Día 5: En busca de Diego y Frida (2da. Parte).

Martes 13 de Septiembre, 2011.
Las personas suelen “estar” o “quedarse” a pesar de que haya pasado mucho tiempo desde que se han ido… Permanecen en el espacio que fue suyo a través de los objetos, los colores, el reflejo de la luz y los aromas que flotan en el aire, no obstante que el pasado se haya ido…. y en el caso de Diego y Frida ellos dos nunca fueron para nada la excepción.
Ya había caminado y guardado en mi memoria cientos de imágenes, y en mi libreta emociones traducidas a letras para no perderlas… En ellas hablaba del frío y el calor en mi piel, como consecuencia física de las emociones; de mi corazón latiendo un poco más de prisa cuando observaba algún objeto que me transmitía o decía algo… O también del silencio que casi se hacía escuchar a gritos resonando en mi interior por las inmensas ganas de tener alguien a quien contarle todo lo que viví y observé.
Las hojas de mi pequeña libreta se fueron llenando con datos muy precisos sobre pinturas, frases de Frida que me fueron saliendo al paso escritas sobre las paredes; rayones con letra ilegible que sólo yo entendería y en las que hablaba de las sensaciones que iba experimentando conforme recorría los rincones de esa casa que tanto me maravilló conocer -así aunque fuera en forma tardía-… Todo eso que alimentaba mi eterna fascinación por las cosas antiguas y su historia; todo lo que fue parte de su mundo, pero que jamás imaginé podía asombrarme todavía más.

Recámara de Diego Rivera.

Casi siempre uno se imagina la vida de los artistas de una manera distinta… Quizá llena de excentricidades, pero a final de cuentas, cuando se confronta la realidad, uno se da cuenta que a pesar de la genialidad que caracteriza a algunas personas, su vida es igual de sencilla y rutinaria que la de cualquiera de nosotros. 
Esos fueron los pensamientos que pasaron por mi cabeza al estar dentro de la habitación de Diego  Rivera, un lugar lleno de luz, frescura y muy cerca de la cocina… Con ventanales enormes que daban al exterior del patio y que en casi todos los rincones me llamó la atención, tenía cojines o pequeñas almohadillas bordadas, y no sé porque algo me hizo suponer fueron diseñadas y elaboradas por Frida… Había varias sobre la cama, sobre una silla y supongo yo que fueron detalles que en uno de esos tantos momento de ociosidad que ella tenía por tener que permanecer tanto tiempo en cama, casi inmovilizada -quizá- Frida dedicó para demostrarle su amor a ese gran pintor.


Yo no sabía en que punto del recorrido estaba, pero tampoco tenía prisa y por primera vez el tiempo no apremiaba así que con toda la tranquilidad del mundo seguí mi camino, sin imaginar que descubriría todavía otros espacios llenos de sorpresas.
Justo a la mitad de la casa, en un área de inmensos ventanales que lo iluminan todo, se encontraba el estudio de Diego y Frida. Al entrar ahí, lo primero que se revela ante tí es un librero que mantiene aletargadas las palabras de todos y cada uno de los autores que Diego Rivera leyó; y también, resguardada entre los lomos de esos libros permanecía inmóvil una máscara como las que se usan en las guerras para protegerse de los gases tóxicos y que en este caso, Diego usaba a veces cuando estaba pintando. Estaba también un pequeño armario en el rincón con todos los medicamentos que Frida tenía que tomar.


El tiempo pasa y se lleva a las personas… Esa es una ley inquebrantable, pero tal vez la única parte benévola del paso de los años es la esencia que se queda atrapada en cada uno de los objetos que pertenecieron a una persona; y eso es justo lo que pasa en el interior de La Casa Azul. 
En ese estudio un simple caballete de madera, con algunos aditamentos que revelan que a pesar de la rigidez de los tornillos se podía ajustar a cierta medida; así como la silla de ruedas que ha permanecido ahí quien sabe por cuanto tiempo; hacen evidente toda la incomodidad y el dolor físico que acompañó siempre a Frida mientras creaba arte…

 
 Me quedé un rato en silencio observando todos los frascos y cajas con medicamentos que había dentro del armario; y entonces vinieron a mi mente los recuerdos de una conferencia de prensa hace varios años atrás en el Museo de Arte de Cd. Juárez, y en la que la directora de otra de las casas museo que existen de estos dos artistas plásticos, ella decía que Frida tenía un defecto congénito que se conoce como “espalda bífida”.

