Remembranzas Fantasmagóricas (Capítulo XXV).

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…Era alrededor de las 3 de la tarde cuando la vio por primera vez… Él era un simple pescador, que como todos los días se encontraba trabajando para ganarse el sustento del día; en una jornada más como tantas otras hasta que ella apareció.
La vio pasar y quedó impresionado, pues jamás en su vida había visto una mujer tan hermosa. Era elegante y con ese porte que tenían las señoritas “finas”, hijas de familia acaudalada; pero también a simple vista se podía percibir que ella era diferente, pues a diferencia de ese tipo de mujeres, ella no era arrogante y la sencillez de los bordados sobre la tela de lino que conformaba su vestido, sin él ser un hombre muy “entendido” de esas cosas, le hizo darse cuenta de que se trataba de alguien con clase, pero que al mismo tiempo no hace alarde de ello.
Néstor era un hombre simple que jamás pensaba en el futuro ni pensaba en el destino. Él vivía de modo simple el día a día, porque así fue como lo aprendió. No era mexicano, tenía tan sólo 27 años y una larga historia detrás de él. Como tanta gente, llegó hasta el Puerto de Veracruz apenas unos meses antes, sin ningún tipo de equipaje más que unas cuantas prendas, y sin nada más en los bolsillos que sus ganas de trabajar.
El único hogar que conoció, estuvo un día en República Dominicana; pero al morir su madre, cuando él tan sólo tenía 8 años no fue para nada fácil; puesto que aunque unos tíos lejanos se hicieron cargo de él, la vida en una casa que no era la suya fue un verdadero infierno y fue cuando Néstor decidió a partir de entonces cuidar de si mismo.
Así fue como se convirtió en hombre, y llegó hasta Veracruz, luego de varios años de viajar por diversos países; en los que se ganó la vida trabajando de todo lo que se pudiera y alimentándose muchas veces de lo que la gente en los caminos le regalaba o él obtenía a cambio de su trabajo. Cuando se marcho de su natal Bonao; era muy flaquito y bajo, pero esa falta de peso y estatura se compensaba con la inteligencia que tenía a pesar de sólo saber leer y hacer cuentas. La vida no le permitió nunca más volver a la escuela, pero al convertirse en hombre él pensaba que sabía exactamente todo lo que un adulto debe de saber…
Pero esa era la historia contada de otros días ya gastados. En el presente, algo que nunca había sentido le estremeció el corazón e hizo que se quedara pasmado con el trozo de red que tenía entre las manos y con el que ayudaba a los pescadores del puerto a llevar hasta la orilla el banco de peces que el mar les regaló tan generosamente por haber permanecido entre sus aguas desde antes de rayar el sol.
La dama se alejó de ahí, sin ni siquiera darse cuenta que él fue acompañándola con la mirada… Había llegado procedente de España, a bordo del Ypiranga… El mismo barco que dos años antes llevó a un general al exilio y a ella, la alejó de una tierra y de un país donde pensó un día que lo perdió todo.
Intrigado por verla otra vez y saber un poco más de ella; al terminar su jornada y ya cuando estaba cayendo la tarde: Néstor se dirigió hacia la zona de la ciudad donde se encontraban los lugares de alojamiento para las personas que llegaban al puerto, procedentes en barco.
Permaneció durante un buen rato sentado muy cerca de uno de los hoteles en los que era evidente, no se permitía la entrada a alguien como él. Pero aún así, a pesar de eso, algo en su interior le hacía saber que aquella hermosa mujer que él buscaba y tanto lo inquietó  aquella tarde; estaba hospedada ahí… Pero ni siquiera podía acercarse a preguntar, porque además de que sería rechazado, en cuanto cruzara la puerta principal: no tenía ni la menor idea cuál era el nombre de ella.
Después de un par de horas, Néstor comenzó a sentir esa sensación de vaciedad que a veces experimentaba cuando por momentos le pesaba no tener familia, o alguien cercano. La única persona que alguna vez le demostró que le importaba y lo quería, fue su madre; y desde que ella dejó de existir, nunca más alguien volvió a preocuparse por él.
En cierta forma eso lo volvió un hombre duro; de pocas palabras, y a pesar de que por fuera era un muchacho alto y fuerte, por dentro seguía siendo el mismo niño que a los 8 años se quedó completamente solo.
A veces, por las noches, cuando no podía dormir, pensaba en su madre… En que era ella quien lo acompañaba y no permitó que nada malo le sucediera durante todo ese tiempo que llevaba vagando. Néstor no sabía lo que era rezar; pero desde muy pequeño aprendió de su madre que existía Dios, y quizá por eso tenía la convicción de que ella, desde el lugar donde estuviera; algún día intercedería por él para que pudiera tener una esposa y una familia como esas que a veces le gustaba ir a observar los domingos en la plaza o al salir de la misa de la 1 de la tarde.
