La Maleta del Último Viaje

Si hoy fuera mi último día aquí, previo a emprender el viaje más largo (ese  del que sólo tienes boleto de ida), una noche antes me ocuparía de preparar una única maleta de esas en las que no cabe ningún objeto material.
Lo primero que metería en el fondo sería: Las postales de cada uno de los amaneceres que he visto a lo largo de mi vida, las noches bajo el cielo más estrellado en un país pequeño y lejano, así como mi primer encuentro con el mar, una mañana fría, al inicio de un nuevo siglo…
 
Metería una botella (repleta hasta el corcho), con todos y cada uno de los suspiros que se me escaparon a lo
largo de mi vida, así como el recuerdo de la transparencia reflejada en unos ojos y la sonrisa más hermosa que vi en un ángel terrenal.
 
Seguramente no olvidaría empacar una única madrugada fría durante el mes de marzo, el único baile en una pista desierta, las mariposas en la panza, ni los nervios de la primera vez que viajé en avión.
 
Guardaría en una de las bolsitas más pequeñas el recuerdo de los 18 días más felices de mi vida, el encuentro y la despedida que yo sabía que era para siempre en un aeropuerto, la memoria de un concierto en una noche nevada del mes de diciembre, los viajes en motocicleta, la fragilidad de un ángel de alas azules durmiendo, así como la imagen de unos deditos “al revés” arriba de un cuaderno pidiendo un poco de atención.
 
También metería en una bolsita para que no se evaporara, el sonido de la lluvia golpeando sobre el techo durante el verano y en plena oscuridad…me llevaría en el empaque más seguro, el recuerdo de mi único encuentro y las conversaciones con un ángel que antes de marcharse con la guitarra en la espalda, dejó aquí un buen puñado de canciones y el testimonio de vida más valioso que alguien puede regalar.
 
En la parte de arriba de la maleta guardaría todas las demostraciones silenciosas de amor por parte de mi madre, a través de las cosas más sencillas y cotidianas como  la ropa lavada en el cesto de la ropa limpia, un plátano y un vaso de leche cada mañana sobre la mesa de la cocina donde tantas veces desayuné.
 
Me llevaría la imaginación de una niña que una navidad vio la nariz de Rodolfo El Reno brillando en el cielo; todas las vagancias y aventuras con dos hermanos y un montón de primos, las risas con mis dos mejores amigas, y ese sentimiento indescriptible de saber sin necesidad de palabras que siempre que se necesitó, sin ni siquiera yo pedirlo -porque nunca supe como hacerlo- ellas dos estuvieron ahí.
 
No podría faltar el sentimiento más grande que mi corazón ha albergado hasta ahora, lo único que me quedó después de tantos caminos y alguna que otra despedida; pero en ese mismo lado de la maleta, pondría también todas las veces que me reí con todas las ganas, las charlas de madrugada que se evaporaron en el tiempo y que no fueron sobre algo trivial porque me llenaron tanto el alma; así como el tiempo y los trocitos de vida, que todas y cada una de las personas que amé, pusieron en mis manos y en mi interior.
 
Bien envueltos en alguna tela suavecita, metería también todos los lenguetazos llenos de ternura y las miradas con ojos tiernos de un trío de cachorros peludos y chaparros, quienes fueron en mi tránsito por el presente, la lealtad y el amor más incondicionales, metidos en disfraces con cola y orejas andando sobre cuatro patas.
 
En el empaque especial para las cosas frágiles y delicadas, depositaría el recuerdo de la primera vez que una madrugada de un septiembre pasado, el espejo de una habitación que no era la mía me devolvió el reflejo más amoroso y real que he tenido de mi en esta vida, y adentro de este traje de humano que envuelve todo lo que en realidad soy. 
 
No podría faltar la única imagen de cuando la vida me regaló la oportunidad de estar en el instante en que llegó al mundo un bebé que nunca más volví a ver. Estarían también todas las historias increíbles que descubrí plasmadas en las hojas de los libros, y la respuesta que ÉL me dio en forma de algo que ni siquiera yo sabía que necesitaba, cuando yo sólo le pedía alguien con quien poder hablar… No importa que haya sido sólo por un tiempo.
 
Sin duda alguna, también me llevaría los kilómetros que recorrí en solitario hacia distintos puntos para ir a buscar un
sueño y en el trayecto hacia ahí, fue la vida misma quien de pronto me encontró y me sorprendió.
 
Antes de cerrar el zipper, rellenaría los pocos espacios vacíos con todas y cada una de las tardes de paz en el estadio, el recuerdo de nuestro primer encuentro, la sensación de la tarde que sin haberte visto, en un recinto me tocaste por los hombros, al igual que aquella noche de septiembre, en que luego de un congreso donde nos reencontramos, en plena noche nevada me acompañaste mientras manejaba en el camino… Fue ahí cuando comprobé que existías de verdad y entonces fue cuando desperté…
 
Estando todo eso dentro, no necesito nada más, pues mi maleta sería la mejor prueba de que mi vida fue un regalo, un regalo que yo abrí y aproveché a cada instante, me lo puse, lo viví, lo sentí y lo experimenté… El mejor obsequio que abrí, y no lo dejé envuelto y sin usar, una vida bien aprovechada en la que logré ser feliz “con” o “sin” y a pesar de…
 
Nota: Este texto surgió ayer a raíz de un programa de radio que escuché en el que Gaby Pérez Islas, la tanatóloga del libro “Cómo Curar Un Corazón Roto” habló sobre este tema y lo que dijo me inspiró tanto que escribir esto fue lo que hizo que no fuera un simple día más.
 
Teniendo todo eso listo, ya me puedo ir de aquí… A vivir.

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