De Café y Letras: “El Regalo del Tiempo” de Jorge Ramos.

… Les tengo otra anécdota que refleja cómo en la guerra se hacen grandes amistades.
Días después de nuestra incursión a Irak, un misil cayó en un centro comercial de la ciudad de Kuwait donde habíamos estado dos horas antes. A pesar de que no hubo muertos, el misil hizo explosión muy cerca del lugar donde habíamos cenado hamburguesas y helado.
Ya en el hotel, nos bajamos una botella de whisky (que nunca me ha gustado) para espantar los nervios.
No hay nada como enfrentar tu propia mortalidad rodeado de amigos. Eso no se olvida. Nunca. Nos cuidábamos en la guerra como si fuéramos hermanos.
Y en casa, por más que explicáramos con lujo de detalle lo que nos pasó en Irak y en Kuwait, nadie más que nosotros lo entendía en su cruda totalidad. Por eso salgo a comer con mis amigos casi todos los viernes.
Las amistades que se hacen en la guerra (y en los momentos más difíciles) son, creo, para toda la vida.
Jehona se parecía mucho a ti, Paoli.
Ella era una niña albanokosovar de cinco años de edad que conocí en un campamento de refugiados en Macedonia. Su historia era terrible.
Una noche los soldados serbios entraron a casa de Jehona en Urosevac, Kosovo, y obligaron a salir a toda la familia Aliu. La política de limpieza étnica de los serbios en ese diciembre de 1999 no le dejó más remedio a los Aliu que dirigirse a la frontera con Macedonia para pedir ayuda. Al menos, habían logrado salir con vida.
Jehona y su familia llegaron a un campamento temporal de refugiados. Pero en el caos de esos días, el gobierno macedonio los envió poco después a otro campamento, coordinado por la OTAN, y fue así que Jehona se perdió.
Ella era una de los más de mil niños perdidos que la Cruz Roja y UNICEF estaban tratando de reunir con sus padres en esa zona de Macedonia.
La conocí mientras jugaba en el lodo y en medio de las tiendas de campaña donde dormía. Por alguna razón que no acabo de entender bien, sus ojos café se cruzaron con los míos y conectamos.
Será porque en ella veía algo de ti, Paola.
No podíamos comunicarnos bien. Ella hablaba albano, un adulto traducía al macedonio, mi traductor lo pasaba al inglés y yo apuntaba en mi libreta en español. Aún así pasamos un buen rato juntos.
Me conmovió su vulnerabilidad. Sentía—otra vez—una piedra en la garganta. (Eso me ocurre mucho cuando estoy emocionalmente revuelto.) Sus ojos gritaban que estaba sola en el mundo y que no podía más, que le urgía encontrar a sus papás, que no entendía por qué diablos le había tocado esta suerte.
¿Qué mayor prueba podía tener de que el mundo no es justo?
Ninguna explicación religiosa podía justificar el destino de Jehona. ¿Por qué ella?
Tenía el pelo corto, unos rasgos finos y aún batallaba una tenue sonrisa.
Los niños albanokosovares se pasaban el día dibujando casas. Casa incendiadas. Casas agujereadas por balas. Casas con ventanas rotas. Casas con la puerta tirada. Casas. Eran las casas que habían dejado atrás y que en ese momento, amontonados en friolentas tiendas de campaña, añoraban.
Dibujar casas era una terapia que, disfrazada de juego, le daba algo que hacer a los niños. “¿Cómo te das cuenta que estos niños llevan, dentro de sí, los traumas de la guerra?” le pregunté a uno de los encargados del campamento de refugiados de Stenkovec.
“Es fácil,” me dijo. “Te tocan mucho”.
Era cierto. Esos niños que no me conocían y que me saludaban diciendo “jelou, jelou,” se me acercaban para que los abrazara o les diera una palmada en la espalda.
Al igual que Jehona, Ardiana, una niña de seis años, se paró frente a mí, con sus bracitos bien pegados a la cadera, y con una sonrisa que me desarmó. No crucé palabra con ella. Para qué si no nos íbamos a entender. Pero nunca dejó de sonreír. ¿Cómo hacía eso?
Lo había perdido todo. Y sin embargo, sonreía. Tenía una fuerza interior que me sobrepasaba y que yo no acababa de entender.
Creo que en cada niño kosovar encontré algo de ustedes, Nicolás y Paola. Tú estabas muy pequeño, Nico, pero no podía imaginarme para ti una vida similar a la de esos pobres niños refugiados.
No, eso no sería para ti ni para tu hermana.
Me prometí que haría todo lo posible para que nunca vivieran algo así. Y al mismo tiempo me propuse difundir lo más extensamente posible la lucha—y las caras—de esos niños que conocí en Macedonia. Era mi pequeña y única manera de hacer algo al respecto.
Cuando regresé a casa de ese viaje, los abracé con todas mis fuerzas. Supongo que me extrañaron durante el par de semanas que estuve fuera. Pero nunca se imaginaron el terrible lugar del que venía y la extraordinaria alegría que me dio verlos. Ese contraste me dejó casi mudo por días.
Eran muy pequeños y no se lo había contado. Hasta ahora.
¿Se han fijado, Nicolás y Paola, que casi nunca celebran ni se ríen los soldados que vienen de una guerra? Sus familiares son los que hacen fiesta, pero ellos no. Fíjense bien la próxima vez que vean por televisión a unos soldados volver a sus casas.
El escritor Walter Benjamin, a quién leí mucho en la universidad, decía que “los soldados regresan mudos del frente.” Y yo añadiría que los periodistas también.
Las guerras te crean una coraza en el corazón. No importa si eres soldado, periodista, médico, observador o civil. Te tapan los sentimientos….
Jorge Ramos
Periodista
“El Regalo del Tiempo”
Pág. 47
Ed. Harper Collins

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