Minotauro y La Tienda de Antigüedades.

Después de la experiencia vivida en el campamento, Minotauro volvió a su vida normal. Los días sucedían uno tras otro sin que aconteciera nada relevante. Aunque siempre era la misma rutina y pasaba por los mismos lugares por la mañana o por la tarde, para él las cosas se veían de un modo distinto.
Era muy extraño, porque a pesar de que en apariencia seguía siendo el mismo, era también como si de alguna forma se hubieran agudizado sus sentidos.
Cada día, desde que despertaba, había en él un inmenso deseo de encontrar cosas, detalles (por muy pequeños que fueran y que le alimentaran el alma)… Era como si por dentro, Minotauro tuviera un niño desnutrido y desprovisto de muchas cosas, y todo lo que es valioso y no puede tocarse, o no tiene una forma definida, sirviera para dejarle satisfecho el corazón.
Un fin de semana en que despertó con muchísima hambre en el alma, y la brisa fresca de un amanecer pintado de un color naranja, tan sólo sirvieron como una botana o entremés para su apetito voraz de cosas simples, Minotauro decidió salir a la calle con la intención de deshacerse a como diera lugar de todo eso.
Era uno de esos días en que quizá la esperanza se le había evaporado de los bolsillos durante la madrugada, y no tenía ganas de creer en lo incierto, ni tampoco de tener fe.
Se fue desde temprano a la calle, intentando acallar e ignorar esa voz interior que todos los días le decía que su vida estaba incompleta. Minotauro lo sabía desde hacía tiempo; pero no tenía ni la menor idea de como resolverlo. Para él, cada vez que lo intentaba, era como buscar un tesoro sin un mapa, o estar perdido en el desierto con una brújula descompuesta entre las manos que apunta en dirección hacia el norte, en donde debe estar el sur.
Pensando en todo esto, caminó y caminó por muchas cuadras, en medio de tanta gente que al igual que él, había salido a buscar las cosas que necesitaba entre todas las mercancías que se ofrecían en los comercios y mercados.Minotauro necesitaba tantas cosas, pero nada de lo que se ofrecía en las vitrinas y aparadores servía para cubrir eso de lo que él carecía. Entonces, viendo su propio reflejo en una de las vidrieras, sonrió para si mismo, mientras se contemplaba como si él fuera otra persona extraña; y se cuestionaba a la vez, si la gente del exterior podría notar a través de su mirada todo lo que le hacía falta a su alma, y como una extraña contradicción: notaría también todo lo que si él fuera un mercader, tendría para ofrecer quizá a un precio de remate.

No tenía caso ya, seguir pensando en todo eso -como ya cientos de veces lo había hecho-. Así que emprendió de nuevo su marcha entre toda esa gente que llenaba las estrechas calles del centro. Fue así como entre el ruido, los aromas de los lugares donde se vendía comida, el tráfico y la prisa (que esta vez no le pertenecía a él); Minotauro logró desprenderse por fin un poco de todo lo que era y olvidarse así un poco de lo que su alma carecía.

En ese instante fue como si sus ojos se hubieran abierto, mostrándole todo tan claro… Pudo leer las expresiones de tanta gente desconocida que se cruzó con él en el camino. Las verdaderas intenciones y sentimientos implícitos en cada uno de los objetos que todos ellos compraban.

Lo primero que vio fue la fe, que se vendía a través de imágenes religiosas y algunas otras que eran atemorizantes y grotescas… Los milagros en forma de pócimas y piedras de colores con propiedades curativas y hasta mágicas. Luego, siguió con su recorrido y encontró también al amor materializado y fragmentado en cientos de rosas que vendía un hombre apostado en un crucero.

También descubrió en el camino, la entrega y sacrificio de una mamá, que gastó la última parte del dinero que tenía adentro de un monedero, para comprar un par de zapatos escolares para alguno de sus hijos.
La melancolía dibujada en el brillo opaco de los ojos y las líneas del rostro de un hombre maduro, que después de una larga jornada, regresaba a casa con el cansancio transformado en pan para su familia, al final del día.

No es que se sintiera reconfortado porque existía gente que al igual que él podría no tener nada. La vida y el alma de cada persona es diferente, pero no obstante eso, Minotauro pudo observar con sus propios ojos, también la forma de la vaciedad que cobraba vida en las bolsas y paquetes de personas de todas las edades, que a través de aparatos electrónicos o gadgets tecnológicos, pretendían quizá estar más cerca de alguien, o disfrazar su apariencia con prendas y accesorios muy vistosos, que tras una marca prestigiada, disfrazaban la pobreza de su verdadera apariencia interior.

