Espejismo de Un Sueño.

Vista de El Paso, Tx. desde El Puente Santa Fe.

Brenda salió con cautela de casa de su abuela, y aunque le hubiera gustado darle un beso de despedida a su pequeña hija de 2 años, al final desistió de hacerlo (porque aparte de que la niña se habría quedado llorando), quizá ella también como madre, se hubiera arrepentido y ya no se hubiera podido ir.
Era poco después de las 4 de la tarde cuando salió con rumbo a la tienda de la esquina; lugar por el que forzosamente pasaba el camión. Llevaba únicamente una mochila con unos cuantos cambios de ropa, una botella de agua, algunos documentos de identificación; unos pocos dólares que había alcanzado a ahorrar; además de un bebé de 5 ó 6 meses, resguardado en el vientre.
Cuando tomó el transporte que iba con rumbo a la zona centro, para luego de ahí tomar otro que la llevara hasta el borde del río en el poniente de la ciudad; Brenda pensó en que llevaba ya varias semanas planeando todo eso, y aunque cuando su primera hija nació pudo cruzar “al otro lado” sin ningún problema, ahora las cosas eran diferentes… Los de “la migra” estaban “más perros” que antes, y eran muchas las historias que se contaban sobre las atrocidades que cometían con la gente que en su intento de pasarse “de mojado” lograban atrapar.
Sí, estaba nerviosa, pero nada podría salir mal… Ya una vez lo había hecho, logró que su hija naciera “de lado americano” y con eso quizá le garantizaría un mejor futuro… Brenda se había pasado sin papeles ya varias veces, y aunque en una de esas la agarraron y le quitaron el pasaporte, además de haberla “fichado” para que nunca más pudiera legalizar su estatus ni como residente ni como extranjera, (bajo la amenaza de que si volvía a intentarlo le darían trato de delincuente y pasaría varios años en prisión); la verdad era que había corrido con muchísima suerte, porque eso era poco comparado con la suerte de “Nico”, un chavo de su colonia, del que ella había sabido siendo muy niña.
Nico se fue un día también en busca del sueño americano, y algo le pasó, nunca volvió, a sus padres sólo les entregaron los tenis que llevaba puestos el día que se marchó (uno de ellos extrañamente sin cinta); y luego de unos meses, su cuerpo completo, en un estado tan avanzado de descomposición, que ni siquiera pudieron velarlo como “Dios manda”… Todo parecía indicar que se ahogó en su intento por cruzar el Río Bravo, hacia el lado americano, en la época cuando este todavía tenía agua.

El extinto Río Bravo, al fondo “El Puente Negro” y el puente que alberga “La Línea Express”.
Brenda no quería pensar en eso…. Pero no pudo evitarlo… Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y la hizo enderezarse del asiento verde de la ruta en que viajaba en ese momento.
Se acarició el vientre, mientras volteaba hacia el exterior de la ventana, para que la gente que viajaba con ella no pudiera notar que tenía los ojos húmedos; y mientras adentro del camión la gente se seguía amontonando de pie en el estrecho pasillo y se sentía incómoda bajo el insolente calor y el excesivo ruido de la estación grupera que en ese momento emanaba del estéreo encendido por el propio chofer del transporte colectivo, Brenda estaba como ausente, pensaba en que ella no quería hacer eso, pero en el fondo no le quedaba otra opción.

En Juárez no tenía ningún tipo de futuro… Hacía poco tiempo la crisis había provocado que la despidieran de su empleo, el padre de su bebé, aunque estaba con ella, no la apoyaba mucho que digamos, él tenía también negada la entrada a Estados Unidos por tráfico de drogas y se rumoraba que en la actualidad, los ingresos que obtenía a través de la administración de un “car wash”, no eran muy legales que digamos…
Al parecer Brenda tenía la suerte jodida, pues por si todo esto fuera poco, el embarazo se le estaba complicando, el bebé no tenía suficiente líquido amniótico y el tratamiento para que pudiera llegar a buen término, (aunque estuviera afiliada al Seguro Social), era algo que en ese centro de salud no le hubieran podido dar… Lo más lógico hubiera sido optar por atención médica particular, pero para alguien sin empleo ni pensarlo…. Eso era un lujo, algo a lo que sólo “la gente con recursos” podría aspirar.
Por eso decidió salir esa tarde, adelantar esa decisión lo antes posible, pues de otra forma su bebé “no se lograría”… Se sentía nerviosa, pero respiró profundo, se secó las lágrimas antes de que alguien pudiera verla, y cuando bajó en la terminal de camiones del centro, quiso creer que “Dios la ayudaría”, para poder pasarse y llegar hasta la casa de su tía que vivía en el west Side de El Paso, Tx. y ya era “residente”.