En ese entonces, se me quedó muy grabado que la directora del museo dijo que más allá del accidente que Frida sufrió siendo muy joven, su columna ya venía mal desde su infancia; y me puse a pensar si en la actualidad su problema podría haber tenido solución, o si por lo menos, quizá los adelantos de la ciencia y la medicina le hubiesen podido proporcionar en esta época una mejor calidad de vida en el sentido de que no padeciera tanto dolor físico… Tal vez sí, pero sin duda alguna su obra gráfica y su legado artístico definitivamente no hubieran sido los mismos.

La vida es muy curiosa a veces, y a través del dolor te da las lecciones más fuertes… Creo que eso fue lo que pasó con Frida, y seguí caminando con esa idea en la mente hasta que de pronto mis ojos tropezaron con algo que me estremeció por dentro.

A unos cuantos pasos, estaba una mesa que contenía todos los pinceles y materiales con los que Diego Rivera pintaba sus cuadros. Estaba un libro con sus dibujos, su paleta con pinturas de aceite, lápices, carboncillos, hasta algunos gises de esos que les llaman “pasteles” además de un montón de aditamentos como los que obviamente usan los artistas, y no sé si fue el estado en el que se encontraban algunos de los frascos que estaban más vacíos, (porque era evidente que fueron los colores que en su tiempo él usó más), o si sólo fue la sensación que me provocó tener a tan poca distancia esos objetos…

La verdad no lo sé, pero en ese momento la piel de los brazos se me erizó y una señora venezolana que ese mismo día estaba visitando también el museo y en ese instante estaba enseguida de mi, se percató de ello y me sonrió… Yo sólo la miré y le devolví la sonrisa para después decirle: “es que parece que ellos están todavía aquí”.
Ella no me dijo nada, pero su mirada me hizo saber sin necesidad de palabras que pensaba lo mismo y desde su interior me daba también la razón.

Creo que esa fue la sensación que tuve, para mi era como si el tiempo no hubiese transcurrido en el interior de esa casa, o era tal vez la idea de que estar de pie en ese lugar era en cierta forma como haber viajado en el tiempo, para tener acceso al espacio, a todo lo que formó parte de los días de estos dos pintores, y quizá hasta aluciné porque en el fondo yo sentía que de un momento a otro cualquiera de ellos dos podría surgir de alguno de los accesos que conducían hasta ese estudio.

Aún no era tarde, pero desconocía yo cuanto más faltaba para completar el recorrido por la Casa Azul, así que avancé hasta la siguiente parte del museo en el que se encontraban dos recámaras (una contigua a la otra) y que pertenecieron a Frida.

 

La verdad no entendí muy bien por qué eran dos habitaciones las que ella usaba. Una vez más la peculidaridad de los adornos, me hablaron de su pasión por el arte mexicano, pero una vez más hasta en los rincones más recónditos de esa primer habitación se hizo evidente el fantasma del dolor.
Había ahí algunos aparatos que ella usaba para poder caminar, así como una especie de “corsé”, que me imagino yo le sirvió en algún tiempo para mantener su espalda recta y se hacía evidente también conservarla en cierta forma demasiado apretada… Pero en medio de su sufrimiento, era contrastante también darse cuenta de las cosas que ella usaba para entretenerse y con las que construyó de una manera muy personal su pequeño mundo… Me imagino yo que la habitación de cada uno de nosotros, revelaría en su tiempo algo parecido a esto y hablaría de lo que somos, mucho más de lo que ustedes y yo pudiésemos decir.

La recámara de enseguida era y no era al mismo tiempo tan personal. Había objetos también que pertenecieron a Frida (me llamaron la atención unos pequeños muñequitos hechos de tela), que era evidente ella hizo con sus propias manos.
El teatriño que ya había visto en la primer área del museo, y todos esos alebrijes, muñequitas y figuritas, que si bien no eran tan bonitas, si eran muy originales; quizá las fabricó ella porque en otro tiempo no las hubiera podido encontrar en otro lado. todo eso era la prueba fehaciente que a cualquier persona le permitiría darse cuenta de que aparte de ser pintora, Frida era muy minuciosa con su trabajo (me imagino que casi, casi obsesiva) y además tenía una habilidad especial para los trabajos manuales que quizá pudo haber explorado mucho más.

