Día 5: En Busca de Diego y Frida… (1era. Parte).

Martes 13 de Septiembre, 2011.
…Despertar temprano en una ciudad lejana puede parecer extraño o puede ser una gran bendición… Un día antes había estado en Chapultepec, pero no sabía que el primer día de la semana el castillo permanece cerrado al público; así que el único plan “formal” que tenía para ese Martes era visitar una vez más ese sitio histórico, pero fuera de eso tenía el día completo para mi.
Sin ya ningún tipo de compromiso por delante, y a diferencia del fin de semana anterior, me tomé todo el tiempo del mundo. Me levanté muy temprano y salí a la calle cuando el sol ya había salido, con la intención de buscar un lugar donde desayunar primero.
Yo no sé si sea la ventaja de viajar sola, o de no tener prisa; pero bajo esa perspectiva la ciudad se percibe diferente, porque todo cuanto vas encontrando en el camino te sorprende con la misma fascinación que un niño pequeño cuando descubre algo increíble y mágico por primera vez.
La idea de volver a Chapultepec era lo único que había en el itinerario para ese día; y tomando en cuenta que era un plan que había contemplado para la tarde; mientras caminaba por la Avenida Guerrero sin tener idea hacia donde dirigirme; decidí dejar que fuera el mismo destino quien se encargara de sorprenderme… Vaya que lo hizo… Pues en ese instante resonó en mi cabeza un comentario que se dio durante la conversación con mis amigos de Faenza (apenas un par de días atrás):
-¿Y por qué no te vas en el metro?
-Es que no sé andar en metro… La verdad me da miedo… La última vez que vine a México se me ocurrió subirme en plena hora pico con una maleta enorme para llegar al aeropuerto-
-Pues nada más a ti se te ocurre eso…-
-La verdad sí, me bajé como pude y me fui en taxi a la terminal 1 y apenas llegué a tiempo para tomar el vuelo.-
-Pues es nada más que le pierdas el miedo y le agarres la onda a las conexiones…-
…Perder el miedo… La persona que me dijo eso, quizá tenía razón… Hasta ese día mi desplazamiento de un lugar a otro desde el día en que llegué a la capital del país había sido en taxis y en microbus… Así que ¿por qué no intentarlo?… Entonces, aprovechando que mis largas caminatas por el Centro Histórico me permitían conocer más o menos el rumbo, y ya con el estómago bien llenito, una botella de agua y algunos snacks para el camino, me dirigí hacia la zona cerca de Bellas Artes, pero en lugar de caminar en dirección hacia el Zócalo, en la primer cuadra de la Alameda Central, crucé la calle y caminé por una calle que atravesaba el Teatro Metropolitan, hasta que encontré una entrada subterránea que indicaba que era una estación del metro.
En la estación del Metro Balderas, ahí quedó perdida mi reputación… (Bueno eso dice Alex Lora de “El Tri”)…

La verdad no tengo ni la menor idea que estación era, (creo que era la estación Juárez); pero al llegar ahí lo primero que hice fue preguntarle a  la misma chava que me vendió los boletos para accesar al metro ¿Cómo podía llegar hasta Chapultepec?

La chava me dijo que tomara el metro y que me bajara en la primer estación que seguía después de esa. Se trataba de la famosa Estación Balderas y de ahí abordara otro vagón que estuviera marcado como la Línea 1 con dirección hacia Observatorio, y una vez que transbordara, ese metro me llevaría hasta Chapultepec.
Yo creo que fue más lo que tardó la chica en explicarme, que yo en llegar a la estación Balderas. Una vez estando ahí, me subí al vagón, pero viendo los señalamientos que están pegados en los muros de cada estación e incluso adentro de cada vagón del metro, me empecé a fijar que había algunos que tenían una flechita de distinto color arriba y que eso significaba que se trataba de las estaciones donde era punto de conexión con otras líneas del metro que llevaban hacia otros puntos de la ciudad… 
No llegué a Chapultepec… Porque en ese momento tuve un momento de “iluminación”… Me seguí de largo hasta Observatorio tan sólo para averiguar donde quedaba exactamente la estación Chapultepec, y de ahí me regresé de nuevo hasta la estación Balderas, porque algo que había visto en el tablero de la Línea 3 cambió de modo espontáneo mis planes… Ñaca-ñaca…
Ahí fue cuando entendí por fin en forma exacta como funcionaba el metro; y yo creo que una sonrisa con dientes de mazorca se dibujó en mi cara cuando adentro del vagón del metro descubrí que yo tenía razón y esa línea me podía llevar hasta Coyoacán, punto del D.F que me encantó desde la anterior vez que estuve en México y donde se encuentra ubicada la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo.

