Ángeles Desamparados.

El viernes llegué muy temprano a mi trabajo, faltaban todavía algunos minutos para mi hora de entrada. Hacía frío (pero no tanto como otros días), y mientras sacaba mis cosas de la cajuela de la moto y encadenaba la llanta en un poste, en una de las entradas de la tienda donde me tocaba trabajar a esa hora, algo llamó mi atención.
Desde lejos ya había comprobado que se trataba de un cachorro no muy grande, ahí estaba, entre la gente que entraba y salía del supermercado. Ya desde lejos me provocó mucha ternura, porque a tantos metros de distancia se percibía que no se atrevía a cruzar ese “umbral” para humanos, pero permanecía sin perder detalle de la gente, tal como si esperara con paciencia infinita a alguien.
Yo me acerqué y le dije: “Hola chaparro ¿a quién esperas?”, mientras le acariciaba al mismo tiempo la cabeza. Cuando me miró pude darme cuenta que era una perrita y tenía mucho frío. Se lamía constantemente una de las patas traseras, pero a primera vista no noté nada fuera de lo normal (a excepción de unas cuantas zonas de la piel de su estómago y la pata medio descarapeladas, pero nada que a simple vista fuera para alarmarse).
Por la docilidad de la perrita, yo supuse que era de alguna persona de los fraccionamientos por ahí cerca y a quien seguramente se habría ido siguiendo hasta llegar a esa tienda. Ya en una ocasión en otra sucursal de esa misma cadena, me tocó ver a un perro sentado esperando en la puerta, para luego de unos minutos, cuando la persona a quien pertenecía salió con sus bolsas llenas de cosas, retomar el camino de regreso juntos.
Me despedí de la perrita y me dirigí hacia la entrada de personal, pensando en que ojalá esa persona a quien tan fielmente esperaba en la entrada, regresara pronto para que no pasara más frío.
Cuatro horas después, cuando sali de ahí, ya por la puerta de acceso al público, me acordé de la perrita y por inercia empecé a buscarla para ver si la veía. Yo pensaba que ya no iba a estar, pero al dirigir mi mirada hacia los locales exteriores del centro comercial, vi que estaba echada afuera de una casa de empeño.
Ahí fue cuando me cayó el 20 de que no tenía dueño. Le empecé a silbar, pero ella no venía, fue entonces cuando se levantó y empezó a caminar hacia una columna del edificio donde daba con un poco más de fuerza la luz del sol y me entristeció ver que caminaba con dificultad. Sus patas traseras y su cadera se veían demasiado largas y huesudas, y no supe si fue por un golpe de un auto (que es muy común que pase por esa zona de la ciudad), o alguna enfermedad.
Una tristeza y una desesperación profunda me invadieron, porque no sabía que hacer. Yo ya me tenía que ir a la siguiente tienda y en la moto no podía llevármela tampoco.
Lo primero que vino a mi mente fue la gente de Aprodea, pero no tenía el teléfono ni tampoco acceso a internet. De la gente que conozco a nadie le podía pedir ayuda y de plano se me cerró el mundo. Llevaba una botella de agua en la mano y lo único que se me ocurrió fue cortarla con la navaja que uso para abrir cajas de mercancía, para hacer un pequeño recipiente y dárselo a beber.
Me acerqué y si bebió agua. Le acaricié la cabeza y los ojos con los que me miró me partieron todavía más el corazón.
Ya no podía hacer nada más y me tuve que ir; pero me sentí igual de ojete que las personas que pasaban por ahí y ni siquiera volteaban a mirarla o como esos conductores que sobre esa misma avenida, cuando ven un perro abandonado o herido, en lugar de detener su auto más adelante para ver si pueden ayudar, aceleran todavía más y le pasan por encima.
Sobre el espejo retrovisor de la moto se desvaneció la imagen de la perrita recargada en la columna de concreto para poder tomar un poco más de sol. Yo me fui llorando durante todo el camino… No sé si es que estoy demasiado sensible, pero dejarla ahí me hizo sentir miserable.
No tengo idea si alguien la abandonó ahí, si se salió de su casa y se perdió, o si simplemente algún auto ahí mismo en el estacionamiento la golpeó y por eso caminaba así. Lo único que sé es que yo hubiera querido hacer más y durante todo el día he estado pensando en que ojalá haya pasado por ahí una persona con más posibilidades que yo (en todos los sentidos).
Este es el segundo aviso (por así decirlo) que recibo, respecto a que yo tengo que hacer algo relacionado con eso… Hace una semana también me hizo llorar y publiqué en el blog una nota que encontré en Facebook y que expuso el caso de una perrita que quedó atrapada entre los túneles del metro en Madrid, y a pesar de que una asociación similar a Aprodea, intentó paralizar la actividad de ese transporte y se arriesgaron a bajar a buscarla, el esfuerzo fue en vano, porque cuando hubo gente que la vio con vida, tampoco hicieron nada.
El problema de los perros abandonados es muy serio, sin ir muy lejos, aquí en la ciudad donde yo vivo sólo existe el antirrábico y siempre está sobrepoblado, por lo que la mayoría de los cachorros que atrapan y nadie reclama, son sacrificados.
Por otro lado, la única asociación que hay, a pesar de que ha conseguido grandes logros, (como un consultorio médico y una unidad móvil); aún así su esfuerzo resulta insuficiente, porque son muchos los perros que viven la calle, más los que la gente abandona de forma cruel e irresponsable.
Para mi un cachorro es como un ángel metido en un disfraz peludo y de cuatro patitas… Aunque es grande e incondicional el amor que ellos brindan, es mucho más grande nuestro egoismo e irresponsabilidad como seres humanos y por esa razón existen tantos ángeles desamparados vagando por las calles de cualquier ciudad o país.
De alguna manera se tiene que poder hacer algo y para darle pelea a la indiferencia creo que no necesitamos estar en ninguna asociación ni tampoco adoptar un cachorro… Eso sería lo ideal, pero también sirve mucho apoyar las actividades que estas asociaciones realizan o donar una bolsa de croquetas, periódico o material de limpieza, porque son cosas que quizá a nosotros no nos costarían tanto y a ellos les servirían de mucho. También colocar un recipiente con agua afuera de casa… Son cosas sencillas que todos podemos hacer.
Sigo con el corazón apachurrado… Ojalá si existe una próxima vez, yo de verdad pueda hacer algo… Ojalá que alguien de buen corazón haya pasado para rescatar a ese ángel desamparado… Por favor Dios, que ya no esté ahí.
“En algún lugar bajo la lluvia, siempre habrá un perro abandonado que me impedirá ser feliz”.
-Aldous Huxley-

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