Remembranzas Fantasmagóricas: Un Sueño en Paralelo…

Ella era una persona como tantas otras… Se le había permitido estar por tan sólo un día en un tiempo y en una historia diferente… Era 1910, y en aquella ocasión siendo empleada de la casa de modas “Cairén”, tenía como encomienda entregar en la casa de la Familia Alcaraz, la caja con un vestido que Margarita usaría esa misma noche; durante la cena de gala que sus padres ofrecerían en honor del General Porfirio Díaz y su esposa.
Con la caja entre las manos tocó el timbre de la residencia y de inmediato le dieron acceso. Bajo otras circunstancias, el encargo le habría sido recibido ahí mismo en la puerta, pero como toda la gente de esa casa se encontraba inmersa en los preparativos de la fiesta, a ella se le permitió entrar para que entregara justo en manos de quien lo solicitó ese vestido.
Adentro de la residencia, todo era movimiento. Las escaleras, con todo y su barandal de madera fina, se veía resplandeciente; mientras que la gente de la servidumbre iba y venía por todos lados, llevando objetos, limpiando, organizando… Apresurados todos, con los preparativos para esa noche.

Desde ese punto de la casa también era perceptible el gran comedor que ya se encontraba listo con toda la mantelería, los cubiertos y la vajilla con las que “La señora de la casa” ordena se disponga la mesa sólo en las ocasiones especiales… Aquella noche sería una de ellas, pues muy cerca de ese comedor estaba ya El General Díaz…Faltaba todavía más de una hora para que la recepción comenzara, pero a él le gustaba llegar temprano y más si era una cena ofrecida en su honor.

Con su uniforme lleno de condecoraciones observaba con ojos profundos a la gente de servicio, que con esmerada dedicación, cubrían hasta el  rincón más alejado de la casa con flores.

En un rato más regresaría hasta su casa, en la Calle de Cadena, para traer consigo a su esposa Carmelita, quien como era de esperar en toda mujer vanidosa, todavía no estaba lista…

Al mirarlo ahí tan solo, aquella simple empleada, por un instante se vio tentada a dejar de lado la caja, para acercarse a él y preguntarle tantas cosas… Tenía mucha curiosidad de saber si esa tristeza que percibió en algunas de sus fotos captadas en un tiempo futuro que él ni siquiera imaginaba; no era más que la evidente muestra de un presagio reprimido, que anunciaba que sus días en el poder estaban por llegar a su fin…

Pero ella no podía llegar así nada más y cuestionarle… Así que desistió de la idea y tomando con más firmeza la caja entre sus manos, se alejó de ahí, dejando al General Díaz, absorto en sus propios pensamientos.

Hay días en que no se está preparado para afrontar lo que el destino pone en el camino, y en esa tarde-noche en que su encomienda era tan sólo cumplir con una entrega, en su recorrido por uno de los pasillos principales de esa residencia; casi al llegar a la estancia principal, se cruzó con un grupo de varones que pertenecían al famoso Ateneo de la Juventud.

En el enorme reloj de péndulo, las manecillas indicaban que era alrededor de las 6 ó 7 de la tarde; y aquel punto de encuentro hubiera sido fugaz y momentáneo, de no ser porque al cruzar miradas con uno de ellos, algo sucedió…

Él era alto, de ojos oscuros… De piel tersa, bronceada y cabello engomado. Llevaba un traje impecable en color claro; y por la forma en que también la miró fue evidente que aquel instante había sido suficiente para propiciar cosas que con palabras no se pueden explicar.