Había llegado el final del recorrido por el interior de la casa, y me dirigí hacia la salida todavía con la idea de que no sabía por qué razón Frida tenía una habitación contigua a la otra… Pero al cruzar el umbral que conduce hacia una escalera que va a dar hacia uno de los jardínes, creí entender la razón.

La primer habitación estaba llena de luz, la vista que la pintora tenía desde allí era preciosa, y no sé, pero yo supongo que como ella tuvo que permancer por largos periodos de tiempo inmóvilizada, quizá era mucho más agradable inspirarse para pintar en un lugar como ese, tan iluminado, y en el que se percibía demasiada tranquilidad.

Esas fueron sólo suposiciones mías, lo que yo me imaginé desde mi propia percepción… Creo que además del estudio, esa fue la parte de la casa que más me gustó… No sé… me hubiera encantado sentarme en esos escalones y escribir algo, quizá una carta como las que ya llevaba varios días escribiendo (y que tal vez más adelante llegarán a su destino en un país lejano), pero no podía hacerlo, porque era el camino de acceso no sólo para mi, sino para los empleados del museo y los demás visitantes.
Las fotografías no estaban permitidas en el interior del museo, así que en el poco tiempo que permanecí en ese sitio, me las ingenié como pude para captar en imágenes todo lo que iría a formar parte de la Bitácora de Viaje de ese día, pues para mi no era suficiente con las emociones, y las imágenes que se quedarían en mi mente de ese lugar.


Creo que me quedé pensando demasiado en la habitación de Frida…


Los enormes ventanales que resguardan y daban luz al estudio de Diego y Frida.

Los detalles mexicanos eran evidentes hasta en el diseño arquitectónico exterior…

La siguiente parte del recorrido fue el jardín. Creo que no hay mucho que decir al respecto y hablarán mucho más las imágenes… Yo seguía caminando y haciendo anotaciones en mi libreta, algunas respecto a detalles cronólogicos sobre estos dos artistas, pero también mis propias notas personales y una de ellas fue, que debía mencionar que en esa parte del recorrido intentaría que las fotos que tomara en esa área de la casa, ojalá, además de la esencia de estos dos artistas que se hace evidente en cualquier parte donde te pares a observar, pudieran ser como un recorrido imaginario y pudieran ser capaces de transportar hasta ahí, aunque fuera de manera imaginaria a todas las personas que lleguen hasta este espacio y me regalaran en un futuro parte de su tiempo para leer mi escrito.


Esta era la vista que Frida tenía desde la habitación donde permanecía por largos períodos de tiempo.



La primer parte de la escalera.



Bajando las escaleras para llegar al jardín.


Macetas y detalles mexicanos por todos lados. (me encantó eso).

Bajando la escalera, como visitante tienes dos opciones: una es dirigirte hacia los pasillos que conducen al patio donde hay muchas plantas y vegetación, o entrar a una especie de pequeña terraza o porche donde hay varias figuras en papel maché como las que adornan la entrada principal de la casa museo.
Obvio, yo no tenía ninguna prisa, así que me tomé el tiempo para recorrer ambos lugares, que espero por medio de estas imágenes sea para cada uno de ustedes como hacer este recorrido en distinto tiempo junto a mi. Esa es la magia de la palabra escrita y lo que siempre pretendo cada vez que la vida me ha dado la oportunidad de escribir Páginas Sueltas y de Colores para compartir aquí.

En el jardín hay una pirámide, y diversas fotografías con pequeñas citas que en algún tiempo escribieron los dos pintores. Tanto Diego como Frida eran muy asiduos a escribirse cartas, (esa fue una de las cosas que también me fascinaron) y mientras las leía, me quedé pensando en que en alguna parte del museo ví algo que decía que ellos siempre tenían visitas en esa casa, y mientras en el tiempo presente recorría cada uno de los pasillos de ese jardín que me encantó por la tranquilidad que se percibía desde ahí y el clima tan agradablemente fresco, imaginariamente trataba de visualizar, cómo sería estar de visita en esa casa, en la época cuando ellos dos vivieron ahí.