Néstor se sentaba al borde de la fuente en pleno atrio de la iglesia, o en alguna banca del parque, y desde ahí se podía quedar horas y horas mirando a los niños jugando con sus padres… Alguna vez le tocó estar cerca de alguno de ellos y regresarle algún balón o encaminarlo para que volviera con sus padres; recibiendo a cambio una hermosa sonrisa; y sin haber vivido nunca algo parecido a eso; algo dentro de él le decía que eso debía ser lo más valioso para cualquier persona: su familia.
En cuanto la vista del edificio de alojamiento que tenía frente a él comenzó a tornarse borrosa por las lágrimas que le produjeron esos pensamientos; Néstor se secó con la manga de su camisa de manta, y decidió que era tiempo de irse ya, antes de que la tristeza llegara y lo envolviera.
Comenzó a andar sobre una de las avenidas principales, y dio vuelta hasta que sus pasos lo llevaron por todo el Malecón; más sin embargo la tristeza no le permitió aquella tarde, disfrutar del color del cielo, justo en ese espacio del día en que parece que se resiste a marcharse y prolonga su estancia un poco más, mientras viste de tonos cálidos al cielo y el mar.
Aquella tarde calurosa de principios de Enero de 1913; una brisa fresca se hizo presente, y fue lo que de pronto propició que Néstor, que hasta entonces había ido caminando con la mirada clavada en el suelo, envuelto en sus propios pensamientos y emociones, de repente mirara de modo inconsciente hacia el frente y entonces su corazón se estremeció…
¡Ahí estaba ella!, la mujer que conoció ese mismo día… En el instante en que se percató de que de verdad era ella, llevaba una especie de libro en una de sus manos, mientras con la otra cargaba una pequeña maleta, al tiempo que caminaba en forma decidida con destino hacia alguna parte.
Ni siquiera lo pensó. Néstor comenzó a seguirla de manera discreta y así fue como llegó junto con ella hasta la estación del tren.
Estando a poca distancia, vio como compró un boleto en la taquilla; y al sacar un billete para pagarlo, él vió a lo lejos como se caía un papel doblado del libro que aquella bella dama llevaba entre sus manos.
Ella no se dio cuenta, porque en ese momento apareció un auto (como los que ya empezaban a verse en las grandes ciudades); que proveniente del alojamiento donde él permaneció mucho tiempo sentado en las afueras; y la mujer se acercó a toda prisa para recibir otro par de maletas un poco más grandes que por orden de ella misma, fueron subidas de inmediato a uno de los vagones del tren que ya había arribado apenas unos pocos minutos atrás…
Néstor no supo en que momento el andén se llenó de gente… De verdad había estado con todos sus sentidos concentrados en aquella joven desconocida que tanto lo intrigaba; y su corazón dio un vuelco cuando la vio subir a uno de los vagones, mientras en ambos costados de los andenes, la gente que llegaba se reencontraba con sus seres queridos en medio de cálidos abrazos.
Una vez más, la sensación de vacío… Casi, casi, como si estuviera perforándole el estómago… Pero a partir de ahí todo sucedió muy rápido… El tren empezó a andar… Era un hecho… ¡Ella se iba!... No sabía quién era, ni hacia donde se marchaba… En cuanto se dio cuenta de eso algo extraño lo ensombreció por dentro, y siguiendo sus impulsos, corrió entre la gente, rescató el pedazo de hoja que unos minutos antes se le cayó muy cerca de la taquilla de boletaje, y corrió con toda la fuerza que fue capaz de imprimir a sus piernas para alcanzar el tren que ya empezaba a alejarse de la estación… Por un momento él pensó que no lo lograría; pero cuando el último vagón de carga comenzó a alejarse del andén, Néstor alcanzó a colgarse de una de las barras del costado, y aunque eso le costó algunos raspones por la forma en que se aferró a aquel pedazo de hierro para no caerse; el esfuerzo valió la pena…
Tres horas después todo quedó en silencio en aquella estación… Los andenes se vaciaron de gente, la oscuridad de la noche se instaló en todos los rincones vacíos; porque el tren se había alejado ya, llevándose consigo a tanta gente, cada una de ellas con un destino y una historia definida… Entre ellas la de una mujer muy bonita que no se sabía bien a ciencia cierta hacía dónde se dirigía o cual era su destino; y la de un muchacho dispuesto a arriesgarse y jugarse todo, con tal de averiguarlo y no perderla…
Continuará…

