Recuerdos Eternos…

Su historia comenzó a escribirse mucho antes de que llegara a mi vida. Nunca supe dónde nació, ni de dónde venía, ni siquiera cuando era su cumpleaños.
Tan sólo recuerdo perfecto el día en que apareció afuera de mi casa y el momento en que el veterinario me dijo que por su dentadura se podría saber que edad tenía, mientras ella le daba la patita de manera amorosa y amigable.
Yo no sé si para ese entonces tendría apenas un año o algunos meses. Era ya grande (de tamaño), pero lo era mucho más en espíritu y corazón. Te miraba con una ternura infinita y de todos los cachorros que han pasado por mi familia, ella ha sido la mascota más noble y agradecida que hayamos podido conocer. (y hablo todavía en presente, porque su esencia ha sido la más fuerte hasta ahora).
Hay muchas cosas que podría decir de ella… La primera, que fue la mejor decisión meterla a casa, porque por parte de los vecinos sufría maltrato. Comenzamos a llamarla “Negra” porque era toda de ese color, a excepción de una mancha en su pecho y cuello y las patitas blancas.
A mi sobrino le encantaba que le dijera, que tanto ella, como algunos de los cachorros que tuvo, fueron de ese color, porque a Dios se le había acabado la pintura de color blanco cuando la fabricó en el cielo.
Mi mamá al principio no la aceptaba muy bien, pero con el tiempo “La Negra”, no sólo se la echó a la bolsa, sino que se convirtió en su consentida.
Su historia conmigo terminó hoy hace exactamente una semana. En una etapa de muchas pérdidas en todos los sentidos: a nivel personal, material y emocional, por eso fue que me afectó tanto su partida. A mediados del mes de octubre, se salió detrás de mi una mañana (junto con Roque) y yo confiada en que como siempre volvía, a diferencia de otras veces no lo hizo así.
Duró perdida dos días. Yo la estuve buscando como loca y a la segunda mañana cuando ya iba de nuevo al antirrábico para ver si no la habían atrapado, ella apareció. Eran las siete de la mañana y ya estaba arañando con su patita la puerta de la casa, tal como lo hizo hace algunos años atrás.
Algo pasó en ese tiempo. No sé si en ese lapso que estuvo perdida comió algo que le hizo daño (un plástico o algún animal muerto), porque a los pocos días comenzó a estar enferma y triste y cuando la quise llevar al veterinario ya fue demasiado tarde.
Esa es la parte donde me siento culpable, donde pienso que no la debí haber dejado salir, que pude haber hecho más… Sé que eso tampoco es bueno, porque hay cosas que de todos modos no está en mis manos controlar y eso ha sido lo más difícil de asimilar. La Negra era una perrita que a su edad se considera ya como “Senior” y aunque la única limitante que tenía era una especie de cataratas en sus ojos (que por más tratamiento que le dieron nunca mejoró); yo siempre pensé, pero sobre todo imaginaba que iba a estar con nosotros durante mucho tiempo más.

Con Poncho
Las pérdidas siempre son dolorosas, pero de algunos años a la fecha, si algo he aprendido es que cuando alguien deja de existir físicamente, el mejor homenaje que le puedes hacer es celebrar su vida y el tiempo que Dios te permitió compartir con esa persona o ser querido.
En el caso de La Negra yo me quedo con todas las tardes en que salí a sentarme en la banqueta y ella apoyaba su patita en mi pierna. Siempre pareció tener una intuición especial y parecía que sabía justo cuando acompañarme cuando yo estaba triste o lo necesitaba más.

En invierno su pancita era la cosa más cálida y agradable al tacto, y no sé si fue que a lo largo de su vida ella sufrió pérdidas y también dolor físico, pero de alguna manera sabía como confortar sin necesidad de ninguna palabra.

