Bitácora de Viaje: Visita a Casa Tibet.

…Todavía en el día 5: Martes 13 de Septiembre, 2011.
Vagabundear por las calles de la ciudad de México, a pesar de que tengas todo el tiempo disponible del mundo no evita que las horas pasen o se hagan más lentas, y eso fue lo que me sucedió a mi ese martes. Había salido relativamente temprano de la Casa Azul, y lo primero que vino a mi mente fue volver sobre el camino ya andado pero ahora con rumbo hacia la famosa Colonia Roma, lugar donde se encuentra Casa Tibet.
Un día antes yo ya había estado ahí, de hecho el día del encuentro con el Dalai Lama en el Estadio Azul, yo le pregunté a una chica del staff de organizadores si al inicio de la siguiente semana Casa Tibet estaría abierta (porque hasta donde yo sabía el Dalai Lama se iba hasta el lunes), y aunque no me supo responder con certeza, dijo que lo más probable sería que sí.
Yo fui el lunes, pero como ya era tarde y vi la puerta cerrada, pensé que ya no era horario de visita y me fui. El martes, luego de visitar la casa de Diego y Frida, aprovechando que ya sabía como llegar en el metro, hacia allá me dirigí.
La Colonia Roma tiene un encanto especial… No sé si así lo perciban las personas que viven en la ciudad de México, pero durante mi primer recorrido por esas calles llenas de casas antiguas, mientras buscaba la calle Orizaba, caí en la cuenta que yo ya había estado ahí diez años atrás. 
En aquella ocasión mi estadía en esa zona de la ciudad de México fue muy breve. Llegué en un taxi y no iba sola. Una de las chicas de Faenza me acompañó en esa ocasión a dejar algunos ejemplares de Fíjate Bien! en la oficina del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), en las que habíamos publicado algunas notas con información que ellos nos habían mandado. Fue gracias a ese edificio que reconocí que después de una década completa, estaba de nuevo en la famosa Colonia Roma.
Esta vez el recorrido fue diferente, lo hice caminando y disfruté mucho cada calle por la que me tocó pasar. Debo confesar que haber aprendido a andar en el metro, me ayudó muchísimo, al igual que los mapas de la zona que había en cada una de las estaciones, casi en la entrada de los andenes. Fue así como me di una idea de cuánta distancia tendría que recorrer.
Cuando camino sin prisa, pierdo la noción del tiempo y el camino hacia Casa Tibet me regaló la visión de edificios antiguos, cafecitos pequeños en todos lados, en los que a media tarde la gente compartía un instante de su vida entre charlas y el hechizante vapor que se desprende de una taza.
Me encantó descubrir los parques y algunas de las calles donde se han filmado comerciales y películas, (como “Te presento a Laura“), además de que muy cerca de ahí estaba también la famosa Casa Lamm, un lugar que es como una especie de galería de arte de la que tanto escuché hablar en el programa de Ricardo Rocha.
Ya estaba muy cerca, pero en el camino me detuve unos minutos frente a un edificio antiguo con balcones que de inmediato hizo que mi imaginación volara, cuando vino a mi mente una canción de Ana Torroja que después de ese viaje se convirtió en otra “Historia en La Canción”.
…Seguí caminando, guardándome historias e imágenes en los bolsillos del alma… Creo que eso es lo que más valioso que he obtenido durante las pocas veces que he viajado. Había llegado ya a Casa Tibet, pero deliberadamente me seguí de largo para ver si mis pasos me llevaban al encuentro de una historia más.
Una vez más estaba cerrado, pero el sentido común me hizo suponer que por el horario y además por ser un día laborable, era ilógico que no estuviera abierto, así que se me ocurrió tocar el timbre y  en cuanto me respondieron casi me quise dar de topes, porque caí en la cuenta que eso era exactamente lo que tendría que haber hecho desde la ocasión anterior que estuve ahí, en lugar de suponer que no era hora de visitas.
Entrada principal de Casa Tibet, la puerta de la izquierda lleva a la librería “Pótala”.