Remembranzas Fantasmagóricas: Un Sueño en Paralelo…

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Ella era una persona como tantas otras… Se le había permitido estar por tan sólo un día en un tiempo y en una historia diferente… Era 1910, y en aquella ocasión siendo empleada de la casa de modas “Cairén”, tenía como encomienda entregar en la casa de la Familia Alcaraz, la caja con un vestido que Margarita usaría esa misma noche; durante la cena de gala que sus padres ofrecerían en honor del General Porfirio Díaz y su esposa.
Con la caja entre las manos tocó el timbre de la residencia y de inmediato le dieron acceso. Bajo otras circunstancias, el encargo le habría sido recibido ahí mismo en la puerta, pero como toda la gente de esa casa se encontraba inmersa en los preparativos de la fiesta, a ella se le permitió entrar para que entregara justo en manos de quien lo solicitó ese vestido.
Adentro de la residencia, todo era movimiento. Las escaleras, con todo y su barandal de madera fina, se veía resplandeciente; mientras que la gente de la servidumbre iba y venía por todos lados, llevando objetos, limpiando, organizando… Apresurados todos, con los preparativos para esa noche.

Desde ese punto de la casa también era perceptible el gran comedor que ya se encontraba listo con toda la mantelería, los cubiertos y la vajilla con las que “La señora de la casa” ordena se disponga la mesa sólo en las ocasiones especiales… Aquella noche sería una de ellas, pues muy cerca de ese comedor estaba ya El General Díaz…Faltaba todavía más de una hora para que la recepción comenzara, pero a él le gustaba llegar temprano y más si era una cena ofrecida en su honor.

Con su uniforme lleno de condecoraciones observaba con ojos profundos a la gente de servicio, que con esmerada dedicación, cubrían hasta el  rincón más alejado de la casa con flores.

En un rato más regresaría hasta su casa, en la Calle de Cadena, para traer consigo a su esposa Carmelita, quien como era de esperar en toda mujer vanidosa, todavía no estaba lista…

Al mirarlo ahí tan solo, aquella simple empleada, por un instante se vio tentada a dejar de lado la caja, para acercarse a él y preguntarle tantas cosas… Tenía mucha curiosidad de saber si esa tristeza que percibió en algunas de sus fotos captadas en un tiempo futuro que él ni siquiera imaginaba; no era más que la evidente muestra de un presagio reprimido, que anunciaba que sus días en el poder estaban por llegar a su fin…

Pero ella no podía llegar así nada más y cuestionarle… Así que desistió de la idea y tomando con más firmeza la caja entre sus manos, se alejó de ahí, dejando al General Díaz, absorto en sus propios pensamientos.

Hay días en que no se está preparado para afrontar lo que el destino pone en el camino, y en esa tarde-noche en que su encomienda era tan sólo cumplir con una entrega, en su recorrido por uno de los pasillos principales de esa residencia; casi al llegar a la estancia principal, se cruzó con un grupo de varones que pertenecían al famoso Ateneo de la Juventud.

En el enorme reloj de péndulo, las manecillas indicaban que era alrededor de las 6 ó 7 de la tarde; y aquel punto de encuentro hubiera sido fugaz y momentáneo, de no ser porque al cruzar miradas con uno de ellos, algo sucedió…

Él era alto, de ojos oscuros… De piel tersa, bronceada y cabello engomado. Llevaba un traje impecable en color claro; y por la forma en que también la miró fue evidente que aquel instante había sido suficiente para propiciar cosas que con palabras no se pueden explicar.

