Día 4: Historias desde La Basílica de Guadalupe.

Lunes 12 de Septiembre, 2011.
…Cuando Felipe abrió los ojos se sorprendió al encontrarse en un lugar enorme y rodeado de gente. Era evidente que él había pasado la noche durmiendo sobre el suelo y aunque lo último que recordaba era haberse quedado dormido en brazos de su padre, mientras él caminaba junto a muchas otras personas. Sobre su hombro, a Felipe le fue ganando el sueño; sintiendo la vibración de cada uno de los pasos y el sonido de los zapatos al aprisionar en la tierra las piedras del camino; hasta que de pronto, en sus ojos se fueron haciendo cada vez más pequeñas y difusas las pocas luces de la ciudad que brillaban a lo lejos…. No sabía si era verdad o lo había soñado, pero eso fue lo último que vio, antes de despertar ahí.
Debió ser aún de madrugada cuando él y su familia llegaron hasta La Basílica de Guadalupe. Desde Zacatecas, habían viajado durante varios días caminando, para cumplir así con “la manda” que la madre de Felipe ofreció a la Virgen, si le concedía el favor de devolverle la salud a su mamá. Aunque al final la abuela de Felipe no obtuvo su alivio y Dios decidió llamarla a su presencia;  en un acto de fe y devoción, de todos modos la familia entera decidió hacer el sacrificio de recorrer a pie el camino hasta el altar de la Virgen de Guadalupe, como si de verdad el milagro que requerían les hubiese sido concedido; y de paso orar también para la protección de la familia.
 
Desconcertado y en medio de tanta gente, el primer impulso que tuvo Felipe tras abrir los ojos fue el de querer llorar… Pero su madre que estaba ahí despierta, sentada sobre el suelo cuidando de él y sus otros hermanos (que todavía dormían) en un rincón de la Basílica, muy cerca del área de los confesionarios; impidió con una caricia sobre su mejilla que las lágrimas rodaran sobre su cara.
Una vez que se sintió un poco más tranquilo, Felipe preguntó ¿dónde se encontraba su padre?; y con la sonrisa de una madre de familia que entiende el temor de un niño de 5 años, al despertar en un lugar tan grande y que es obvio no es su casa; con toda la dulzura del mundo le hizo saber que papá estaba afuera, junto a otros danzantes, ofreciendo su baile como ofrenda.

Felipe no entendía muy bien todo ese tipo de cosas; lo único que sabía era que desde que recordaba, su familia bailaba ataviada con ropajes y colguijes extraños en honor de la “señora bonita”, que vivía adentro del cuadro dorado.
Su abuela, que era quien siempre oraba, dándole vueltas entre las manos a un collar con un crucifijo y múltiples piedritas, había sido también quien le enseñó a persignarse y le había prometido ayudarlo a aprenderse todas las oraciones que debía saber para cuando llegara el tiempo en que Felipe tendría que hacer su primera comunión.

Su padre, por su parte, en los últimos meses lo estuvo instruyendo también para que aprendiera los primeros pasos de algunas de las danzas que ejecutaban dentro del grupo de matachines  a los que por generaciones enteras, su familia siempre había pertenecido.

Eso era lo que él sabía, pero por ahora no importaba. Tras despertar, era natural su necesidad de ir al baño y le hizo saber eso a su mamá.
Ella no podía apartarse del resto de sus hijos, así que confiando en que era el mayor de ellos; le sugirió que buscara a su padre, que no debía estar muy lejos, para que fuera él -quien si estaba desocupado ya- lo acompañara a buscar el inodoro que quedara más cercano.