No quiero escribir mucho respecto a la impresión que tuve al estar ya por fin adentro de Casa Tibet, pues me gustaría más que las imágenes hablaran por si mismas. Desde que comencé a adentrarme en el budismo y más en concreto cuando comencé a escuchar a Tony Karam en radio, cada vez que él hablaba de el lugar que es la representación más grande del budismo en latinoamérica, yo trataba de imaginar cómo sería ese lugar y como serían los días de actividades ahí.
Debo confesar que si me imaginaba muy diferente Casa Tibet, pero lo que encontré no me decepcionó. Era un día de actividades normales, y yo como siempre pregunté un montón de cosas, y tras indagar si podía tomar fotos, una vez que la respuesta fue sí, me dediqué a eso, y eso es con lo que quiero cerrar esta página suelta de la Bitácora de Viaje, así como plasmar una de las tantas historias que al final de ese quinto día me traje en el bolsillo y hoy quiero dejar aquí…
Lhasa, la ciudad prohibida en el Tibet… me encantó este cuadro, lástima que dio charolazo…
Salí de ahí sin el “mala budista” que había planeado comprar desde que empecé a contemplar la posiblilidad de estar en ese lugar. En realidad ya traía uno anudado en mi brazo, pero como los planes siempre cambian, ya no compré el que quería de Casa Tibet, y en su lugar me traje algunos libros (uno de ellos ya compartí una reseña en este espacio)… 
La verdad no recuerdo que hice el resto de la tarde, tan sólo tengo muy presente que una vez más no alcancé a llegar al museo de “La Memoria y Tolerancia”, que era otro de los puntos contemplados en mi itinerario, y donde en esos días estaba la exposición sobre el Tibet que el Dalai Lama había inaugurado… 
Creo que el resto de la tarde, recorrí las calles de México hasta que la oscuridad las vistió por completo… Seguí acumulando historias entre el papel y la tinta…. Una de ellas la atrapé ahí en Casa Tibet…
**********
“Pasos”
…Todos los días salimos a la calle y perfilamos nuestros pasos… Gastamos la suela de nuestros zapatos, algunos con prisa, otros sin darnos cuenta, pero los que caminan con seguridad es quizá porque sin decirlo saben perfecto hacia donde van.

Nuestros pasos -sepámoslo o no- siempre nos llevan hacia algún lado… Muchas veces nos llevan hacia un punto determinado, mientras la imaginación va exactamente en dirección contraria y tantas veces, (sin necesidad de caminar), nos lleva a recorrer distancias para llegar hasta un lugar donde quizá ya nunca más volveremos a pisar.

El alma desea y sigue regresando ahí una y otra vez -aunque en forma intangible- por el simple hecho de que ahí se quedó la mitad de un corazón.

Hablar de todo eso podría llevarse una vida, pero al enfocarse a un sólo par de huellas, se puede descubrir la historia de una mujer cuyos pasos, durante una tarde de septiembre, se detuvieron frente a un mueble de madera.

Ahí, donde ella estuvo de pie, a su vez habían “anclado” también los pasos de muchas otras personas, que tras una puerta que resguardaba el silencio del mundo exterior, quizá encontraron un sentido… Su propio destino.

Miró sus pies, luego sus ojos se posaron otra vez sobre el mueble, y supo que los zapatos de ella faltaban ahí. Recién había descubierto “El Camino de En Medio”, quizá no de la forma como muchos lo harían normalmente… No era una chica de formas ortodoxas, pero sabía muy bien lo que quería y todas las cosas que llevaba en su interior.

A ella le faltaban las huellas de alguien más en el camino. Los pasos que a alguien más quizá no le sobraban porque ya estaban plantados en otra dirección y en otro sentido. En el camino hacia allí y durante tantos días de silencio contemplando su propio reflejo en el espejo, se dio cuenta de ello y aprendió que por más acompañado que se esté, siempre hay que aprender a caminar en solitario; puesto que hay senderos muy angostos y trayectos del viaje que deben andarse como ser individual.

Dicen que el camino que aún no se visualiza a veces sorprende mientras se recorre, pero en esa tarde ella descubrió que había sido buena su decisión de haber ido a perseguir un sueño y recorrer un camino tan lejano, que aunque breve en el lapso con que se mide la vida, le regaló a cambio el sentimiento más hermoso y sublime que su corazón guardaba y era desde entonces su más grande verdad.

En el trayecto aprendió por fin a estar consigo misma… Escuchó todo lo que por tanto tiempo pospuso y era importante por el simple hecho de que representaba lo que tenía para decirse a ella misma… Lo escribió también ya no para que alguien lo leyera, sino para que fuera la evidencia en letras, que si por cosas del destino su memoria alguna vez se deterioraba, viniera a recordarle el día en que se encontró con algo que por tanto tiempo había buscado.

Tal vez en otro tiempo, en otro lugar y en otro espacio, sus zapatos con la suela de goma desgastada, se quedarían suspendidos en un lugar como ese, mientras la piel de sus plantas delinearía el trayecto sobre la humedad de la arena, en una playa lejana y desierta…

Nada era seguro, ni siquiera el destino… La única certeza absoluta consistía en saber que tenía que seguir caminando, para alcanzar otros sueños, mientras sus pies tuvieran la fuerza necesaria para llevarla a donde el corazón lo indique y se puedan seguir sumando pasos… 

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