"Remembranzas Fantasmagóricas" (En Chiquito)

Margarita corrió lo más rápido que pudo, y a pesar de que el factor sorpresa y la velocidad con la que la adrenalina impregnó por completo la sangre de sus piernas le permitió ganar cierta ventaja, era esa misma adrenalina la que le hacía sentir que esos hombres a caballo iban pisándole los pasos y en cualquier momento le darían alcance.

El bosque puede ser peligroso, (y más de noche para alguien que no lo conoce); pero bajo esas circunstancias, Margarita era en lo último que pensaba, ya que su único objetivo era escapar para salvar su vida y aún en medio de su apresurada carrera, esquivando casi por instinto el tan estrecho espacio libre entre los enormes troncos de los pinos; eso no le impedía voltear de cuando en cuando para cerciorarse de que ninguno de esos hombres estaba a escasos centímetros de ella y a punto de atraparla.


Mirar hacia atrás fue el error más grande que el miedo le llevó a cometer, pues fue en una milésima de segundo que por prestar más atención a quienes le perseguían que al camino que tenía delante de sí, que Margarita, por descuido y medio de la oscuridad, se golpeó la cara con la gruesa rama de un árbol que se encontraba muy abajo.

El impacto propició que perdiera el equilibrio y fuera a caer en una especie de agujero que se encontraba al pie de un antiguo roble que tal como si fuera una “criatura” con vida propia, había extendido sus raíces más allá de la superficie que abarcaba su imponente tronco.

Ella quiso incorporarse de inmediato, pero la gran cantidad de agua que cayó durante gran parte de la madrugada, hizo que dentro de aquella cavidad, (a pesar de no ser tan profunda), la maleza y la tierra (que por la humedad se encontraba demasiado suelta), convirtieran en una tarea difícil el poder salir de ahí.

Los hombres a caballo, llegaron hasta esa zona, y la rodearon por completo, entonces, Margarita no tuvo más remedio que envolverse en su propio cuerpo dentro de aquel agujero y tratar de permanecer lo más quieta posible, aunque sentía que los latidos tan acelerados de su corazón y su respiración tan agitada, aún en medio de la oscuridad serían perceptibles en medio de tanto silencio para aquellos hombres.

El miedo la había dominado por completo, y sentía que si en medio de la espesura del bosque y lo oscuro de la madrugada no lograban descubrirla, la escasa distancia entre ese pedazo de tierra en la que se había resguardado y las patas de alguno de esos caballos terminaría por provocar una tragedia…

Nunca supo si fue mucho o poco el tiempo en que los hombres de Anselmo permanecieron dándo vueltas a su alrededor en un intento por encontrarla.

De repente los sentía muy cerca, pero también escuchaba en forma distorsionada el sonido de sus voces; el frío, el miedo, y tanta oscuridad hizo que perdiera el sentido y lo último coherente que recordó fue haber alzado la vista al cielo, para desde la poca claridad de la luna llena que se colaba entre las copas de los árboles y pinos más altos, percibir como una hoja de otoño en forma de trébol empezó a descender muy lento, para venir a caer justo encima de su rostro.

La humedad de la hoja sería quizá el sutil detalle que revelaría la ubicación exacta de su escondite, a pesar de lo negro y espeso de la noche…



Ya no supo si los hombres se fueron, o sus sentidos se bloquearon para desconectarse de todo lo que pasaría si finalmente había sido descubierta… Lo único cierto era que sus ojos seguían fijos en el cielo, y atestiguaron como miles de hojas similares a esa primera (que se había adherido a su rostro), empezaron a caer de pronto con la misma lentitud y ocupando por completo el espacio libre entre el cielo y la tierra.

No pudo evitar sonreír, porque esa visión le trajo recuerdos muy gratos de su época de infancia, cuando siendo apenas una niña de 6 años, presenció un espectáculo similar. Estando recostada bajo la sombra de un frondoso árbol que se encontraba en la parte más alejada de la huerta, en el rancho que sus abuelos paternos tenían, muy cerca de Santa Bárbara, Chihuahua.