Así fue como aquel pequeño se encaminó con dirección hacia la salida de aquel templo, que era mucho más grande que la iglesia de su pueblo… Mientras iba hacia la salida, echó un vistazo hacia el punto de partida, y se encontró con la sonrisa de su madre, quien no le había quitado la vista de encima, tal y si como con eso pudiera protegerlo e irlo acompañando en el camino, sin descuidar tampoco a sus hermanos. Luego, Felipe volteó hacia atrás y descubrió a lo lejos a la gran señora del cuadro dorado. Delante de ella había mucha gente y fue entonces que entendió que existían muchísimas personas como su abuela y su padre. No obstante que le hubiera gustado acercarse para poder verla un poco más de cerca; su necesidad fisiológica era mucho más fuerte en ese instante y luego de atenderla; volvería de nuevo con ese fin.
Cuando Felipe salió lo primero que le sorprendió fue darse cuenta de que estaba en un lugar tan grande. Jamás en su vida había visto tanta gente junta; y aunque tenía miedo de perderse, podían más sus ganas de encontrar un baño lo más rápido posible. A pesar de que por su corta estatura no podía visualizar lo que había a una mayor distancia; él pensaba que si caminaba en línea recta, además de encontrar un baño pronto, no perdería el camino de regreso.
Finalmente encontró un baño; y tras salir de ahí entre la multitud de gente escuchó el resonar de un tambor que reconoció como el que ejecutaba su padre para acompañar la danza. Con el corazón latiéndole adentro del pecho, Felipe salió corriendo y aún estando lejos, comprobó que era él. Comenzó a gritarle, pero era tal el ruido provocado por aquella multitud que era prácticamente imposible que él lograra escucharlo.  
Caminó en dirección hacia dónde estaba lo más rápido posible, con toda la intención de alcanzarlo, pero justo en ese instante el sonido del tambor se silenció como evidente muestra de que la danza había terminado; y por ende los danzantes comenzaron a alejarse.
Alarmado, Felipe empezó a correr, pero sus piernas eran demasiado cortas aún y esa enorme cantidad de personas mermaba todavía más la distancia que tenía que recorrer para poder darle alcance a su padre. A medida que esquivaba personas lo más rápido que podía, su padre parecía alejarse más y más. De pronto, para aquel niño sólo fue visible un trozo de tela en color azul de la capa del traje de danzante que llevaba puesto su padre, y que iba arrastrando a medida que caminaba a paso apresurado entre aquella multitud. Él ni siquiera imaginaba que su hijo trataba de alcanzarlo; y al final, la distancia fue demasiada y Felipe lo perdió de vista.
…Ahora sí estaba perdido, no sabía como encontrar el camino de regreso… Sentirse solo en medio de toda esa gente y con miedo de no poder encontrar a su familia, propició que sus enormes ojos oscuros perdieran en un instante su luminosidad con las gotas de agua que empañaron su visión y de pronto comenzaron a humedecerle las mejillas.
No podía quedarse ahí de brazos cruzados, él era ya un “niño grande” y por lo mismo no debía llorar… Se secó las lágrimas con la manga del sweater que en esa mañana de Septiembre llevaba puesto; y al ver delante de él una enorme escalera que no sabía ni a dónde lo llevaría; supuso que su padre tal vez siguió ese camino y decidió irse por ahí.

Antes de subir decidió echar un vistazo a otra iglesia que se encontraba ahí cerca; (por si su padre había entrado), pero no, lo único que encontró en ese lugar fue además de más imágenes de la Señora del Cielo, a un montón de gente, pero sobre todo a muchas señoras que por la manera en que rezaban y encendían veladoras, le recordaron a su abuela.

Su padre no estaba ahí, así que salió de inmediato para meterse en la iglesia contigua donde lo único que encontró fue el olor a cera y las paredes adornadas por completo con figuras tan doradas como el sol. Felipe no entendía porque la gente era silenciosa y solemne estando en esos lugares. Afuera todo parecía una fiesta y en cambio adentro de cada una de esas iglesias todas las personas cambiaban por completo su actitud.

Como buen niño curioso entre tantas cosas que había para observar adentro de ese lugar en donde estaba, sus ojos descubrieron de repente una gran medalla que pendía de la pared. Se quedó por un buen rato observándola, mientras al mismo tiempo se preguntaba ¿a quién pertenecía? y qué acción tan buena tendría que hacer él para poder ganarse un premio similar.

En su intento por acercarse un poco más para poder observarla, tropezó con uno de los reclinatorios de madera, lo que provocó que todos los adultos que ahí se encontraban rezando voltearan a verlo con una expresión que denotaba que reprobaron su comportamiento. Alguien que se encontraba en las primeras bancas le dijo en voz alta que dejara de jugar y guardara más respeto y silencio.
Aquella voz en tono imperante fue lo que provocó que Felipe volviera a la realidad y recordara de nuevo que estaba perdido y tenía que dar a toda costa con sus padres o por lo menos encontrar el camino de regreso.
Salió al exterior donde parecía que cada vez más gente llegaba para dirigirse hacia todos los puntos, y aquel pequeño de 5 años también tenía ahora un camino que seguir.