A propósito se quedó rezagado, y detuvo su camino para preguntarle sin rodeos si aquella noche ella estaría presente en el baile… Y a pesar de que su condición era muy obvia; aquella chica, de donde pudo reunió trocitos de valor, para que la voz no evidenciara sus nervios al responder: “No”.
Como una simple empleada de una prestigiada casa de modas en la que se confeccionaban vestidos y ropa que nada le pedía a los exclusivos diseños de “Le House Off” o a los exquisitos bordados de Charles Frederick Worth; no podía ni siquiera aspirar a tomar parte de una celebración como esa.
Él lo imaginó, y en el fondo sabía de antemano que esa iba a ser su respuesta. Estaba igual de consciente que ella, de que aunque nadie lo hablara, existían diversos estatus y niveles entre las personas… Entonces experimentó tristeza.
Pero su alma era otra cosa; y al anular por completo el sentido común, fue su corazón el que lo impulsó a pedirle que hiciera todo lo posible por regresar esa noche; puesto que aquel también sería el único tiempo que él tendría para estar allí.
Ella leyó en sus ojos la verdad… Sabía que era cierto que él venía de lejos y tan sólo podía disponer de las últimas horas antes de que acabara aquel día; y tener esa certeza fue el detonante para un sentimiento de desesperación inmensa.
No quiso volver a mirarlo de frente, porque estaba segura que si hacía eso sería mucho más difícil negarse, así que más por escaparse de él, que por la premura con que debía cumplir con su trabajo; se alejó a toda prisa en un intento por escapar de algo que si permanecía por más tiempo allí, ya no podría.
Así fue como se alejó, llevándose tan sólo como recuerdo, la esencia de su fragancia… Mientras él se quedó de pie observándola, ella intentaba escabullirse a pasos apresurados que la alejaron de inmediato, para llevarla a entrar con gran rapidez, en una sala de te y fumar que era separada de aquel lugar tan sólo por una puerta corrediza ornamentada en caoba fina.  Se había llegado el tiempo por fin para entregar el vestido.
Tal como si ya la estuvieran esperando, una mujer que parecía ser parte del personal de confianza de la familia, fue quien le recibió la caja con el encargo. Sin ninguna pregunta o tan siquiera mirarla, se limitó a tomar la caja con el vestido y lo primero que hizo fue extraerlo para cerciorarse por si misma que era exacto lo que “la niña Margarita” había ordenado.
Al extraerlo del frágil empaque de cartón y desplegar la tela frente a sus ojos, la mujer de servicio quedó maravillada no sólo con la belleza del diseño, sino también con el trabajo tan minucioso y artesanal del bordado.
Sin dirigirle siquiera la palabra, la mujer sacó de uno de los bolsos de su delantal una pequeña propina representada en un billete de denominación muy baja, que ella tomó como la señal de que el encargo era exactamente lo que se solicitó y su trabajo llegó hasta ahí.
La chica se encaminó directo hacia la salida y al abrir la puerta comprobó que el apuesto joven seguía esperándola afuera.
Fue suficiente mirar desde lejos su sonrisa para entenderlo todo… Ella volvió para encontrarse con él en el mismo punto donde lo había dejado y tal vez fue la cercanía, tal vez fue que ambos sabían que el tiempo era muy poco y se les escapaba a los dos de entre las manos; porque algo pasó en ese instante y al pretender despedirse, él la retuvo, no la dejó ir al sujetarla por uno de sus brazos, hasta que el límite de la cercanía se diluyó para dar paso al beso más dulce y sincero que alguien podría haber plasmado en los labios de otra persona a la que a pesar de saber que se está a punto de perder, no se quiere dejar.
Después de casi un siglo de distancia, era hermoso para los dos volver a experimentar lo que se siente cuando se ama con todo el corazón a otra persona; en una noche en que las promesas se sellan con una extraña mezcla de apasionada desesperación y ternura…
Ella estaba dispuesta a volver… No sabía como, pero lo intentaría… En ese instante se despertó, y cien años transcurrieron de golpe… La madrugada de ese sueño en paralelo se le escurrió de pronto entre las manos, dejándole en el alma una extraña sensación de nostalgia y confusión…
Nunca supo quien era, si era real o no existía; pero de dos cosas si estaba segura: La primera fue que podría ser capaz de reconocerlo entre montones de personas… Mientras que la otra, y a pesar de ser demasiado incierta era que tenía toda la intención de cumplir con su promesa y quizá algún día, en otro tiempo, en otro sueño, regresar a esa misma noche de 100 años atrás, tan sólo para volverlo a ver otra vez.
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