Ella cerró los ojos para refugiarse por completo en ese recuerdo… Y entonces sucedió algo mágico, pues cuando abrió los ojos, el tiempo había retrocedido…. Era otra vez la primavera de 1896, y Margarita era de nuevo aquella niña de 6 años que durante la época del año en que sus padres la llevaban a vacacionar hasta ese lugar, ella podía pasar horas enteras en ese lugar.

Antonio, su padre, era quien le había enseñado como montarse hasta la parte más alta de las ramas de aquel antiguo roble. Aunque ella no sabía bien a ciencia cierta cuántos años tenía cuando eso sucedió, era muy curioso que recordaba a la perfección la primera vez en que había estado ahí.

Era una tarde calurosa, cuando ella y su padre llegaron hasta ese sitio, en una ocasión en que Margarita lo acompañó a dar un paseo por el campo a caballo y al pasar por ahí, viendo la oportunidad perfecta para disfrutar de algo mágico juntos, Antonio decidió que se detuvieran por un rato en ese lugar, donde luego de subir juntos hasta la parte alta del árbol, sentados ambos en una de las ramas, él le contó una historia fascinante sobre ese viejo roble que se decía cobraba vida cada cierto tiempo, pero sólo ante los ojos de alguien muy especial.

Margarita, con su voz de niña y su mirada transparente le preguntó aquella tarde a su padre ¿si él lo había visto moverse? y Antonio, con una gran sonrisa le respondió que se lo diría si le prometía guardarle el secreto para siempre, y tras sellar el pacto uniendo ambos sus dedos meñiques, su padre le contó que aunque la leyenda rumoraba que hacía más de mil años el antiguo roble jamás se había movido de su sitio; en una ocasión, cuando él tenía exactamente 6 años, lo había visto caminando desde lejos.

Antonio se llenó de ternura cuando vio reflejado el asombro en el rostro de su pequeña hija, justo al instante en el que le compartió que era probable, que como ahora ella era una niña de 6 años (la misma edad que él tenía cuando presenció aquel suceso mágico), no era nada descabellado ni descartable pensar que algún día a ella también le pudiera suceder.

Desde esa ocasión, la parte más alta del roble se volvió en el lugar favorito de ambos. Pasaron incontables veces ahí jugando a tratar de adivinar de que colores se pintaría el cielo durante los atardeceres, o tirados en el suelo “panza arriba” buscándole juntos la forma a las nubes.

Fue en ese lugar que Margarita aprendió a distinguir las constelaciones, su padre le enseñó la ubicación de cada una de ellas, pero lo más importante para ella fue que él era el único que entendía a la perfección y creía al igual que ella en que a la par de ese mundo en el que vivían, existía todo un universo mágico; y fue a través de ese tiempo que compartieron juntos que ella, a pesar de que creció, nunca dejó de creer en las señales, en la magia de los sueños, pero sobre todo, jamás dejó de pedir un deseo cada vez que en el cielo aparecía una estrella fugaz.

Durante la etapa de vacaciones, en la que por algo su padre no podía acompañarla a ella y a su madre hasta el rancho de los abuelos, Margarita siguió frecuentando ese sitio. Primero porque en el fondo siempre albergó la esperanza de que el árbol se moviera ante su presencia; y después porque en el fondo ella había desarrollado una teoría y esta consistía en que era muy probable que el viejo roble tuviera alma, y ella estaba segura que algún día se revelaría ante ella.

Su padre apoyó esa idea, y le sugirió que por qué no intentaba, durante los largos períodos en que permanecían ahí, llevar una especie de registro sobre la ubicación exacta del árbol.