Estaba a 7 estaciones de distancia que recorrería en menos de 15 minutos… Saliendo de ahí no tenía ni la menor idea de si la casa-museo de estos dos famosos pintores quedaba cerca o muy lejos, pero como dicen que “preguntando se llega a Roma”; me encantó la idea de lanzarme a la aventura y hacia allá me dirigí.
Ya no pude ver a mis amigos, pero en el camino le avisé por sms a Oscar ¡que por fin había aprendido a usar el metro! y le causó mucha gracia… Saliendo de la estación me esperaba un día esplendoroso: era una mañana soleada, gente por todos lados y como siempre en el camino, los aromas de la comida se mezclaban con la prisa de la gente y el arte encerrado entre las páginas de los libros que encontré entre los puestos de varios vendedores ambulantes.
El camino fue largo, pero la verdad lo disfruté enormemente, porque Coyoacán es una zona de la ciudad de México tan pintoresca que hasta siendo extranjero, podrías pararte en cualquier esquina y con sólo aspirar un poco de oxígeno te darías cuenta que estás en territorio mexicano.

La última vez que estuve en ese punto de la ciudad, por cuestión de tiempo sólo pude conocer el área donde los diversos artistas exponen su trabajo y lo comercializan, así que descubrir con los sentidos muy abiertos y siguiendo tan sólo el rumbo que indican los impulsos, caminé un buen rato entre calles en busca de una pista que me llevara hasta el lugar donde podía encontrar la huella de Diego y Frida.

En el 2008, cuando perfilé mis pasos por esas calles, Coyoacán estaba vestido de calaveras y flores amarillas de cenpazúchitl adornando los altares colocados en la parte exterior de las casas, pues era víspera de la celebración del Día de Muertos.
Tres años después, y justo en esa mañana, las calles y los balcones se encargaron de recordarme mi propia mexicanidad a unos cuantos días de la celebración por el Bicentenario de la Independencia; ya que sólo estando en la capital del país y más en específico en esa zona de la ciudad, la nacionalidad se puede percibir y casi, casi palpar así.
Después de caminar un buen rato, un par de letreros pegados en una esquina me indicaron que iba por el camino correcto y me quedé pensando en lo importante que es siempre seguir tus impulsos, pero sobre todo hacerle caso a las “señales”.

No pasó mucho tiempo, caminé todavía unos cuantos pasos más y de pronto ya estaba al pie de una casa de color azul, que en el cruce de las calles Londres y Allende, desde hacía tres años atrás me había extendido una invitación para pasar de visita.
Después de tomar algunas fotografías, decidí entrar de inmediato y lo primero que me sorprendió además de las figuras de papel maché colgando sobre el techo fue que en la taquilla me preguntaron mi nacionalidad… Nunca me había pasado eso en un museo, y ahí mismo me cayó el 20 que eso se debía a que las personas que son mexicanas y visitan la casa-estudio de Diego y Frida ¡tienen un descuento especial!
Lo primero que experimentas al estar en ese espacio que perteneció a estos dos grandes pintores es emoción, porque desde el instante mismo en que pones un pie en ese sitio, es como si viajaras en el tiempo y tuvieras la sensación que en cualquier momento te encontrarás con alguno de ellos ahí.