Perfiló sus pequeños pasos en dirección ascendente por la enorme escalera que se veía iba a dar hasta un punto muy lejano. En el camino se encontró con otra pequeña iglesia, y no supo porque, pero no tuvo intención alguna de volver a entrar, porque algo le decía que su padre tampoco estaría ahí dentro. 

A medida que iba ascendiendo, Felipe quedó maravillado con la belleza de cada cosa que fue encontrando a su paso: Jardínes hermosos llenos de vegetación, un reloj muy grande de manecillas, parecido al que su madre tenía en casa y con el que él estaba aprendiendo apenas a leer la hora. También el colorido de los ropajes de la gente que subía y bajaba proveniente de todos lados; los adornos mexicanos con los que los fotógrafos ambulantes invitaban a los visitantes a detenerse por un instante para tomar la foto del recuerdo y capturar un trozo del presente en un papel fotográfico, así como la visión de una ciudad enorme que era visible desde la parte más alta del cerro del Tepeyac.
De pronto recordó la historia que su abuela le había contado; y que trataba sobre un indígena llamado Juan Diego, ante quien la señora del cuadro se había hecho visible…. De tantas veces que escuchó a su abuela contarle esa historia, Felipe imaginó que era un cuento que ella se inventó o que se trataba de una película antigua, de esas como las que ella le encantaba ver una y otra vez.  