El plan era establecerse ahí con ella, conseguir un trabajo “de lo que fuera” mientras recibía al mismo tiempo una mejor atención médica hasta que naciera su segundo hijo, y luego de unos meses, cuando ya tuviera una buena cantidad ahorrada, mandar por su niña para poder estar todos juntos otra vez.
Sí, todo iba a salir bien; se persignó cuando cruzó junto a un gran número de personas por la parte del río donde no había agua. La mayoría de la gente viajaba en las mismas condiciones que ella, con la diferencia de que algunos venían de mucho más lejos: gente de Zacatecas, un par de guatemaltecos; una familia entera de veracruzanos que por falta de trabajo, había vendido todas sus cosas, para poder pagar el viaje hasta la frontera con la idea de cruzar… Cada uno de ellos apostando todo lo que alguna vez tuvieron (y lo que no también), a cambio de realizar el sueño de lograr una vida mejor.
Para ser los primeros días de mayo, el sol en el desierto era ya demasiado imponente, traspasaba cada poro de la piel, a pesar de que esta estuviera cubierta por blusas o camisas de manga larga.
El panorama en la línea divisoria al parecer era tranquilo, y mientras Brenda caminaba en silencio detrás de la familia de zacatecanos, pensaba en que ojalá las cosas salieran bien, que tuviera tanta suerte como su tío Lorenzo, quien a diario iba de Estados Unidos a México y por las mañanas de regreso, y en casi 16 años, nunca un agente de la migra lo vio o lo molestó; al parecer porque cruzaba por una zona donde casi no había vigilancia… Era él quien le había sugerido que se arriesgara a “pasarse sin papeles”, aunque el secreto del lugar por el que él cruzaba nunca salió de su boca a la luz.
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Esa fue la última vez que Brenda fue vista… Varios días transcurrieron sin saber nada de ella, pero para su familia el silencio no fue nada raro, si tomaban en cuenta que al marcharse llevaba muy poco dinero y al cruzar para el otro lado, no podría hacer mucho hasta que empezara a trabajar.
Su abuela todos los días la encomendaba a San Judas Tadeo; aunque despertaba y dormía con la zozobra, confiaba en que sus plegarias de la mañana tarde y noche serían escuchadas y su nieta libraría todo aquello y por eso siempre procuraba mantener encendida una veladora sobre el pequeño altar.
Pero las madres ni las abuelas se equivocan, un sexto sentido les hace saber siempre cuando algo no está bien con alguno de sus hijos… La abuela de Brenda sabía que algo pasaba y el corazón le dio un vuelco el día en que la tía que vivía en El Paso, Tx. llamó para preguntar ¿cuándo llegaba su sobrina?…
Como era de esperarse, cuando todos se enteraron de que Brenda jamás llegó a su destino, todos se alarmaron… Muchas interrogantes comenzaron a darles vuelta, si no había llegado, ¿dónde podía estar ahora?, ¿cómo le había ido?, ¿había logrado cruzar o no? ¿qué estaba pasando?...

Peor que no saber nada de ella, era que tampoco existía un lugar a dónde poder ir a buscarla… Fueron muchos días de incertidumbre, sin saber ninguna noticia de ella; y mientras varios familiares intentaron llevarse a la niña más grande de Brenda para cuidarla; con 2 añitos cumplidos, la niña tuvo la convicción que a veces un adulto no tiene para negarse a hacer algo con lo que no está de acuerdo; y así hacerles saber que ella se quedaría en casa de la abuela, para esperar a que regresara por ella su mamá.
Luego de varios días, en casa de la tía de El Paso, Tx. sonó el teléfono… Ella no estaba, pero en la máquina contestadora una voz clara y que intentaba denotar tranquilidad comenzó a grabar un mensaje…
“Hola tía, soy Brenda… Hablo nada más para avisar que me agarraron los de la migra… Ya había logrado pasar, pero en cuanto cruzamos nos empezaron a perseguir y como yo no podía correr, fui de las primeras que atraparon.

Me trajeron a Chaparral y nos han tenido desde hace 10 días encerrados, pero me han tratado bien, cada dos horas viene un doctor a inyectarme y me dice que mi bebé por lo pronto está bien… No sé que vaya a pasar, si me van a deportar o si me dejarán aquí…

Me tengo que ir… y perdón porque no les pude avisar antes, pero hasta ahorita conseguí que me prestaran el teléfono; por favor, avísele a mi abuela todo lo que ha pasado, pero dígale que no se preocupe, dele un beso a mi chaparra y dígale que no la abandoné, pronto mandaré por ella… Ojalá pueda conocer a su hermanito… No se preocupen por mi… Yo estoy… estoy bien”…
La llamada terminó, la línea quedó en silencio y en el aparato telefónico una luz de color rojo comenzó a prender y apagar intermitente como un verdadero indicio de que el aparato albergaba un mensaje…
Ya no tenía miedo, pero los días y las noches se le iban lentos dándole vueltas y vueltas a los mismos pensamientos… Sus ilusiones tal vez se cayeron de la mochila y se perdieron en el desierto el mismo día en que la migra la atrapó y en su lugar le dieron un uniforme esterilizado con el matiz de la incertidumbre…
La tranquilidad en la voz de Brenda, no había sido algo fingido, ella de verdad estaba bien, una vez más había tenido mucha suerte, pero por más que la trataran “bien”, el lugar en donde estaba, no dejaba de ser una prisión…
Más allá del sueño americano que para ella se volvió un espejismo, en un recóndito rincón de una celda enclavada en el desierto, la historia de Brenda era sólo una… Nada rosa, nada fantasiosa, sólo nada impredecible, y con una gran dosis de realismo, al igual que la de tantos ilegales más.
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