"Remembranzas Fantasmagóricas" (Capítulo XVII).

El estruendo de un rayo, hizo que Margarita reaccionara y volviera hasta aquel punto que no supo definir de inmediato si era una pesadilla o era la realidad.
Apenas un instante atrás se visualizó abrazando a aquella pequeña niña que en el pasado había sido ella misma; y todavía desde ahí, sintiendo el calor de su propio abrazo y aferrada con sus manos a ese ser tan pequeño que había sido y sobre el cual refugiaba su esperanza recargada en el largo ondulante de sus cabellos, al abrir los ojos, por un instante, Margarita visualizó montones y montones de gotas de lluvia que caían una tras otra de entre los árboles y pinos, que al hacer contacto con su rostro en forma intermitente, calaban igual o más que el frío de la noche.
Cuando el sonido del rayo se dejó escuchar, y unos segundos después de que el efecto de la luz que convierte a la madrugada en día se desvaneció (volviendo a dejar a aquel bosque sumido en la más profunda oscuridad), Margarita comenzó a escuchar a lo lejos que alguien la llamaba por su nombre… La voz retumbaba como un eco lento y muy lejano.
Ella quería responder, pero su propia voz se había apagado por completo… Por otro lado, algo o alguien ahora la sostenía; y aunque en un principio pensó que era ella misma quien intentaba proteger a esa niña que en el recorrido por los pasillos y muros de un lugar en el que nunca había estado, encontró asustada y llorando; luego se dio cuenta que la realidad era otra y ni siquiera pudo protegerla; pues en ese punto, no sentía ya ninguna parte de su cuerpo, y sólo los pequeños cristales que caían sobre su rostro la sensibilizaron en aquella madrugada en que la temperatura había descendido tanto, al grado de convertir la lluvia en pequeños trozos de hielo.
Fernando era quien la llamaba por su nombre, y después de tantas horas bajo la lluvia, lo último que ella recordaba era que al abrir los ojos él estaba a su lado y era quien en realidad la sostenía. Perdió la noción del tiempo y tampoco supo porque razón no podía levantarse por ella misma, por la altura de La Sierra sobre el nivel del mar, la gélida lluvia se había convertido en “agua-nieve” y como consecuencia de haber pasado tantas horas a la intemperie, oculta en esa especie de agujero al pie de un inmenso árbol y en medio de una zona boscosa, propició que comenzara a presentar todos los síntomas de hipotermia.
A la mañana siguiente despertó en una habitación de una pequeña clínica rural, Fernando estaba a su lado, y aunque no sabía a ciencia cierta ¿qué había pasado? poco a poco fue asimilando todo. Cuando recobró la conciencia, se enteró de que el mismo día que ella salió de la Cd. de México, su prometido, en sus inmensas ganas de no permanecer separado de ella tanto tiempo; hizo todos los arreglos necesarios y logró negociar con un compañero para que le intercambiara algunos días, en los que él se haría responsable de sus obligaciones como médico residente y así Fernando pudiera volver a reunirse de nuevo con Margarita, y al tomar el tren esa misma madrugada hizo que llegara a la ciudad de Chihuahua con una diferencia de pocas horas.
En cuanto llegó a la estación y justo cuando Fernando se dirigía al rancho de los abuelos de Margarita, alguien que lo conocía le avisó del incidente que había pasado con las vías del tren la noche que su prometida llegó y del ofrecimiento que le habían hecho para continuar su viaje en carretera… Para Fernando, esa noticia de inmediato lo puso en alerta, y sin importar que la temperatura descendiera de manera considerable durante la madrugada en la zona boscosa de La Sierra de Chihuahua, no lo pensó dos veces en arriesgarse a tratar de averiguar junto a un grupo de amigos muy cercanos (y que conocían tanto como él la zona), el paradero de su novia.
Esa fue una gran ventaja, y por fortuna tuvieron suerte de que tras varias horas cabalgando, dieron con el carruaje en el que Margarita viajaba. En apariencia todo parecía indicar que había sido un asalto, pero a pesar del desórden que encontraron en los alrededores; nada de valor faltaba, incluso hasta el paquete con las medicinas apareció cerca de la carreta donde también estaban las maletas.
Fernando no quiso ser imprudente con Margarita para pedirle que le contara todo lo que sucedió aquella noche, (luego de que ella recobró el conocimiento), pero había algo extraño en todo eso y que lo desconcertaba tanto como la versión poco creíble que su prometida le dio luego, al afirmar que no recordaba nada en absoluto y que la única razón que ella tenía para justificar un ataque así, era su propia imprudencia por haberse arriesgado a viajar sola de noche y por consecuencia haber dado así pie para ese asalto.
