Bitácora de Viaje: Pensamientos en la oscuridad…

Martes 13 de Septiembre, 2011.

…Regresé al final del día y la noche se fue siguiendo mis pasos, pero creo que decidió ser benévola y darme cierta ventaja, porque todavía tuve tiempo de ir a sentarme un ratito en Bellas Artes.
Estaba muy cansada por haber caminado todo el día, pero el cansancio bajo esas condiciones siempre es placentero, porque estando en la ciudad de México nunca sabes lo que en las calles llenas de tráfico y de gente la vida te puede poner entre las manos y el corazón.
En la última parte de ese martes, recorrí una vez más la calle Madero en dirección hacia El Zócalo, y de regreso me sorprendió comprobar una vez más, que las señales en el camino siempre materializan aquello que está más presente en tu corazón y en tu mente… Quizá lo que buscaba en esa tarde no apareció de manera luminosa en la pantalla de un teléfono, pero si se hizo evidente al dar la vuelta para retomar el camino de regreso, apenas una cuadra contigua.
Seguí hacia adelante, pensando en que habían sido días de convivir sólo conmigo misma y en los que hubo un gran aprendizaje en todos los sentidos. En mi interior había calidez, pero al mismo tiempo frío (por llamar de alguna manera a la única circunstancia que me ensombrecía por dentro), y creo que fue en ese lapso, después de tanto tiempo, que por primera vez tomé conciencia de que por más que yo quiera tanto a una persona, hay cosas que no puedo evitar y no estará tampoco en mis manos resolver. Lo único que había hecho estando tan lejos era hacerme presente, pues tenía la convicción de que no es lo mismo acordarte de alguien, a llevarlo siempre en tu alma y tus pensamientos… Mis cartas eran la mejor evidencia de que alguien ausente me había acompañado siempre, no sólo durante cada día de ese viaje… Suspiré pensando en que desde siempre fue y sin importar lo que sucediera más adelante, seguiría siendo así. 
El cielo en la ciudad de México cambia de un instante a otro, y casi a diario la lluvia amenazaba con apresurar los pasos de la gente que al igual que yo a esa hora estaba en la calle y de camino a casa.
Ahí yo no tenía un hogar, pero tampoco me sentía ajena ni perdida. No sé si era que pasó tanto tiempo antes de que pudiera escucharme a mi misma, o si todo lo que viví en los días anteriores le devolvió a mi alma una gran tranquilidad.
Físicamente ya no podía más, el corazón me decía que siguiera, que intentara descubrir cosas mágicas y sorprendentes, pero era ya un poco tarde y decidí que era momento de regresar al hotel.
La noche finalmente me alcanzó, pero como yo estaba tan cansada y no tenía ninguna prisa, la verdad no hubiera tenido ningún problema si la lluvia hubiera decidido sorprenderme de repente entre esas avenidas del centro histórico. A pesar de la hora, la gente no dejaba de pasar y yo disfruté cada uno de los pasos que me hizo volver sobre el camino andado y en dirección hacia al hotel.
Para los capitalinos la noche se volvió fría, mientras que para alguien con un disfraz de humano como el mío que está acostumbrado a los rayos fulgurantes del desierto, era simplemente una noche fresca.
Dicen que la vida siempre te da exactamente lo que necesitas, y no lo que le pides… Quién mejor que yo para saber eso, y a pesar de que conmigo llevaba únicamente lo necesario, además del nostálgico color gris en el cielo, la ciudad de México me sorprendió con 3 historias más que aún no he plasmado en papel, pero las descubrí en algunos rincones de esas calles.
Torre Latinoaméricana.
Un ángel en Bellas Artes…
Un personaje inmóvil y mágico que casi nadie ve y a mi me reveló su historia…
En ese inter también descubrí por fin la ubicación exacta del museo de La Memoria y Tolerancia, además de una iglesia que se ubica casi enfrente del Hemiciclo a Benito Juárez y que me encantó la manera como la cubrieron para hacerle entender a los transeúntes que se encontraba en pleno proceso de restauración.
Llegué al hotel y después de un baño y una cena que consistió en un yogurt y un pan, me quedé un rato en silencio nada más con la luz de la televisión, pensando en que en ese lugar tan ajeno a mi surgieron las cartas más sinceras que he escrito en toda mi vida (y que no sé si llegarán un día a su destino). También que en un espejo que ahí estaba al otro lado de la puerta del baño, por primera vez descubrí el reflejo de como soy en realidad y no sólo lo acepté tal cual, también lo amé… Desde esa perspectiva muchas cosas empezaron a cambiar desde entonces, pues creo que después de tanto tiempo había volteado por fin a verme nada más a mi.
No sé si fue el cansancio o que a pesar de la cobija extra que había pedido en la recepción del hotel, esa noche si sentí frío. Quizá fue un poco de nostalgia porque al estar cambiando los canales en la tele, de pronto en uno de ellos encontré que estaba comenzando la película “El Día que la Tierra se Detuvo”.
Muchos recuerdos de una salida increíble en un país lejano me atropellaron en un instante, pero no hice nada… Tan sólo recuerdo que me hice “bolita” en esa inmensa cama que no era mía y de la que yo necesitaba un espacio tan pequeño, luego abrigué a la nostalgia y entre las imágenes que ya había visto en otro tiempo me perdí, pues ya no supe en que momento inició la travesía hacia el país de los sueños…
Continuará…

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