Tal como si se tratara de una misión súper importante para ambos, en una ocasión, Antonio tomó estrictas notas sobre la dimensión del tronco, calculó distancias y luego de unos días, le regaló a Margarita una libreta y varios lápices de colores para que ella los utilizara como mejor le pareciera para llevar una especie de bitácora, que les permitiera saber si el árbol se había movido o no de lugar.


El tiempo pasó, y aunque Margarita nunca pudo atestiguar ningún instante en el que el espíritu del árbol se hiciera visible; la suma de todas las tardes que pasó ahí, fomentaron -gracias a la genialidad de su padre- su verdadera vocación; pues fue al pie de ese antiguo árbol que Margarita comenzó a desarrollar la facilidad por el dibujo y la escritura, y uno de sus primeros diarios albergó una especie de cuento con ilustraciones muy rudimentarias sobre un viejo roble encantado.

El árbol jamás le reveló sus secretos, pero le dió algo mucho más valioso… Una tarde en soledad, viendo caerse las hojas, descubrió en la parte trasera del tronco una especie de cavidad que luego se convirtió en el escondite perfecto para guardar el cofre de madera donde ella mantuvo a salvo por mucho tiempo sus más preciados “tesoros”... objetos extraños que fue acumulando con el paso del tiempo: Una moneda antigua que su abuelo le regaló y era muy especial porque según sus propias palabras, a él también se la había regalado el padre de su padre, quien la extrajo del tesoro de un barco pirata.

Tenía también el botón de la chaqueta de un mago que se encontró un día (tirado en la feria); un pedazo de tela que su abuela le había confesado era el trozo de una capa invisible; así como los boletos de color brillante y los programas de cada una de las galas de ópera a las que sus padres asistían de vez en vez.

Pero sin duda alguna, lo que más valor adquirió con el paso del tiempo fue su primer cuaderno con anotaciones y los trozos de periódico que ella extraía de los diarios que leía su padre, con aquellas notas que hablaban sobre un invento maravilloso que proyectaba imágenes en movimiento.


Margarita ya era una niña especial desde entonces… Su padre contribuyó en mucho a fomentar su creatividad, pero ese espíritu libre que poseía, ya era parte de ella quizá desde mucho antes de nacer.

Cuando cumplió 10 años, decidió dejar guardado para siempre en el interior del árbol su caja con tesoros, y a pesar de que su niñez estaba comenzando a quedar atrás, para dar paso a su adolescencia; las visitas prolongadas al roble durante la época de vacaciones siguieron siendo parte de su vida y ese lugar se convirtió en el refugio perfecto para escapar de tanta disciplina por parte de su madre.

Ya no era Antonio quien le contaba historias increíbles, ahora lo hacían todos esos libros que formaban parte de la biblioteca de su padre y que desde ese lugar ahora la acompañaban con sus historias mágicas de increíble encanto que descubrió leyendo sentada a la sombra del gigantesco árbol.

A pesar de que se metió en diversas ocasiones en serios problemas con su madre por regresar a casa tan tarde y con la ropa sucia, Margarita no dejó nunca de acudir a ese sitio que se había convertido en su pequeño santuario, en el que entre otras cosas también procuraba permanecer pendiente y al cuidado de los nidos y pichones de gorrión que cada primavera nacían ahí…

No supo porque, pero de pronto recordó todo eso… Era como si en ese instante pudiera haber sido capaz de ver gran parte de su vida como si ella misma estuviera atestiguando a través de un cinetoscopio, la proyección de sus primeros años….

Se encontró de frente con ella misma cuando tenía 6 años… Maggie de ese entonces, le sonrió a la mujer que en el presente era y empezó a alejarse como invitándola a que la siguiera…

Margarita accedió, pero ambas se alejaron demasiado de ese lugar en el huerto donde se ubicaba el roble, para luego pasar a un extraño lugar, que en el fondo le parecía conocido… Eran los pasillos de El Museo, pero ahora se veía diferente…


La pequeña Maggie atravesó uno de los corredores y se metió por una puerta… Margarita la siguió y entonces encontró muchos de sus vestidos, todos dispuestos como en una exhibición.

