la que se deslizaba de noche y entre las sombras podía haber propiciado que pensáramos que se trataba de un maligno espíritu chocarrero, pero no, los rastros de comida, el bote de basura tirado, así como sus desagradables “evacuaciones” en forma de “Choco-Crispis” (por llamarlas de un modo amable y elegante), fue lo que nos hizo confirmar que sí, efectivamente, y por mucho que nos costara aceptarlo: ¡en casa había un ratón!

Dicen que a grandes males, remedios prácticos… ¿o no era así?… Bueno, como sea, whatever… El caso es que mientras mi familia y yo comenzábamos a elaborar las hipótesis más coherentes acerca de como fue que logró colarse hasta adentro de la casa, cada rincón de esta se fue llenando poco a poco de trampas colocadas en lugares estratégicos.
Las teorías conspiratorias para deshacerse de tan indeseable inquilino, eran tan diversas como las hipótesis que justificaban su presencia en casa. Mientras unos decían que se había colado por el resumidero del patio, otros afirmaban con gran convicción que se había pasado de la casa de la vecina (que tiene muchos “chunches” en su patio), hasta la teoría más simple y brillante (que era la mía por supuesto); y que estaba sustentada en la premisa de que ese “pequeño roedor” se coló hasta la cocina en una de esas tantas veces que a mis sobrinos les da por ponerse a correr como chivas locas por toda la casa, entrando y saliendo por un lado y por otro, y en ese proceso dejar abierta la puerta de par en par.

La forma como logró entrar pasó a segundo plano, ahora lo importante era concentrarse en la estrategia para “eliminarla” y en ese lapso confieso que fuimos tan ilusos al creer que sería cuestión de un día o si mucho dos…

Nada podía fallar, puesto que estaba todo “fríamente calculado”, pero insisto: fuimos demasiado ingenuos… No fue el primer día, ni al segundo. mucho menos al tercero… El tiempo comenzó a pasar con gran velocidad y las “trampas” (mortales e infalibles) aparecían cada mañana intactas en el mismo sitio donde habían sido cuidadosamente colocadas (a excepción de la comida que en ellas había)…


Mhhh… Que raro… o una de dos: Algo estábamos haciendo mal o se trataba de un ratón “demasiado inteligente”… Porque obvio, las trampas para cazarlos siguen siendo las mismas, pero ellos -y como dirían las abuelitas- “ya son como los ratones de antes”… ¡Si eso era!… Debía tratarse de una inteligencia brillante y más evolucionada…  Algo así como “Little Stuart” o “Ratatouille”, porque a pesar de que se seguían escuchando sus ruidos en cuanto oscurecía y la cocina quedaba en penumbra, parecía que se trataba de un ratón escapista o mago, que en cuanto se encendía la luz, desaparecía como por arte de magia y era como si nunca hubiera existido ahí…

Sacamos la estufa, volteamos el mueble de los trastes con todas las reliquias de ollas, recipientes y artefactos culinarios coleccionados por mi madre para su museo de “La evolución de la cocina”…. (que ese es tema para otro post)… Pero el caso es que el ratón jamás apareció… ¡Eso era imposible!, no podía escapar por ningún lado: por la rendija debajo de la puerta no cabía, tampoco por la entrada de la manguera del gas, (era demasiado pequeño), y el caso es que mientras nosotros volteamos la cocina y la casa entera de cabeza, el famoso ratón seguía haciendo de las suyas…

A medida que los días pasaban y mi odio hacia ese pequeño intruso aumentaba (ya que por su culpa me pusieron a lavar la estufa y a limpiar tooooda la cocina); comenzaron a aumentar las estrategias para librarse de él de manera definitiva. No sólo era más inteligente que todos nosotros juntos, sino que se paseaba y estaba llevando una vida mejor de la que alguien tendría en un hotel de 5 estrellas… De vivir en una coladera o en un agujero, de la noche a la mañana la fortuna le cambió y ya tenía casa, comida, un lugar confortable y cálido para pasar el crudo invierno que ya se aproximaba, mientras que nosotros teníamos basura, excremento, comida mordida por todos lados, así como ¡mucha, mucha desesperación y frustración!…

Ese último sentimiento se convirtió en histeria, cuando en una ocasión en que estando yo en la cocina a plena luz del día, con mi impresionante mirada periférica (la describo así porque obvio, hay que ponerle emoción a esto ¿no?)... Pero bueno, el caso es que para que me entiendan, estando en ese sitio, una tarde, de “reojo” vi que un objeto gris y muy largo se deslizaba lentamente por uno de los rincones de la cocina…

…Me quedé inmóvil, y tan sólo enfoqué mi vista hacia ese punto y casi me da un infarto doble cuando descubrí que era una alargada cola y por la dimensión era evidente no pertenecía a un diminuto e inofensivo ratoncito, sino a una enorme y horripilante ¡rataaaaa!!!