En esto último reflexionaba precisamente, cuando sus pasos lo llevaron a quedar varado entre una multitud que abarrotaba una calle donde la gente entraba y salía con objetos innecesarios, que a precio de ganga les dibujaba en el rostro una expresión de felicidad efímera y provisional.
Él no podía avanzar, ni tampoco tener como opción retroceder sobre sus propios pasos para “zafarse” de aquella masa de gente; y armándose de paciencia decidió esperar a que ese mar de personas fluyera a su propio ritmo sin importar el tiempo que fuera necesario hacerlo.

Fue ahí, justo cuando decidió dejar de resistirse y concentrarse en el “Ahora”, que Minotauro descubrió que estaba de pie frente al cristal del aparador que resguardaba los objetos más extraños e inverosímiles de una tienda de antigüedades.

Lo primero que hizo fue mirar a su alrededor, para reconocer el rumbo. Entonces se sorprendió de que a pesar de que aquella era una zona por la que él transitaba todos los días; nunca antes sus ojos descubrieron ese local tan peculiar.

No lo dudó ni un instante; y entró a través de la puerta de cristal donde el sonido armonioso de un colgante fabricado con metal y piedras de colores atadas con hilos de cáñamo le dieron la bienvenida. En cuanto cruzó el umbral para adentrarse en esa tienda, Minotauro percibió la diferencia existente entre el ruido y el calor infernal de la calle, que desarmonizaba por completo con la quietud y la temperatura fresca de aquel nuevo lugar recién descubierto.

En cuanto entró, se vio rodeado de los más extraños y originales objetos. Cada rincón y cada espacio estaba ocupado de una manera, que sería algo imposible enumerar y describir todas las cosas que en ese sitio se vendían.

Tras el mostrador principal un hombre anciano de mirada compasiva y amable sin pronunciar palabra alguna, con una simple sonrisa le dio la bienvenida; y aunque Minotauro se sentía extraño y hasta en cierta forma un poco tonto por no saber que hacer, ni que decir, tuvo el presentimiento de que en ese lugar tal vez podría estar lo que buscaba.

El anciano dependiente, detrás del mostrador, en lugar de preguntarle si podía ayudarlo en algo; decidió darle su tiempo para que fuera el propio Minotauro quien definiera cuál era su búsqueda. La verdad es que en medio de un lugar así fue difícil para él hacerlo; pero sus sentidos se llenaron con las imágenes y colores de tantos objetos antiguos, la textura de los tapetes y las figuras talladas en todo tipo de material artesanal. Así como también, con el aroma que desprendían los libros de pastas duras, de hojas frágiles y de un color pálido por llevar demasiado tiempo en la oscuridad, sin ser devueltas a la vida, a través de manos y ojos, posándose entre sus páginas.

Minotauro quedó abstraído entre todo ese montón de cosas… Era como si un millón de imágenes desfilaran de pronto ante su mirada, y su mente quisiera abstraer para archivar en su memoria todos y cada uno de los objetos curiosos que iban de los más toscos y grandes, hasta los más pequeños y frágiles elaborados con una minuciosidad tan artesanal y delicada, que por lo mismo tenían que permanecer resguardados en la vitrina principal y hasta alejados de la luz.

Para no sentirse todavía menos fuera de lugar; Minotauro pensó en comprar lo primero que vieran sus ojos o  alcanzara su mano; pero en ese instante el hombre detrás del mostrador le tocó el hombro para llamarlo y le extendió una especie de morral de tela aterciopelada en color azul fuerte que puso sobre sus manos.

Desconcertado, no pudo hacer otra cosa más que acceder; y mientras el dependiente de la tienda de antigüedades le decía mirándole a los ojos: “Esto es lo único que tú necesitas”; Minotauro sintió que aquella especie de bolsa contenía objetos de todos tamaños y de muy distintas formas.

No supo porque, pero por alguna extraña razón confió en aquel hombre; y tras ofrecerle unas monedas que él rechazó, Minotauro salió de la tienda y se alejó de ahí.

Pasaron varias horas, y decidió esperar hasta el final del día para descubrir cuál era el contenido de aquella bolsa. De noche y sentado en el borde de su cama; se atrevió a desanudar el cordel de hilos trenzados de color rojo; que durante todo el camino resguardaron todo lo que Minotauro obtuvo de la tienda de antigüedades.

Cuando la tela aterciopelada de color azul quedó extendida sobre la superficie del colchón donde dormía, un montón de curiosos objetos quedaron desperdigados por todos lados.