Ella no entendía nada, se quedó un momento ahí contemplando eso, palpando con sus manos la textura de la tela de uno de sus vestidos favoritos como tratando de entender que pasaba… Y mientras un extraño sentimiento de nostalgia comenzaba a apoderrse de ella, entonces la distrajo la risa espontánea de la pequeña niña que había sido cuando tenía 6 años, quien la invitaba a seguir jugando a perseguirla.

Margarita, supo entonces que si lo hacía, lograría entender todo aquello. Entonces la siguió, pero en el pasillo la perdió de vista y frente a ella se encontró con una puerta que se abría y se cerraba en forma violenta y durante el lapso de tiempo que permanecía de par en par, la imagen que se revelaba desde el interior era la de sus padres, discutiendo en una noche de tormenta, en la que su Antonio le reclamaba a su esposa, exasperado y como nunca antes recordaba ella haberlo visto, por el castigo tan severo que le había aplicado a la pequeña Maggie, tan sólo por no haber regresado a tiempo para el rosario de las 7.

Sintió el mismo dolor en la espalda, provocado por la paliza que su madre le aplicó como medida “correctiva” en esa ocasión -y que por cierto ya ni siquiera recordaba- pero le dolió mucho más escuchar que Doña Águeda, en un arrebato iracundo, le gritó a su esposo que estaba harta de él y de su vida, que nunca debió haberse casado con él, porque no lo amaba y por ende, Margarita no debía haber nacido nunca….

Margarita no quiso escuchar más, comenzó a alejarse y de pronto sintió una enorme ansiedad por encontrar de nuevo a la pequeña Maggie… Comenzó a correr desesperada por el pasillo, abriendo y cerrando puertas, donde se encontró con diferentes etapas y personas que por alguna circunstancia se cruzaron en su vida, pero no quería hablar ni ver a ninguno de ellos…

Su deseo era simplemente encontrarse con ella misma de niña, para rescatarse a si misma y salir de ese lugar para volver a la huerta junto al roble… Pues en ese momento, su madre, Anselmo, Verónica y hasta Fernando se dieron cuenta de que ella estaba ahí y se dirigieron hacia ella hablándole todos al mismo tiempo…

Ella quería hacerles caso, pero no podía con todo a la vez, entonces no tuvo otra opción más que alejarse lo más rápido posible y tratar de buscar un sitio dentro de esa edificación donde refugiarse y fue en el instante en que pensó eso, se topó de frente con una puerta de color blanco que permanecía cerrada frente a ella.


Sin dudarlo decidió entrar, y ya estando del otro lado, y tras haber girado la manivela para cerrarla, se encontró por fin con la pequeña Maggie, quien acurrucada sobre un rincón lloraba llena de miedo.


Margarita no pudo soportar eso, y la primer reacción que tuvo fue correr y abrazarla.

La niña no se resistió y se aferró a ella rodeándola con sus brazos por el cuello.


Con toda la ternura y la paciencia del mundo, Margarita se permitió convertirse en refugio. Cerró los ojos, pero mientras correspondía a su abrazo y le desenredaba los cabellos le susurró al oído en un tono muy dulce que lo malo pronto pasaría y también le prometió que todo iba a estar bien.


Le dijo que mientras la tuviera a ella, nada malo iba a sucederle, y que ella se encargaría de cuidarla para siempre…


El reloj marcó las 6 de la mañana, los primeros rayos de un nuevo día comenzaron a colarse por los resquicios de las ventanas y las puertas… Entonces, la imagen de aquella dama joven, abrazada a una pequeña niña comenzó a difuminarse sin dar oportunidad a delimitar la línea entre los sueños, el pasado, el presente, el futuro o la mezcla de todo esto, en un punto indeterminado de la irrealidad…


Continuará…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s