A pesar de ser una casa muy antigua, es un lugar muy agradable. A mi me dió la sensación de que era un lugar fresco, porque lo primero que descubres después de haber atravesado la entrada principal, es un zaguán repleto de macetas y bordeado por un gran número de ventanas que revelan un poco de lo que es el interior de la casa y que es evidente aumenta tus ganas de apresurar tus pasos para entrar y descubrir de que manera Diego y Frida te pueden sorprender.
Yo creo que pasaban de las 10 de la mañana cuando mis pasos atravesaron el umbral de la primera puerta y lo primero que encontré fue una estancia con las paredes en color claro y repletas con los cuadros de Frida.
Cuando uno piensa en ella siempre se imagina las pinturas llenas de colorido, pero había muchos bocetos. Yo los fui observando uno a uno y haciendo anotaciones en mi pequeña libreta de todos los que más me iban llamando la atención.
Los cuadros de Frida reflejan siempre cosas muy contrastantes, por un lado son una alegoría a la vida, al colorido de nuestra mexicanidad, pero también son la clara evidencia de todo el dolor físico que ella tuvo que afrontar a lo largo de su vida.
Me llamó mucho la atención que había muchos cuadros que en la ficha técnica mencionaba que eran “retratos inconclusos”; y me quedé pensando en ¿por qué razón no los habrá terminado?
Había también un cuadro titulado “Naturaleza Muerta”, que es muy impresionante porque además de la pintura, ella misma hizo el marco de madera, que está en forma redondeada y si lo observas bien te puedes dar cuenta que la manera en como lo diseñó hace alusión a la matriz de una mujer. Ella siempre quiso ser madre y vio su sueño frustrado, eso lo reflejó en contadas ocasiones dentro de su obra y pues antes de que se me apachurrara el corazón… Decidí seguir continuar con  mi recorrido….
“Retrato de mi padre” (1952), este cuadro es uno de los que dejó inconclusos y se encuentra en exhibición en La Casa Azul.
Todo el dolor físico y el sufrimiento reflejado siempre a través su obra.
Este es un cuadro que pintó de toda su familia, pero me dejó intrigada porque hay 3 personajes que aparecen con el rostro borroso y no se sabe quienes son… Yo  supongo que pueden ser hermanos de ella que murieron poco tiempo después de nacer.

De las pinturas que estaban en esa sala y otra contigua, los que más me llamaron la atención fueron: “Frida y La Cesárea” (1931), “Naturaleza Muerta” (1942); “Retrato de Agustín M. Olmedo” (1928) y un paisaje de Nueva York que no era propiamente una pintura, era un boceto hecho con puros trazos… Yo nunca había visto un cuadro de Frida así, de ese estilo.
En la siguiente habitación de la casa, había vitrinas con cartas que Frida le envió a Diego, muchas fotografías de ella cuando era joven (muy lindas algunas y que reflejaban a una pintora muy distinta de la que todos conocemos), había un pequeño teatriño que ella misma fabricó (¡y que estaba padrísimo!), pero definitivamente lo que más me embobó y me tuvo entretenida durante un buen lapso de tiempo fueron sus cartas…
Poder ver su letra, la manera tan apasionada como le escribía a Diego, me hizo saber más que cualquier cuadro, cuáles eran sus sentimientos, como era la forma en que ella hablaba, pero sobre todo, entender que su amor por ese hombre era genuino.

Esta foto de Frida es una de mis favoritas… No sé porque.
Una imagen muy diferente de la Frida Kahlo que todos conocemos.
La disposición de la casa de Diego y Frida está como en forma de escuadra; después de tomar notas y alucinar con las cartas y fotografías, la siguiente área a conocer era la habitación de Diego y la cocina.
La cocina me gustó porque era como las que existían antes, con el cocedor de leña (no tenía estufa), sólo trasteros para guardar los platos y vasos, la verdad no tengo idea como conservaban los alimentos en ese entonces, pero el caso es que abundaban las ollas de barro y lo que me gustó mucho fue que en las paredes, estaban escritos los nombres de ellos con puros jarritos pequeñitos, y no sé porque me dio la impresión de que ese detalle tan peculiar tal vez pudo haber sido idea de Frida…. No sé, era como que un detalle “cursi” y por eso a mi me encantó. La verdad no fue difícil imaginar como sería pasar una mañana desayunando ahí.
De la habitación de Diego no pude tomar fotos, (bueno de hecho no estaba permitido tomar fotos en ninguna de las áreas del interior de la casa…jejejeje), pero bueno, sólo puedo decir que aparte de ser una habitación muy sencilla, con mucha luz (porque daba directamente a una de las puertas tipo ventana que asomaban al zaguán), lo que más impresionaba de estar ahí era percibir la esencia del pintor a través de su cama y los objetos que el usó en vida. Lo que más me llamó la atención es que había cojines bordados con leyendas o frases amorosas y que se notaba a leguas, habían sido elaborados por Frida.
Algo que tampoco he comentado es que por toda la casa, en la parte superior de las paredes había frases de la pintora escritas a mano y algunas eran muy chistosas o extrañas.
Yo no me imaginaba, pero estaba por llegar a la parte de la casa-estudio donde no sabía que estando sin estar… Diego y Frida me iban a sorprender…
Continuará…
“El diablo es rubio y en sus azules ojos, dos estrellitas, encendió el amor. Con su corbata y sus calzones rojos, el diablo me parece encantador”.
-Frida Kahlo-

2 comentarios en “Día 5: En Busca de Diego y Frida… (1era. Parte).

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