“El Frasco de Los Suspiros”….

Minotauro despertó en un día sin prisa… Era el tiempo en que el Otoño estaba por regresar luego de un largo viaje, y en esa mañana fresca (ya sin la presión del tiempo), decidió quedarse en casa para poner un poco de orden y desempolvar ese espacio que era su hogar.Aquella mañana disfrutó tanto del silencio como de las cosas sencillas. Aromas cálidos y sabores dulces alimentaron su cuerpo, mientras que la brisa fresca de una mañana con el cielo gris, le hizo agradecer por la magia de estar vivo y tener la capacidad de percibir como se erizaba con la humedad de la lluvia cada poro de su piel.

Pasaron varias horas y Minotauro no pensaba en absolutamente nada. Se hallaba inmerso por completo en el presente, concentrado con todos sus sentidos en la actividad que estaba haciendo, sin más compañía que él mismo, además de los ecos cercanos y silenciosos de sus latidos y su propia respiración.

El mediodía aún estaba tan lejano cuando fueron sus propios pasos los que lo llevaron hasta el cuartito de madera al final del jardín, donde su familia desde siempre guardó objetos en desuso.

La entrada estaba cubierta con montones de hojas secas que comenzaron a acumularse luego de una madrugada de lluvia y viento; pero al abrir el portón de lámina que resguardaba la entrada, el olor a inmovilidad no dudó ni un instante en envolverlo todo, para luego escapar.

No era un día soleado, pero tampoco tan oscuro; así que la claridad de aquella mañana fresca se coló por todos y cada uno de los recovecos de aquel lugar aislado que durante tanto tiempo permanecieron en penumbra. Fue en ese sitio, que entre el montón de objetos y cosas en apariencia inservibles, encontró una mesa llena de frascos empolvados.