Ella era quien más festejaba mi llegada a casa y quien más me extrañaba cuando por alguna razón me fui de viaje. Hubo unas vacaciones que al regresar, mi madre la había engordado por consentirla demasiado y cuando la esterilizamos para que ya no tuviera más cachorros, me partió el alma lo que sufrió para recuperarse.
En esa ocasión en particular, durante la cirugía tuvo una hemorragia, que por fortuna el veterinario pudo controlar, y recuerdo que estando todavía adolorida cuando recién fueron mis papás por ella al hospital, cuando yo llegué del trabajo, como pudo se levantó y fue hasta donde yo estaba para que la acariciara como siempre.
En su sillón favorito que ella misma desbarató.
Ella adoraba recostarse en un sillón de auto desvencijado, las croquetas remojadas con caldo casero de mamá, limpiar la cacerola con la lengua, dormir con la cabeza colgando afuera de la casita, que le remojara la panza en verano para refrescarse, que le hablara al oído cuando la estaba bañando, que le rascara la barriga para darle los buenos días o las buenas noches; las galletas Marías y también meterse a la casa para ir directamente a subirse a mi cama. Era muy lista y aunque se ponía nerviosa al momento de llevarla al veterinario, también era muy dócil y valiente y aguantaba cualquier cosa que tuviera que hacer para poderla curar durante las veces que se enfermó.
En tres ocasiones fue mamá y gracias a Dios todos sus hijos quedaron en buenas manos. La primera vez que tuvo cachorros, no sabía ni como cuidarlos y los apachurraba por tratar de alimentarlos, pero ya la segunda y la tercera fue una madre ejemplar.
La primera vez que fue mamá.
Roque es uno de sus hijos y con Toby permaneció a su lado hasta que él falleció. Su mirada cuando yo lo descubrí es algo que no olvido hasta ahora y fue el ejemplo más grande que tuve sobre la sensibilidad que puede tener un perro para decirte tantas cosas sin tener que hablar.
Tanta ternura y amor incondicional hacen que el paso del tiempo se vuelva irrelevante y termine por perderse la cuenta de las noches, los días y las estaciones que se miden tan sólo en momentos y en agradecimiento a todo su amor y su ternura yo quiero que el mejor homenaje para ella sea una celebración a su vida y recordarla tal y como fue, compartiendo con ustedes algunos de sus momentos en mi vida, en casa, siendo ella parte importante de mi familia.
Sus lindos cachorros.
Siempre fue muy buena mamá.
Los lenguetazos llenos de amor de mamá.
Los cachorros muy de cerca.
La primera vez que tuvo cachorros quedó muy flaquita.
Tomando agua.
Mi Negra.
Una foto en la noche con sus ojos de faros de Halógeno.
En esa época su casita estaba nueva.
Era un ángel peludo de 4 patitas.
Otra foto de esa misma noche.
Viendo jugar a Tobías (ahora ya están los dos en el cielo).
 
Gordita hermosa.
Te miraba con ojos de infinita ternura…
Con Poncho otra vez.
Flojera total…
Poncho, Negra y Roque.
Le gustaba dormir con la cabeza colgando afuera de la casita.

Las despedidas nunca me gustaron, y aún ese mismo día cuando ya se había ido, La Negra me dio la última lección de que a veces hay que llorar, para luego secarse las lágrimas y seguir adelante con tu día, porque esa mañana al no estar mi padre en casa tuve que cavar yo misma su tumba y enterrarla con mis propias manos para luego irme a seguir buscando trabajo. (hoy ella está muy lejos, quizá en un lugar donde ya no hay espacio y tiempo, pero su cuerpo físico al pie de un árbol que espero que florezca aún más junto a ella cuando la primavera regrese otra vez).
Como dije ya al inicio y tantas veces lo he plasmado aquí, desde siempre  he pensado que cuando un ser querido fallece no es más que pactar una cita en otro espacio y dimensión… Ojalá que cuando sea tiempo de los reencuentros, ella sea la primera que me esté esperando ahí.


Negrita: Gracias por todos estos años de amor y ternura incondicional… Fuiste tú quien hace tantos años me rescató a mi.


Cuando un ser querido fallece no es más que pactar una cita en otro espacio y dimensión… Ojalá que cuando sea tiempo de los reencuentros, ella sea la primera que me esté esperando ahí.
 
¡Hasta siempre Negra!

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