Así mientras ustedes recorren a través de mis letras y mis imágenes este lugar, imaginen que mientras caminamos juntos por cada uno de esos pasillos, yo les voy platicando lo siguiente: 
Antes de morir Diego, formó un fideicomiso presidido por su amiga y mecenas Dolores Olmedo.
La idea que él tenía era administrar los museos Anahuacalli y Frida Kahlo, quizá por razones políticas, Diego le pidió a su amiga que por un lapso de 15 años no se abrieran esos espacios.
Al morir Dolores, ya en el año 2004, el comité del fideicomiso decidió abrir algunos baños y bodegas que habían permanecido resguardados, y ya en el 2007, (unos cuantos meses antes del centenario de Frida Kahlo). 
Con la apertura de esos espacios, salieron a la luz mas de 20 mil nuevos documentos; 6,500 fotografías, obras impresas, grabados, objetos personales, 300 prendas de vestir de Frida, corsés y más de 400 dibujos y obras realizadas por ella.
Entre todos esos archivos se encontraron los aretes que la pintora recibió como regalo por parte de Pablo Picasso (y hasta ese entonces se habían dado por perdidos). Había también auto retratos y  fotos de Guillermo Kahlo, el padre de Frida. 



También se encontraron los primeros esténciles o plantillas del primer mural de Diego, y los borradores del texto que Frida escribió sobre ella misma para el homenaje que se le hizo en Bellas Artes.

Algo que también quiero comentar, es que en cada una de las fotos con citas textuales de los dos artistas que me fui encontrando en cada rincón del jardín, me llamó la atención que en todas las notas que pertenecían a Diego, había debajo de su firma el dibujo de un sapo.

Yo leí hace tiempo que cuando él y Frida se casaron, debido a su apariencia física y como es la gente que todo critica y de todo hace burla, se rumoraba que el enlace había sido entre un sapo (él) y una paloma (Frida).


Supongo que lejos de molestarse, él se tomó con bastante sentido del humor el comentario, y por eso firmaba así las notas que escribía para ella.


Los últimos minutos de mi estancia en La Casa Azul, los utilicé para visitar una pequeña exhibición que había en un edificio más pequeño ubicado en el exterior sobre arte religioso, y además para tomarme algunas fotos como recuerdo y de las que solamente comparto en este espacio una de ellas, porque me hizo recordar que fue precisamente en un viaje hace tiempo, que descubrí con ayuda de un ángel terrenal, una parte muy divertida de mi que yo no conocía.
Cuando salí de ver la exposición de arte sacro, lo primero que encontré fue este mural para tomarse fotos. Yo viajé sola, así que no tenía con quien tomarme una foto, pero creo que me empecé a divertir barato desde el momento en que agarré a un señor que ese día también estaba de visita en el museo y me empezó a dar risa porque todavía aparte de que él me hizo favor de ayudarme, me puse mis moños y lo retuve hasta que la foto en ese lugar a mi me dejó convencida.
Creo que él debió pensar que yo estaba loca… Pero no importa, mientras él me veía con cara de extrañeza, yo estaba que me moría de la risa, incluso al momento de la foto, y quise guardar eso como recuerdo de un instante divertido que no quiero olvidar…

Quise hacerlo también para agradecer a ese ángel terrenal que siempre viaja conmigo en mi memoria y en mi alma, y que vive en un pequeño “paisito”, lugar en el que me presentó una “Martuchis” que yo no conocía y que a veces no tiene mucha oportunidad de salir, porque aquí no ha encontrado todavía un cómplice con quien jugar.

 
La visita terminó ahí… Aún era temprano pero me quedaban ya nada más un día y medio para visitar y ver todo lo que pudiera y había que aprovechar al máximo el tiempo.
Me despedí de La Casa Azul y del espíritu tan presente de Diego y Frida, para luego emprender el camino de regreso por esas calles tan peculiares de Coyoacán, en las que las flores en los balcones y la mexicanidad que se respira en cada uno de los rincones de esa zona de la ciudad de México, siempre tiene la capacidad de sorprenderme.
El siguiente punto en la lista era Casa Tibet... Pero ya vendré luego para contar como fue el camino que me llevo hasta ahí….
Continuará…

Un comentario en “Día 5: En busca de Diego y Frida (2da. Parte).

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