El mal tiempo seguía en La Sierra, y aunque al principio no le pareció conveniente por lo que acababa de pasar, fue por petición de su propia novia, que Fernando accedió a que ella lo acompañara la tarde, antes de regresar a Chihuahua, a visitar algunas rancherías lejanas con la intención de entregar las medicinas que originalmente ella llevaba y también de paso visitar a los pacientes que por alguna razón no tenían acceso a ninguna de las clínicas rurales, por el simple hecho de que se encontraban a varias horas de camino.
Algo raro flotaba en el ambiente… Estaban muy bien juntos, pero eso era sólo en apariencia, pues mientras que Fernando no podía quitarse de la cabeza la idea de que lo sucedido no podía ser un simple asalto, y se sentía desconcertado al intuir que Margarita algo le estaba ocultando; ella por su parte, había decidido quedarse al lado de su prometido; porque en el fondo Alonso logró sembrar en ella la semilla de la duda, y por más que la imagen que ella tenía de su prometido fuera positiva, comenzó a preocuparle que fuera de los lugares y momentos en los que la conviviencia entre ellos se habían dado; en cierta manera Fernando era un desconocido y también un misterio total para ella en lo referente a otros aspectos de su vida.
Ambos tenían la intención de confrontarse… Fernando no quería presionar, mientras que Margarita se sintió todavía más confundida porque no podía creer que un hombre tan ruín como el que Alonso le había descrito pudiera ser al mismo tiempo alguien tan querido en lugares tan alejados, en los que la gente humilde que vivía en condiciones de pobreza extrema, salía a su encuentro para saludarlo con profundo respeto y agradecimiento.
Margarita sabía del espíritu altruista de su prometido, pero nunca se imaginó el lugar tan especial que tenía entre toda esa gente a la que le había curado de una enfermedad o dolencia en apariencia incurable; a la que le había ayudado a traer un hijo al mundo, o simplemente contribuido a que una abuela o patriarca lograra vivir más.
No, esa no era la imagen… ¿Pero y si todo eso no era más que un disfraz tras el cual se ocultaba el hombre del que Alonso hablaba?… Ella estaba enamorada, a punto de casarse, pero por primera vez se dio cuenta de que Alonso tenía mucha razón en algo: el haber tratado a Fernando unos cuantos meses y en circunstancias y ambientes muy específicos no era algo que le permitiera afirmar con seguridad que lo conocía a la perfección.
Poco antes de caer el sol y cuando ya emprendían el camino de regreso, Margarita se fue quedando rezagada en el camino para ir observando a Fernando. Él ya lo había notado, y la sentía extraña desde el lapso en que estuvo atendiendo a la gente en La Sierra. Sabía que durante todo ese tiempo no hizo otra cosa más que estarlo observando; y yendo de regreso hacia Chihuahua, con el pretexto de revisar la montura del caballo de su novia y de paso aprovechar para beber un poco de agua, pidió al pequeño grupo de gente que los acompañaba que se adelantaran y en unos minutos ellos dos los alcanzarían.
Estaban muy cerca de Divisadero. Una vez que Fernando se cercioró de que las correas de la silla estuvieran bien aseguradas, un espacio muy grande de silencio se abrió entre ellos mientras ambos contemplaban la niebla que cubría prácticamente todo el horizonte.
Él intentó abrazarla, pero por la forma como Margarita se le escurrió con el pretexto de sentarse a observar el paisaje desde un punto más lejano, le hizo saber a Fernando que lo que estaba sucediendo entre ellos era mucho más grave de lo que había imaginado.
La verdad no entendía nada, pero tampoco estaba dispuesto a quedarse con la duda, y aunque no sabía ni como abordar el tema, lo único que tuvo a bien hacer fue ir y sentarse junto a ella.
-¿Pasa algo Margarita? ¿Estás bien?-
Eso fue lo primero que le salió del alma preguntar… Margarita no le contestó en el instante (cosa que lo hizo sentirse el más estúpido de los hombres), y todavía, si se podía un poco peor, cuando después de unos breves minutos que para Fernando fueron eternos, ella suspiró y sin apartar la vista del paisaje que tenían delante de ellos, Margarita le respondió lo que en realidad pasaba por su mente.
-No, no pasa nada, pensaba simplemente viendo este paisaje tan hermoso: ¿en qué cosas habrá realmente detrás de toda esa niebla que nos impide ver más allá?… Así debe ser la vida de muchas personas ¿no crees?
Fernando no entendió nada, pero de entrada se dio cuenta que el planteamiento de su novia tenía otro sentido que él no lograba interpretar del todo y eso lo puso tan nervioso que aunque intentó, no supo que decir. Reacción a la que ella correspondió con una irónica sonrisa.
-Creo que no esperabas que te dijera eso ¿Verdad?-