Mi corazón se detuvo (y no fue precisamente de emoción)… Luego me quedé pasmada cuando mis ojos me confirmaron lo que no quería creer, mientras La Rata, tan quitada de la pena y tal y como si yo ni existiera, se siguió comiendo tranquilamente una cáscara de aguacate que había sacado del bote de basura…

Aquella actitud tan pasiva fue una declaración total y absoluta de guerra, pues mientras ella comenzó a ir y venir a su antojo y con un descaro a todas horas del día; la casa comenzó a llenarse de nuevo de artefactos y trampas más grandes y sofisticadas… Obvio: acordes con la magnitud del enemigo.

Anduve por toda la ciudad buscando un veneno “disque” muy efectivo -según palabras de mi tía-, era un bote como de jarabe para la tos que adentro contenía unos churritos muy parecidos a los “Churru-maiz con limoncito”… Nada podía fallar, puesto que esos “churritos” de color rosa serían letales porque según lo que decía la etiqueta del frasco, una vez que el “enemigo” los ingería, estos causaban un efecto coaugulante en su interior que provocaba la muerte inmediata y fulminante…

Igual sí era cierto, pero como dije ya… “Las ratas ya no son como antes”… Una vez más subestimamos el poder de aquella intrusa, porque el bote se vació rápidamente al cabo de unos días y La Ratatouille seguía viva… Pasando delante de nosotros casi, casi con su vaso de leche y su plato con galletitas… Señal de que no sólo seguía instalada en casa muy cómoda, sino también de que para ella, aquel veneno mortal, había sido simplemente como darle caramelos que sólo la hicieron aumentar de tamaño y peso todavía más…

Luego vino “El Plan B”… Mi papá preparó unas trampas con el “cebo disfrazado”… Molió churritos rosas y los revolvió muy bien para convertirlos en un menú digno de un restaurante Cordon Bleu.

Entre las opciones había queso, jamón, crema de cacahuate (o maní), con plátano, y tampoco nada… Para La Rata era un buffete diario, pues las tapaderas que usamos como platito, aparecían limpiecitas y sin rastro de comida…

Splinter y Donatello.

El enemigo era más fuerte de lo que pensábamos… Yo no sé si era una rata con superpoderes, pero el caso es que “Splinter”, la de las Tortugas Ninjas le venía “Wilson”… Porque nomás ¡no se moría!…
Luego pensamos que era “faquir” porque en ese lapso, la frustración propició que mi padre comenzara a desarrollar un instinto homicida digno de un verdugo de la época de la inquisición, pues sus trampas comenzaron a combinar vidrio molido con plátano, colocado muy apetecible sobre la superficie de una plataforma de plástico con pegamento especial para atrapar ratones…

Nada podía fallar esta vez… Las trampas con pegamento tienen la peculiaridad que una vez que “La víctima” cae en ellas, no se puede despegar… Si lo hace, corre el riesgo de salir sin cola, una pata, o mínimo despellejada… Pero tampoco… Una vez más falló la estrategia. Yo supongo que fue por el peso y el tamaño que ya tenía nuestra famosa inquilina; pero el caso es que se comió toda la comida y no se quedó atrapada ahí.

Fallaron todos los planes A, B, C, D, H... etc, y nos podríamos haber acabado todas las letras del abecedario, llegar al Z-1.3.5 y la mugre Rata seguía sin morir… ¡Y peor aún!: más gorda y sin ser atrapada… Mis padres ya estaban pensando a otro nivel y estaban dispuestos a pagar lo que fuera con tal de conseguir una trampa que según esto emitía unas ondas electromagnéticas que eran percibidas por el roedor y provocaban que abandonara la casa por su propia voluntad… Ajá… ¡puros cuentos chinos! 