Eran más de veinte y aunque la capa de polvo ni siquiera permitía ver que por dentro estaban vacíos, Minotauro de inmediato evocó en su mente la imagen de su abuela, (la madre de su madre), quien fue quien alguna vez los resguardó ahí.
En el pasado ella los usaba para guardar alimentos en conserva que con sus propias manos preparaba. En otros guardaba objetos, los usaba como alcancía para guardar las monedas que sobraban de alguna que otra compra, pero el caso es que para Minotauro fue como echar un vistazo al pasado, retroceder en un segundo más de veinte años en el tiempo, para a la par de recordar los aromas y sonidos que envolvían la cocina de aquella casa tan antigua, visualizarse a él mismo en su infancia, usando alguno de esos frascos para proteger sus propios “tesoros”.
Fue gracias a la abuela que Minotauro aprendió a darle valor a las cosas simples. Al principio eran dulces, frijoles con algodón y la esperanza de que de ellos emergiera una planta gigantesca que llegara hasta el cielo, tal como en el cuento de “Los Frijoles Mágicos”.
Otras veces guardó tarjetas coleccionables, una valiosa canica rayada de agua, tachuelas o tornillos raros, y muy de vez en cuando, alguno que otro renacuajo o insecto vivo que usaba sólo para observar con la mirada llena de curiosidad de un niño, para luego poner otra vez en libertad.
Conforme el tiempo fue pasando y Minotauro fue creciendo, se dio cuenta que todos aquellos frascos y en particular los de su abuela, resguardaban además de duraznos en almibar, mermelada de fresa o algún otro alimento con vinagre para curtirse al vacío y con el tiempo, contenían pedazos de momentos, esencia de otros instantes: las comidas familiares, las risas de sus hermanos cuando eran pequeños, los domingos y navidades todos reunidos, las charlas y consejos de una mujer quien era el perfecto equilibrio entre el amor y la sabiduría, de manos grandes y hermosas, así como de infinita bondad en su corazón.
De entre toda esa inmensidad de recipientes cristalinos, los ojos de Minotauro tropezaron con uno que reconoció también después de tanto tiempo y nunca más había vuelto a ver. Tenía la tapa oxidada y aunque sabía que era suyo, se había olvidado exactamente de todo aquello que contenía en su interior.
Lo tomó entre sus manos, y aunque el cristal estaba demasiado opaco como para revelar lo que había resguardado por tanto tiempo, él ni siquiera tuvo intención de abrirlo, pues en ese instante, un impulso del corazón lo llevó a tener una idea genial.
Luego de que retiró del cristal en forma cilíndrica un poco de todas esas partículas que evidenciaban el lento paso del tiempo, se lo llevó consigo y por la tarde al salir de casa lo puso en uno de los bolsillos del saco con el que se protegería de la repentina brisa de la tarde.
Minotauro pensaba en que semejante hallazgo merecía ser descubierto en un lugar mágico y tranquilo; así que en cuanto terminó con sus actividades del día y darse un baño, salió a la calle para dirigirse hacia “su lugar especial”: un parque solitario al sur de la ciudad, y que desde hacía años él había convertido en su refugio, el lugar perfecto donde se podían leer historias mágicas, escribir cartas, estar a solas con sus propios pensamientos, y lo más importante: donde un día tuvo su primer charla importante con Josh. Su entrañable y más valioso amigo.
Aquella tarde y cuando todavía faltaba mucho rato para que el día se despidiera, sentado sobre una banca de madera, Minotauro destapó por fin el frasco y descubrió todo aquello que había olvidado.
Al retirar la tapa, aunque en apariencia aquel era un frasco vacío, la realidad era que estaba repleto de suspiros transparentes que casi se desbordaron en cuanto él desenroscó aquel pedazo de metal redondeado que durante años atrapó todo lo que había en el interior.
Con una hermosa sonrisa dibujada en su rostro, y con esa misma luz que resplandecía en sus ojos cuando observaba al mundo con la curiosidad de un niño, Minotauro se reencontró con todos y cada uno de los momentos que a lo largo de su vida le robaron el aliento y se transformaron en una exhalación de su propio corazón.
Allí estaba la magia de cada uno de los deseos que pidió al soplar las velas de cumpleaños, el asombro y la sorpresa que le provocó algún juguete increíble, la emoción de cuando por primera vez se logra pedalear una bicicleta sin caerse, el asombro al tocar y ver una planta carnívora real; así como todas y cada una de las cosas que vivió mientras el tiempo lo iba convirtiendo en hombre.
Después de tanto tiempo todo aquello había sido un regalo para él, pero la tarde todavía le tenía reservadas más sorpresas y muy en el fondo del frasco descubrió guardados todos y cada uno de los suspiros con los que atrapó pedazos de tiempo de no hacía mucho tiempo atrás.
Ahí estaban sus sueños, la imagen más hermosa que tenía de una sonrisa, el recuerdo más hermoso de la única mujer que había amado en toda su vida, la fragilidad y la belleza de un instante en que se dice tanto sin palabras, así como cada una de las postales imaginarias de los sueños que aún estaban pendientes por realizar.
Muy bien acomodados y doblados, estaban los suspiros que pondría en montones de cartas por escribir, la felicidad de un viaje pendiente a futuro, y el instante mismo en que antes de transformarse en un suspiro, una emoción hace que parezca que el tiempo y el corazón pueden ser capaces de detenerse al mismo tiempo, cuando algo tan especial y mágico se puede tocar con la punta de los dedos en la espalda de alguien más.
Minotauro se cuestionó a si mismo ¿cómo era posible que se hubiera olvidado de todo eso?… Todos y cada uno de los suspiros que el frasco contenía habían sido lo que durante tanto tiempo le dio cuerda a su alma y sentido a su existir.
Cuando el sol se estaba despidiendo de la montaña, antes de emprender su viaje para ir a convertir la oscuridad en día, más allá, al otro lado del océano; Minotauro regresó a casa con el valioso frasco de los suspiros entre sus manos y con una determinante idea que se convirtió en una fuerte decisión.
Al llegar a casa le cambió al frasco la tapa oxidada por un corcho. No quería dejar escapar nada, pero en contraposición también, nunca más volvería a guardarse nada valioso. Seguiría atrapando suspiros como en otro tiempo, pero en lugar de dejarlos abandonados entre un montón de objetos en desuso, los colocaría otra vez entre paredes de cristal, para protegerlos del olvido; con la enorme diferencia de que ahora los pondría en un lugar visible para tener presente siempre lo que lleva a alguien a sentirse vivo, y que por ende propicia que existir se vuelva una maravillosa aventura que vale la pena experimentar…
La idea no terminó ahí. Minotauro -al igual que su abuela- a la que nunca le resultaron suficientes tantos frascos para todo lo que quería hacer, en lugar de almacenarlos en una mesa al fondo del garaje, los colgó por todos los rincones del jardín. Esto con la intención de atrapar en ellos, (y tal y como en otro tiempo y circunstancias lo hizo su abuela), pedazos de tiempo, los suspiros y todo lo valioso de cada una de las pocas personas que él tuviera como amigos, que entraran de lleno a su casa y también a su corazón.
Así fue como cada uno de los rincones de su hogar se llenaron de LUZ y de sueños. De las charlas tan sinceras con Josh, de los latidos de aquel corazón que tiempo atrás encontró en una caja abandonado; de sus propios suspiros por todo aquello que lo hacía sentir vivo y además afortunado…
¿Cuántos sueños caben en un suspiro? Fue la pregunta que llenó de calor su alma antes de irse a dormir… La verdad Minotauro no lo sabía con certeza, pero algo si era seguro, la vida está llena de sorpresas y en casa él tenía todavía muchos frascos vacíos para llenar…
¿Cuántos sueños caben en un suspiro?… La verdad Minotauro no lo sabía con certeza, pero algo si era seguro: la vida está llena de sorpresas y en casa él tenía todavía muchos frascos vacíos para llenar…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s