-La verdad no Margarita, y para serte franco no te entiendo… Desde hoy en la mañana que saliste de la clínica has estado muy extraña y sé que algo pasa, pero…-

-Lo que pasa es que me acabo de dar cuenta que no te conozco Fernando, estoy a punto de casarme contigo y no tengo ni la más remota idea ¿de quién demonios eres?-

-¿Cómo que no me conoces?, sabes quién es mi padre, nuestras familias se conocen desde hace muchos años… Sabes que soy médico…-

-¡Por Dios Fernando!, ¡Eso no significa nada!… Nos dejamos de ver durante años y en estos pocos meses en que nos hemos estado tratando he conocido una parte de ti que es maravillosa y siento algo muy especial por ti… Pero ¿por qué nunca hablas de tu pasado? ¿Por qué no me cuentas lo que sueñas?… Te he visto preocupado por tu padre, por tus pacientes, pero nunca te he visto llorar… ¡vaya ni siquiera te he visto enojarte por algo!, ¿quién eres realmente?, ¿qué no te corre sangre por las venas?-

-No es eso Margarita, es sólo que…-

-Por favor no me digas que te conozco, porque eso no es verdad… ¡Es más!, ni siquiera sé si existe alguna parte que yo desconozca de tu vida…-

-Puede ser, hasta ahora yo te he contado todo…-

-¿Me estás confirmando que no has sido honesto conmigo? ¿Tendrías el valor para decírmelo si hubiera algo más?-

-No es eso Maggie, es sólo que…-

-Nada más responde lo que te estoy preguntando Fernando ¿si hubiera algo malo en tu vida y que yo no lo supiera me lo dirías?-

