La Calle de Los Suspiros…

En una ciudad de cualquier país Minotauro caminaba durante un viaje largo. Llevaba prácticamente desde en la mañana inmerso en un largo recorrido, hasta que llegó un momento en que cansado, se sentó en una esquina.
Su idea era recobrar un poco el aliento, hacía calor y con su cabeza reclinada sobre uno de los muros que resguardaban las viviendas de aquella calle, se quedó un rato sin pensar en nada, viendo simplemente a la gente pasar.
Estaba decidido, en 10 minutos volvería a retomar su camino, pero la fatiga provocada por el sopor del verano, lo obligaron a clavar su mirada en la parte más lejana de aquella calle. Así fue como sus ojos descubrieron a un par de seres distintos: eran dos ángeles muy jóvenes que mientras caminaban venían conversando entre ellos sobre el hecho de que la gente ya ni siquiera los volteaba a ver.
A medida que se iban acercando más hasta donde Minotauro se encontraba; para él eran mucho más claras sus palabras y todo lo que comentaban; fue así como se dio cuenta que a uno de ellos, de pronto le vino a la mente una idea genial.
El ángel de las alas azules y enormes (y que por cierto era el más joven); de pronto le dijo al otro, que si los humanos eran incapaces de verlos, por lo menos ellos podrían desaburrirse un rato intentando ver: ¿de qué color eran sus sentimientos?
Incrédulo, el otro ángel le replicó que poder hacer eso era prácticamente imposible… Para empezar, no estaba dentro de las facultades que ellos tenían como enviados de Dios; mientras que por otro lado,  si los hombres no tenían ni siquiera la capacidad para percibir o saber identificar a un ángel que pasara a un lado, mucho menos se atreverían a mostrar así sin más lo que llevaban por dentro; pero el otro ángel que era mucho más inteligente y sensible le explicó lo que quería hacer.
La idea era muy simple. Antes de comentarle cualquier cosa, en un descuido y mientras caminaban por esa calle larga, le arrancó sin decirle nada una de sus plumas. Mientras la sostenía en una de sus manos, le fue explicando en que consistía su plan.
Con la pluma atrapada entre sus dedos, comenzó a soplarle hasta que tal y como si fuera un “diente de león”, la pluma se fue desintegrando y las pequeñas partículas blancas se diseminaron frágiles en el aire. 
El ángel de las ideas geniales le dijo que toda esa polución que ahora flotaba por todos los rincones de la calle, sería aspirado por todos y cada uno de los humanos que pasaran por ahí, y al entrar en sus pulmones junto al oxígeno; eso les permitiría ver: ¿de qué color eran exactamente los sentimientos?…

Minotauro no sabía si ellos dos se dieron cuenta que él lo había presenciado todo, pero lo que dijo el ángel de las alas azules era cierto, pues tan sólo en el ratito que Minotauro permaneció descansando ese lugar, comenzó a ver como los fragmentos diseminados de lo que fue el ala de un ángel, al introducirse en los distintos disfraces con los que los humanos resguardaban lo que realmente era su esencia, comenzaron a revelar el color de su interior.
Así fue como nacieron los suspiros… Como el alma de cada persona era diferente, los había de las más diversas tonalidades y formas… Estaban los suspiros de quienes estaban enamorados y eran correspondidos, los de las personas que mientras caminaban soñaban despiertas, así como los de alguien que de tanto extrañar, el vacío y la nostalgia de su alma se materializaban en ese desahogo tan sincero que surgía desde el centro de su pecho.
Estaban también los suspiros de la gente que había sufrido una pérdida y de tanto llorar, encontraba en esa pequeña travesura que había hecho el ángel, un desahogo para su pena. Por la calle también eran muy comúnes los suspiros de añoranza de quien ama en silencio y sabe que no puede ser correspondido, pero a ellos, era muy curioso, porque tanto los dos ángeles como Minotauro se dieron cuenta que los sentimientos que no podían materializarse con palabras, terminaban por reflejarse en el brillo de una mirada.
El ángel incrédulo estaba tan fascinado con el experimento de su otro amigo de alas azules, que emocionado, decidió lanzar algunas otras plumas al viento para que se quedaran flotando por el aire de forma permanente. 

Minotauro sonrió y se sintió afortunado de poder haber estado ahí para presenciar todo eso, y pensó en la chica que vivía al final de la calle y al pie de su ventana, cada uno de sus suspiros quedaba atrapado entre las lineas de una hoja en blanco cada vez que la luz de la luna le acariciaba el rostro, colándose por el borde del balcón.
Los ángeles decidieron irse, pues tenían todavía cosas pendientes para poder completar cada uno su misión en esta tierra,  Minotauro se dio cuenta, pero quiso disimular como si no se hubiera enterado de nada, y se quedó contemplando el polvo acumulado en sus zapatos, justo cuando ellos pasaron por delante de él.
Para él fue sólo un instante, pero por alguna extraña razón de pronto abrió los ojos y se sorprendió al descubrir que era muy tarde ya.
Tomó su mochila de viaje y tras incorporarse y colocarse nuevamente su mochila de viaje en la espalda, decidió continuar con su camino.
La verdad no sabía si aquello había sido real o simplemente un sueño muy vívido, y sobre esto pensaba cuando el brillo incandecente de uno de los faros lo hizo voltear hacia donde gracias a la luz era visible una placa de mosaico que mostraba el nombre de la calle.
Al leer la inscripción, Minotauro sonrió y un suspiro surgió espontáneo de su pecho… Entonces se alejó sin darse cuenta que él también dentro de su mochila se llevaba algunos de esos fragmentos de las alas del ángel y que quedarían atrapadas en letras, en cada una de esas cartas sin tiempo que se materializarían más adelante en trozos de papel.
Fotos: Martha Mendoza
Hotel El Paseo, Cd. Juárez, Chih.
“Un suspiro es un beso evaporado, la añoranza que materializa la nostalgia por algo que se tiene, o se siente de modo tan inmenso, por algo que se añora o simplemente es la forma que el alma tiene para expresar cuando sabe que no necesita más que ver el brillo transparente de unos ojos para creer sin conocer”.

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