Llegó hasta la parte más alta del cerro, donde encontró otra iglesia; y estando en ese punto, volvió a sentir miedo al darse cuenta que estaba ya muy lejos y no tenía la menor idea de como regresar. Intentó volver sobre el camino andado, pero a medida que iba descendiendo por la enorme escalera nada le parecía conocido ni tampoco pudo reconocer algún lugar por el que ya hubiera pasado un rato antes.
La desesperación se apoderó de él y fue y se sentó en el borde de una banqueta donde justo frente a él estaba un hombre con un pájaro en una jaula, como esos que él había visto en la feria, sacaban un papelito en el que estaba escrito el destino de la gente.
A poca distancia, Felipe descubrió una hermosa cascada donde había figuras que representaban la historia de Juan Diego que su abuela le había contado. No obstante que todo eso era muy bonito; la verdad era que Felipe se sentía ya muy cansado de tanto caminar, y aunque su único deseo en ese momento era volver a reunirse con su familia, sin saber exactamente como lograr eso, rendido fue y se sentó en el borde de una bardita de concreto, justo frente a la imagen de Juan Diego y La Señora del Cuadro.
Con la carita triste apoyada entre sus manos, los ojos se le volvieron a llenar de agua; pero fue sólo un instante, porque de pronto la voz de alguien que le hizo una pregunta lo regresó de nuevo a la realidad.
Felipe reaccionó y descubrió en esa misma barda a una mujer que quizá tenía la misma edad que su mamá y era quien mientras comía un poco de fruta, se dirigió a él.
-Hola… ¿Estás perdido?
-Sí…
-¿Cómo te llamas?
-Felipe, pero mis amigos y mi mamá me dicen Felipín…-
-Mucho gusto Felipín, no te preocupes, tus papás deben andar por aquí cerca y no tardan en encontrarte… ¿Tienes hambre?, ¿quieres un poco de fruta?-
-¿Y tú?, ¿vienes con tus hijos?
-Nop… Yo no tengo hijos…-
-¿Con tu esposo?…
-Nop, tampoco…
-Si no tienes esposo y tampoco tienes hijos ¿entonces con quién vienes?, ¿también estás perdida?
-Mhhhh…. Digamos que sí, me perdí también por un buen rato, pero aquí vine y me encontré…
-¿Y no tuviste miedo?-
-Sí un poco…-
-Pero se supone que los grandes ya no deben de tener miedo.-
-Bueno… En realidad así debería ser, pero los grandes a veces somos como un niño que está adentro de un disfraz más grande, pero por dentro somos como tú.-
-Ahh…. ¿Algo así como estar en un traje de gigante?-
-Ajá… Algo así…-
-Yo vine con mis papás porque querían pedirle a la señora del cuadro dorado que le devolviera la salud a mi abuela, ella también siempre le pedía cosas… ¿Tú también veniste a pedirle algo?
-Sí, todos los que estamos aquí venimos a eso, y yo también estoy aquí porque necesito pedirle ayuda, pero no es para mi.-
-De seguro te va ayudar, mi papá dice que ella siempre le ayuda a las personas que son buenas y hacen bien.-
-Yo creo que tu papá tiene razón… Lo que yo necesito es para una persona que es buena…-
-Bueno… Me tengo que ir, tengo que seguir buscando a mis papás…-
Una vez que llegó a la parte baja de ese inmenso santuario, Felipe comprendió que su familia no era la única que había llegado hasta ese sitio impulsada por su afán de creer.
Se quedó un rato parado de nuevo en medio de la explanada y además de los aromas y los sonidos, las imágenes que vio, lo llevaron a entender todo aquello de lo que hablaba la gente, pero sobre todo también tuvo más en claro las acciones que desde niño vio reflejadas en su abuela.
En ese lugar había personas que llegaron en bicicleta, y familias muy parecidas a la suya que compartían los alimentos sin importar el sitio donde estuvieran. También vio a hombres y mujeres de edad avanzada que entraban arrodillados a la iglesia y siguiendo un poco su camino fue a dar por fin hasta el lugar donde se encontraba La Señora del Cuadro.
Felipín se quedó de pie frente a ella y entonces se dio cuenta que no era algo inventado todo lo que su abuela le contó en otro tiempo. La Señora del Cielo era mucho más hermosa de lo que él imaginaba y se quedó pensando en que tal vez debía tener poderes mágicos para escuchar a todas las personas que llegaban hasta ahí para pedirle algo.
Estando de pie frente a esa imagen, Felipe recordó lo que hacía unos minutos atrás escuchó durante la conversación referente a que todos llegan hasta ahí con la intención de “pedir algo”… Quizá bajo otras circunstancias; Felipín hubiera pedido un balón o cualquier otro juguete; pero de pronto entendió que las peticiones que esa señora que llevaba tanto tiempo adentro de ese cuadro eran de otro tipo e iban mucho más allá de todo eso… Y si de pedir algo se trataba, él lo único que quería en ese momento, era regresar de nuevo con su familia.
En ese instante quedó visible frente a él uno de los tantos caminos que dan acceso a la Basílica de Guadalupe, y con cada imagen de la Virgen de Guadalupe que iba encontrando a su paso, era como si ella misma le estuviera indicando el camino de regreso.
El camino por el que optó lo llevó de nuevo hacia la parte exterior de ese santuario donde la fe se manifiesta de las más diversas e inverosímiles formas… A su paso encontró una figura de El Papa Peregrino que hacía que su abuela llorara cada vez que aparecía en televisión; así como a cientos de personas que al igual que su familia llegaban al mismo tiempo en peregrinación y con algo para dar a cambio de los deseos concedidos.

A pesar de ser un niño, de repente todo ante sus ojos se mostró tan claro, al  igual que el camino de regreso. Felipe se metió entre la multitud, y fue la misma quien lo fue llevando hasta el punto donde originalmente se perdió.
En el trayecto descubrió los tubos de un órgano gigante, las banderas de todos los países que vio en uno de los libros de su escuela; pero su felicidad más grande fue descubrir a lo lejos a sus padres que sentados sobre el suelo se disponian a compartir el desayuno en medio de toda esa gente que con esperanza llegaba hasta ese santuario.
Aquella tarde Felipe entendió que en ese lugar podían surgir muchas historias, más allá de la que su abuela le contó… La de su familia incluso, era una de ellas y ya cerca del mediodía, mientras él desayunaba con su familia, alguien que después de depositar su petición se fue a recorrer las calles de una ciudad desconocida; Felipe, con tan sólo 5 años, entendió por primera vez y gracias a todo lo que vio en ese día, el verdadero significado de la palabra FE.

“Virgen de Guadalupe: alcánzame de tu hijo el perdón de mis pecados, bendición para mi trabajo, remedio a mis enfermedades y necesidades, y todo lo que creas conveniente pedir para mi familia”.

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