Fernando puso sus manos encima de sus hombros y no pudo sostenerle la mirada… Estaba a punto de darle una respuesta, pero en ese instante una lluvia se desató tan inesperada como intensa, que no dio lugar para que pudiera hacerlo.
Por lo accidentado del terreno en que se ubicaban, lo más importante en ese momento era salir lo más rápido posible de ese lugar, antes de que la tormenta, además de la visibilidad, les impidiera el paso y los dejara atrapados en la parte más alta de la montaña durante varias horas.
Ellos lograron salir y alcanzar al resto del grupo; pero la lluvia, en unos cuantos minutos se había tornado tan fuerte, que no les quedó otra opción más que intentar encontrar un refugio donde resguardarse lo más pronto posible.
Así fue como llegaron hasta una pequeña ranchería enclavada en la parte más alejada de la serranía y que era propiedad de José Gervasio, un muy buen amigo de Fernando, que aunque no era mexicano y había visitado el país en sus primeros años de juventud, se enamoró a tal grado de México (y en especial del estado de Chihuahua), que en la primer oportunidad que tuvo, construyó una casa ahí.
A pesar de que José Gervasio y Fernando casi no se veían, fueron recibidos con gran entusiasmo, casi como si ese gran amigo del doctor, estuviera ahí.
En cuanto se acercaron a las inmediaciones de ese lugar y fueron reconocidos, los padres de José Gervasio no escatimaron en atenciones para la pequeña comitiva que viajaba con Fernando, y se apresuraron a proporcionarles un lugar confortable, mientras el cielo parecía querer caerse a pedazos.
En medio de las premuras y de la intención de que no permanecieran más tiempo del que ya habían pasado expuestos al frío, los padres de José Gervasio, dieron por hecho que Margarita y Fernando ya eran marido y mujer, designándoles así la misma habitación con una sola cama.
Bajo otras circunstancias, aquella situación habría resultado ser un juego peligroso, pero ahora entre ellos las cosas no podían haber estado peor.
La finca estaba ocupada en su totalidad por la familia de José Gervasio y los amigos de Fernando, así que el joven doctor no pudo expresar ningún tipo de argumento que le permitiera, además de aclarar que la relación entre él y Margarita todavía no era la de una pareja unida por el sacramento del matrimonio; desairar al mismo tiempo la hospitalidad de sus anfitriones, al solicitarle los acomodaran en habitaciones separadas.
La verdad no supo que decir, Fernando sólo se limitó a agradecer cuando los padres de José Gervasio le desearon que pasara “buena noche” junto a su “esposa”, mientras se despedían antes de cerrar la puerta.
Desde ese momento, una vez más el silencio se apoderó del ambiente, volviéndolo de nuevo asfixiante y denso.
La lluvia seguía y seguía con la misma intensidad que los sorprendió en Divisadero, y todo parecía indicar que se quedaría instalada por el resto de la noche y la madrugada.
Después de compartir la cena, en una habitación que para otra pareja hubiera representado la posibilidad de un encuentro muy romántico, para ellos dos era como una especie de prisión en la que ambos se sentían incómodos y atrapados.
Margarita permaneció todo el tiempo con la mirada fija en la ventana, viendo como arreciaba la tormenta. Fernando por su parte, desesperado e intranquilo, no tuvo otra opción más que intentar gastarse las horas en el intento de prender la chimenea, pero era tal la humedad que prevalecía en el ambiente, que la madera además de estar mojada e hinchada, era difícil de prenderse con unos fósforos que se desbarataban solos también por el exceso de humedad.
El tiempo transcurrió muy rápido y la oscuridad por fin se apoderó de toda la visibilidad de los alrededores; y por fortuna, el silencio que ya era insportable entre ellos, vino a romperse cuando Margarita, de la nada, de pronto comenzó a estornudar.
Fernando, que ni estando lejos del hospital y fuera de servicio, dejaba de pensar como médico, de inmediato supuso que su prometida, como consecuencia de haber estado tanto tiempo expuesta al frío, había pescado un terrible resfriado.
Ni siquiera dudó. Margarita necesitaba descansar y sin ni siqueira consultarle, fue y tomó de la cama una de las almohadas y una frazada, que ante la mirada perpleja de su prometida, comenzó a extender en un rincón de la habitación, al pie de un armario muy grande y a varios metros de distancia de la cama.
No había mucho que explicar, el lugar más confortable para pasar la noche, como todo buen caballero, se lo cedió a Margarita. Mientras que él (acostumbrado a esas largas correrías por La Sierra y que duraban semanas enteras), consideró que si afuera se acababa el mundo con la tormenta, adentro no sucedería eso y menos si él pasaba una noche durmiendo como otras veces ya lo había hecho en el suelo.
Pero el destino es hábil y con ironía entreteje a su antojo los hilos de la casualidad… En plena zona montañosa, ninguno de los dos pensó en que al llegar la madrugada, tanta humedad impregnaría el ambiente por completo, trayendo como consecuencia, que una vez más la temperatura descendiera varios grados bajo cero.
Cerca de la medianoche, tanto uno como el otro suponía que dormían; pero la realidad era otra. Margarita no dejaba de temblar como consecuencia de haber estado expuesta durante tanto tiempo a la lluvia, y también por el frío extremo que se colaba en cada rincón de esa habitación.
Fernando no se quejaba, pero también tenía congelado hasta el último hueso debajo de la piel, y a pesar de que el incidente ocurrido en Divisadero, los dejó a ambos con una sensación nada agradable de vacío, los dos se dieron cuenta que era una tontería que en una noche de tormenta y bajo esas condiciones climatológicas, pretendieran creer que se podía dormir estando así.
Ambos sabían desde hacía un buen rato que estaban despiertos; pero fue Margarita la que sintiéndose culpable y hasta un tanto prepotente por haberse apoderado del lugar más confortable, se atrevió a romper el hielo.
-Fernando…-