Mientras todo esto sucedía, la situación se volvió insostenible. La Rata ya no sólo no dejaba dormir con sus ruidos durante la madrugada. Optamos por no dejar ningún rastro de comida ni de basura en los botes (y tal vez eso propiciaría que muriera de hambre en algún momento)… 


… Obvio que mi cajón es como el que aparece en primer plano…




Una vez más fuimos muy ingenuos, puesto que La Rata, al no encontrar alimento en la cocina, por instinto empezó a buscarlo en otro lado. Comenzó a morder la madera de un mueble, pero el colmo fue cuando empezó a agarrar croquetas de la bolsa de mis perros y se las llevaba para comer adentro del cajón de mi ropa interior… (Sí, ese que de seguro te estás imaginando repleto de calzones de colores, tal y como las páginas sueltas de este blog)….

Pasaron casi dos meses con todos los recursos agotados, pero ni ella ni nosotros nos imaginamos que ese sería “El Principio del Fin”… Para ese lapso yo ya había pensado en una estrategia, que si bien era buena, había fallado una vez más… Ya estábamos a punto de comprar la trampa de ondas electromagnéticas-telequinesis y tele-transportación casi digna de una película de “El Santo, el Enmascarado de Plata”, y mientras eso sucedía, yo había prometido avisarle a mi papá por si La Rata aparecía de madrugada para intentar atraparla otra vez y sacarla ahora si ¡a punta de madrazos! …Si ya sé, lo que hace la desesperación..

Dios es grande y La Rata apareció… No fue en el momento ni en el sitio más oportuno que digamos, porque se le ocurrió “dejarse ver” justo cuando mi madre estaba a punto de sacar una pijama de uno de sus cajones.
De inmediato le avisamos a mi papá y con un soplete la hicimos correr hasta una habitación que yo sugerí y le tapamos ambas entradas con un vidrio y una mesa.

La idea era que entre los dos haríamos el intento de atraparla, pero en cuanto La Rata salió del cajón, salí corriendo y me subí a una silla y esta es una descripción gráfica y literal de mi reacción:

Mi papá se quedó de pie con el soplete entre las manos, viéndome con cara de: “valiente ayudante”… Él intentó atraparla solo, pero ya cuando vi que no podía -y aunque me moría de miedo- me tuve que brincar hacia el cuarto donde la encerramos, y creo que fue una buena idea porque se me ocurrió otro plan.

La verdad no fue fácil, porque a pesar de que teníamos la ventaja de que La Rata ya no podía escaparse, si era muy rápida y se escabullía con gran facilidad.
Con el calor del soplete (y sin quemarla obvio), la hacíamos salir de donde se escondía, pero estaba  muy asustada, y teníamos que ser bastante cautelosos, porque ella era evidente que iba a intentar defenderse a como diera lugar.

…Yo la veía así:

… Y casi, casi podía sentir como saltaba sobre mi brazo y lo veía desgarrado y sangrando (lo malo de ver tantas películas, “Ben: La Rata Asesina”, “Aracnofobia”, “La Orca Asesina… Bueno nada que ver las últimas 2, pero aún así ¡Hollywood te odio!)…

Sin embargo, hubo en esa imagen algo de realismo también, porque en una de esas, La Rata se subió encima del costal de comida para los perros que estaba colocada encima de un carrito con ruedas y brincó muy alto.

Para ya no hacer esto tan largo, duramos más de una hora correteándola por toda esa habitación a punta de soplete y escoba. Mi madre en lugar de ayudar, nos ponía más nerviosos: ¡Ay cuidado! ¡ya va por allá!, ¡Ya corrió!, ¡Cuídado que les va a saltar!… ¡En fin! una letanía interminable que propició que mejor la corriéramos a ella.. jajajajaja… (ojalá que ella nunca lea esto porque eso podría tener graves consecuencias en mi integridad física o podría volver la época de “La Chancla Veloz”)…. Jajajaja…

Pero bueno… El caso es que volviendo al punto, luego de tanto correr, subir, bajar y escabullirse, me di cuenta que mi papá sabía como podíamos hacerla salir, pero no como atraparla y entonces me fui por una cubeta de las que hay en el patio…

Santo remedio… Bastaron sólo unos minutos para que mi papá con el soplete la hiciera salir de nuevo y en un de esas tantas veces en que La Rata corrió para intentar esconderse otra vez, yo le aventé el bote ¡y la atrapé!