Encontró un pequeño violín sin arco; un espejo que parecía estar descompuesto porque no proyectaba ningún reflejo; una pequeña frazada bordada con trozos de tela de distintos colores, un par de espejuelos (parecidos a los que se usaban antes en las galas de ópera); así como una bolsita de gamuza muy práctica; que podía modificar su tamaño y forma; pero tenía un trozo de velcro adherible muy gastado o de muy mala calidad, porque que no duraba mucho pegado en algún lugar.

Minotauro no entendió nada en un principio; y durante muchos días se quedó pensando en la frase que el hombre de la tienda le dijo: “Esto es lo único que tú necesitas”…. Toda esa serie de objetos en apariencia inservibles o carentes de utilidad práctica, permanecieron durante muchos días guardados en el fondo de un closet; en lo que él averiguaba ¿cuál era el mensaje que el anciano de la tienda le quiso dar?

Las respuestas llegaron cuando menos lo pensó y dejó de buscarlas; el mensaje fue, que cada uno de esos objetos llevaba implícito un valor.
A través del violín Minotauro aprendió a cultivar virtudes como La Paciencia y La Tolerancia… La primera la descubrió durante el tiempo que pasó buscando el arco perfecto para poder hacer sonar las cuerdas de aquel violín; mientras que la segunda cualidad se hizo presente durante las tardes en que intentó producir algún sonido armónico emanado de las cuerdas; y estuvo a punto de estrellar el instrumento contra la pared durante todas las veces que por más que le dedicó constancia y tiempo, el violín tan sólo le devolvió ruidos agudos que ni siquiera llegaron a transformarse en una triste nota musical.

De la pequeña frazada obtuvo el abrazo que tanto necesitó en las noches de verano cuando su alma sintió de madrugada frío. Observando bien por las mañanas la forma como esa prenda había sido bordada, se dio cuenta que cada trozo de tela fue unido con toda la ternura y la disposición de tiempo, que sólo puede ser capaz de regalar alguien que ama de verdad.

De las lentillas para mirar a distancia en la ópera y del espejo, aprendió la verdadera apariencia de las cosas. Con el primer objeto todo se veía más colorido y mejor; pero después de un rato la vista terminaba por cansarse de aquel engaño; para aceptar que se puede aprender a ver las cosas más bellas, abriendo bien los ojos a la realidad.

Por otro lado, el espejo, que en un principio pensó que estaba descompuesto; a los pocos meses Minotauro descubrió que en el reverso llevaba grabada en relieve una pequeña frase o leyenda en tibetano… Por más que averiguó en montones de libros, jamás pudo descifrar el significado. Pero una tarde en el parque, sentado en una banca con ese curioso objeto redondeado entre sus manos, por accidente vio reflejada la figura de un niño que jugaba muy cerca de donde él estaba.
Ahí fue cuando lo comprendió todo; y a partir de ahí no sólo se dedicó a buscar a alguien que tuviera el alma transparente; el espejo le sirvió también para darse cuenta que estaba rodeado de tanta falsedad…

Por último, la bolsita con el trozo de velcro, nunca sirvió para guardar objetos. Todo cuanto colocaba ahí no cabía o terminaba por salirse; y fue hasta una noche en que Minotauro se quedó dormido sin darse cuenta con la bolsita encima de su pecho; mientras intentaba descifrar cuál era su función; que a la mañana siguiente la descubrió inflada con el peso de algo que contenía.

Cuando vació lo que había en el fondo, descubrió sobre la palma de su mano un montón de polvo negro parecido a la ceniza… Aquello representaba los sentimientos más oscuros que Minotauro había experimentado en esa etapa más reciente de su vida;  y que en la madrugada, cuando todo se disuelve; a través del sueño, se depositaron ahí.

Durante los siguientes días, Minotauro llevó la bolsita guardada entre sus ropas y fue de la única manera que el velcro cumplía con su funcion. La bolsita podía adquirir todas las formas y tamaños dependiendo de los sentimientos que él depositara dentro. Cuando eran sueños y emociones positivas, la bolsa se volvía grande y el polvo que extraía se tornaba de colores luminosos y brillantes; en cambio cuando guardaba ahí todo lo que lo hacía imperfecto y lo dominaba; esparcia en el viento sólo polvo de color negro.

De todos los objetos, quizá ese era el más valioso; porque de el aprendió que toda emoción o sentimiento -incluso la felicidad- es impermanente. De ahí la importancia también de no aferrarse a nada, de desprenderse  todo del alma, como si cada emoción fuese un velcro…

Para Minotauro la lección con cada objeto estaba asimilada, y aunque su camino era en solitario; haber descubierto la esencia de las cosas era el primer paso de un largo camino donde todavía le faltaba tanto por aprender.

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