-Ehhh…-

-¿Estás dormido ya?-

-No sé Margarita…-

-¿Cómo que no sabes?, ¿Qué no tienes frío?-

-No.-

-¿De verdad?, Yo me estoy congelando, por eso no puedo dormir.-

-Pues no, y la verdad es que ya no sé si estoy dormido, porque tengo tanto frío, que ya no siento ni las piernas, ni las manos, ni los pies, ni nada…-
Margarita no se esperaba esa respuesta que a Fernando le salió del alma, seguida de una estruendosa carcajada que también desató la risa de ella y trajo también como consecuencia que aún en la penumbra no se quedara con las ganas de lanzarle una almohada, sin importar si lograba o no dar en el blanco.
La risa, aunque a deshoras de la madrugada, había sido el bálsamo perfecto para disolver por completo la tensión y el enojo que desde la discusión de la tarde quedó flotando como un fantasma entre ellos, y fue Margarita la que como un gesto de buena voluntad, lo invitó a compartir el extremo opuesto de la enorme cama en lo que amanecía otra vez.
Le recriminó todavía en tono de broma que si en lugar de un excelente médico, Fernando fuera un hombre de campo, seguramente, a esas alturas la chimenea estaría encendida desde varias horas atrás y ninguno de los dos estaría padeciendo frío, casi al extremo de la hipotermia.
A Fernando también le divirtió tanto el comentario, que ni siquiera hizo el intento por replicar y defenderse, se concentró mejor en levantar del suelo lo más rápido posible, el simulacro de cama improvisada que hizo con las mantas y la única almohada; todo con la intención de pasar el resto de la madrugada en un lugar más cálido y confortable.
Margarita se tuvo que incorporar y recorrerse hasta el extremo opuesto de la cama para cederle espacio a Fernando. Mientras él terminaba de extender sus propias mantas encima de las que ella ya tenía colocadas debajo de la sobrecama, la tenue luz de la luna que se colaba a través de los resquicios de la cortina que cubría el ventanal, le permitió visualizar a la perfección y aún en la penumbra la silueta de Fernando.
No estaba desnudo, pero tampoco nunca lo había visto así… Contuvo la respiración, pero no pudo sostenerla por mucho tiempo, luego suspiró mientras agradecía al cielo que Fernando estuviera demasiado concentrado extendiendo una a una las cobijas y demasiado ensimismado en su propio diálogo acerca de lo que era prender o no saber prender una chimenea, porque de no haber estado absorto en todo eso, se habría dado cuenta de la reacción que en ella provocó.
Cuando el colchón del lado que ahora ocupaba Fernando, descendió levemente como señal inequivoca de que él estaba ahí ya recostado, Margarita creyó sentir que aún en la oscuridad, Fernando sería capaz de percibir que la textura de la piel de su rostro se había pigmentado de un inminente color rojo que en un microsegundo también desvaneció la sensación de frío que apenas unos minutos antes la invadía, y le causó gracia pensar que era la primera vez que el estar tan cerca de un hombre, de madrugada y en una cama, no era precisamente lo que le había erizado la piel, tanto como verlo en la penumbra.