Cuando eso sucedió, yo tenía el corazón en la garganta, moría de miedo y no supe ni como lo hice. Tan sólo recuerdo que cuando menos lo pensé, nuestra mascota silvestre ya estaba adentro del bote y yo presionándolo fuertemente para que no pudiera salirse; pero el inconveniente era que como su cola era demasiado larga se había quedado más de la mitad afuera.

Con la presión que yo estaba ejerciendo sobre la superficie del bote, la estaba aplastando con el borde circular del bote, pero era evidente que no podía levantarla para que la metiera porque eso implicaba que se escapara de nuevo o peor aún… Que nos mordiera a alguno de los dos.

La parte final de “La Operación Ratatouille” consistió en deslizar con mucho cuidado una lámina no muy gruesa, pero que fuera lo suficientemente resistente y sirviera como tapadera (para poder sacarla de la casa).

En ese momento, mientras mi papá comentaba con instinto homicida si La Rata moriría quemada, ahogada, ahorcada o asfixiada, yo sólo sentí compasión por ella, porque en esa etapa ella estaba ya demasiado asustada y llorando de dolor porque su cola estaba lastimada y sangrando.

Yo nunca tuve intención de hacerle daño y mucho menos tenía corazón para matarla. Si le tenía miedo y quería que se fuera de la casa, pero no de esa forma. Se lo dije a mi padre y se me quedó viendo con cara de: “no puede ser posible que me estés diciendo eso”.

Después de unos  minutos de explicarle porque yo no podía hacer nada contra ella, entre los dos sacamos el bote. El cargando todo el peso y yo presionando la parte de arriba de la cubeta para que no se escapara para finalmente dejarla libre en un terreno baldío.

Ese fue el final de la estancia de aquella intrusa en mi casa… Cuando la soltamos iba todavía herida, quedó como la canción de la “Rata Planchadora” y un perro que la vio de inmediato se fue tras ella.

Yo no creo que la haya podido atrapar… Pues a pesar de que estaba herida, si en casi dos meses nosotros no le pudimos hacer nada, no creo que ningún otro animal afuera lo haya logrado tampoco… Según mi teoría, si esa rata llega a morir será como consecuencia del frío, pero tampoco es tonta y en todo este tiempo sobrevivió gracias a su instinto…

Ya sé… Yo y mi maldita compasión budista por todos los “seres sintientes”, por no decir “corazón de pollo”… Ese del que una amiga mía se botó de la risa en una fiesta, cuando no la dejé ahogar una abeja en un vaso con refresco al que todavía le quería echar salsa “Valentina”…

Ha pasado ya más de un mes desde que sucedió todo esto… La normalidad ha vuelto a mi hogar… Los plátanos volvieron a estar al alcance de todos y no ocultos como si fueran el mapa de un tesoro; la alacena dejó de estar sellada herméticamente y casi con candado de combinación, tal como si fuera propiedad de la NASA; mientras que yo dejé de caminar  casi un kilómetro de distancia afuera de mi casa para poder depositar un papel en el cesto de basura… Jajajaja… Ya sé, con esa última si ¡me la volé!…. Jajajaja…

El caso es que así fue como terminó esta aventura, en la que hay todavía un epílogo: La Rata se fue, pero en uno de los cajones nos dejó un peculiar souvenir… ¿se imaginan que fue?…. Una pijama de mi mamá mordida por todos lados y que quedó como “Falda Hawaiiana”… Me muero de la risa cada vez que me acuerdo y pues bueno, aunque no lo crean a mis calzones no les hizo absolutamente nada (como que ese cajón era su recámara, y la moraleja de esta historia es:

1. Nunca subestimes la inteligencia de un roedor… y:
2. No dejes abierta la puerta de tu casa porque no sabes quien puede entrar e instalarse ahí por mucho tiempo…

Por último: para quienes les gustan los finales felices:

Quizá en medio de la adversidad, La Rata encontró al amor de su vida en su peor momento y hoy vive feliz y tranquila junto a todos sus hijitos adentro de una hermosa alcantarilla…

¡Fin!…

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