Como una niña traviesa se cubrió hasta la cabeza con una de las mantas, reacción que provocó que Fernando (que en ese momento estaba de espalda también a ella, se cambiara en dirección hacia ella, para averiguar que estaba pasando).
La verdad es que el frío se había desvanecido desde hacía un buen rato, y por lo mismo, Margarita no pudo permanecer tanto tiempo debajo de las sábanas. Cuando emergió al exterior, Fernando estaba mirándola con la cabeza apoyada sobre su brazo y que a su vez, recargaba sobre la almohada, y aunque la visibilidad era poco profunda, no fue difícil adivinar que, aunque desconcertado por su reacción, le sonreía mientras esperaba por parte de ella alguna explicación.
Fue muy curioso para ella, pero no sintió pena de confesarle con toda sinceridad que era la primera vez que iba a pasar la noche con un hombre al lado, y lo que le causaba gracia era que por fin entendía la clase de pensamientos de los que su madre hablaba debía evitar a toda costa, y por los que si estuviera ahí, con toda seguridad, a la mañana siguiente, la habría mandado directo a la iglesia a confesarse.
Fernando le agradeció la sinceridad con la que le habia hablado y aunque le aseguró que para él también era una “tentación muy grande” estar a tan escasa distancia de una chica tan linda como ella, le dio su palabra de que sería un caballero. Promesa que tal vez inconscientemente selló con un leve roce de uno de sus dedos, y que con una dulzura que la derritió, hizo deslizar muy lentamente por la curvatura existente entre la frente y la nariz de ella.
Margarita creyó en él, y de pronto pensó en que todo lo malo que ahora sabía de él, había sido una pesadilla…
Se sintió confundida, pero al mismo tiempo tan vulnerable, no sabía que hacer; quería darle las gracias, porque al envolverla él entre las mantas y sus propios brazos para resguardarla del frío, tanta ternura la dejó desarmada por completo, y al mismo tiempo era la primera vez que sentía tan segura y protegida.
Una vez más el silencio se interpuso entre ellos, pero esta vez era diferente… Ambos tenían los ojos cerrados, pero parecía que en medio de la oscuridad se percibían uno al otro; y fue en el lapso entre que el cansancio daba paso a la irrealidad y la inconsciencia, que Fernando le pidió perdón a Margarita por no haber sabido abrirle por completo su vida y su corazón.
Ella lo escuchaba, y tuvo que apretar con gran fuerza los párpados, para evitar que lágrimas salieran de sus ojos cuando Fernando le dijo que estaba dispuesto a dejarla libre y hablar con sus padres para cancelar el compromiso de matrimonio que tenían, si ella no estaba del todo segura de querer unir su vida para siempre a la de él. Recapitulando un poco la discusión que tuvieron por la tarde, le dijo que respecto a la pregunta que entre ellos se quedó inconclusa, había algo muy importante de lo que él necesitaba hablarle.
Pero Margarita tuvo miedo… Aquel instante entre ellos era tan especial y tan perfecto, que no le importó nada y con un beso cálido, suave y lleno de ternura más que de pasión, le hizo saber que no era el momento… La madrugada aún era larga para ellos y por lo pronto, en ese presente inmediato, ella necesitaba con todo su corazón, creer en él…
Continuará….
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