A propósito se quedó rezagado, y detuvo su camino para preguntarle sin rodeos si aquella noche ella estaría presente en el baile… Y a pesar de que su condición era muy obvia; aquella chica, de donde pudo reunió trocitos de valor, para que la voz no evidenciara sus nervios al responder: “No”.
Como una simple empleada de una prestigiada casa de modas en la que se confeccionaban vestidos y ropa que nada le pedía a los exclusivos diseños de “Le House Off” o a los exquisitos bordados de Charles Frederick Worth; no podía ni siquiera aspirar a tomar parte de una celebración como esa.
Él lo imaginó, y en el fondo sabía de antemano que esa iba a ser su respuesta. Estaba igual de consciente que ella, de que aunque nadie lo hablara, existían diversos estatus y niveles entre las personas… Entonces experimentó tristeza.
Pero su alma era otra cosa; y al anular por completo el sentido común, fue su corazón el que lo impulsó a pedirle que hiciera todo lo posible por regresar esa noche; puesto que aquel también sería el único tiempo que él tendría para estar allí.
Ella leyó en sus ojos la verdad… Sabía que era cierto que él venía de lejos y tan sólo podía disponer de las últimas horas antes de que acabara aquel día; y tener esa certeza fue el detonante para un sentimiento de desesperación inmensa.
No quiso volver a mirarlo de frente, porque estaba segura que si hacía eso sería mucho más difícil negarse, así que más por escaparse de él, que por la premura con que debía cumplir con su trabajo; se alejó a toda prisa en un intento por escapar de algo que si permanecía por más tiempo allí, ya no podría.
Así fue como se alejó, llevándose tan sólo como recuerdo, la esencia de su fragancia… Mientras él se quedó de pie observándola, ella intentaba escabullirse a pasos apresurados que la alejaron de inmediato, para llevarla a entrar con gran rapidez, en una sala de te y fumar que era separada de aquel lugar tan sólo por una puerta corrediza ornamentada en caoba fina.  Se había llegado el tiempo por fin para entregar el vestido.
Tal como si ya la estuvieran esperando, una mujer que parecía ser parte del personal de confianza de la familia, fue quien le recibió la caja con el encargo. Sin ninguna pregunta o tan siquiera mirarla, se limitó a tomar la caja con el vestido y lo primero que hizo fue extraerlo para cerciorarse por si misma que era exacto lo que “la niña Margarita” había ordenado.
Al extraerlo del frágil empaque de cartón y desplegar la tela frente a sus ojos, la mujer de servicio quedó maravillada no sólo con la belleza del diseño, sino también con el trabajo tan minucioso y artesanal del bordado.
Sin dirigirle siquiera la palabra, la mujer sacó de uno de los bolsos de su delantal una pequeña propina representada en un billete de denominación muy baja, que ella tomó como la señal de que el encargo era exactamente lo que se solicitó y su trabajo llegó hasta ahí.
La chica se encaminó directo hacia la salida y al abrir la puerta comprobó que el apuesto joven seguía esperándola afuera.
Fue suficiente mirar desde lejos su sonrisa para entenderlo todo… Ella volvió para encontrarse con él en el mismo punto donde lo había dejado y tal vez fue la cercanía, tal vez fue que ambos sabían que el tiempo era muy poco y se les escapaba a los dos de entre las manos; porque algo pasó en ese instante y al pretender despedirse, él la retuvo, no la dejó ir al sujetarla por uno de sus brazos, hasta que el límite de la cercanía se diluyó para dar paso al beso más dulce y sincero que alguien podría haber plasmado en los labios de otra persona a la que a pesar de saber que se está a punto de perder, no se quiere dejar.
Después de casi un siglo de distancia, era hermoso para los dos volver a experimentar lo que se siente cuando se ama con todo el corazón a otra persona; en una noche en que las promesas se sellan con una extraña mezcla de apasionada desesperación y ternura…
Ella estaba dispuesta a volver… No sabía como, pero lo intentaría… En ese instante se despertó, y cien años transcurrieron de golpe… La madrugada de ese sueño en paralelo se le escurrió de pronto entre las manos, dejándole en el alma una extraña sensación de nostalgia y confusión…
Nunca supo quien era, si era real o no existía; pero de dos cosas si estaba segura: La primera fue que podría ser capaz de reconocerlo entre montones de personas… Mientras que la otra, y a pesar de ser demasiado incierta era que tenía toda la intención de cumplir con su promesa y quizá algún día, en otro tiempo, en otro sueño, regresar a esa misma noche de 100 años atrás, tan sólo para volverlo a ver otra vez.

Capítulo XXIV – El Viaje de ida y regreso en el “Ypiranga”.

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Audio Introducción Capítulo XXIV.


 

El Viaje de Ida y Regreso En El “Ypiranga”.

Viernes 2 de Junio, 1911
(a bordo del Ypiranga)
Salí a caminar un rato sobre la cubierta del barco. Apenas llevamos un par de días en altamar y ya me he enfadado de tanto encierro. Aún no sé bien a ciencia cierta ¿qué haré al llegar a París?; supongo que lo primero será buscar un trabajo y un espacio donde vivir…

No debería estar pensando en este momento en eso, pues faltan todavía algunos días para llegar a tierra firme; más no puedo evitarlo, porque a pesar que fui yo misma quien tomó la decisión de abandonar mi propio país, eso no me quita la sensación de que me dirijo hacia una tierra desconocida con las manos vacías.
Porfirio Díaz, (hijo).

Sé que no me hace bien tener ese tipo de pensamientos; pues bastante tengo ya con el dolor de haber perdido a mis padres y a quien fue el gran amor de mi vida… Anoche no pude dormir muy bien, pero tampoco quería pasar otra tarde encerrada y llorando… No, ya no puedo permitirme eso; por mucho que me cueste, tengo que intentar sobreponerme y por eso opté por salir un rato del camarote.


Al parecer no soy yo la única a quien le asfixia tanto encierro o la superficialidad de los grandes salones con que cuenta este barco; pues a pocos metros de distancia he reconocido al General Díaz que viaja al lado de su esposa, sus dos hermanas; su hijo Porfirio con su familia y hasta dos de sus empleadas de servicio.

No estoy muy segura… pero creo que sus nombres son Juana y Nicanora… Me acuerdo de eso, porque creo que ellas fueron quienes nos atendieron en una de esas fastuosas comidas en las que me tocó estar cuando Fernando y yo fuimos invitados a ver alguna de las proyecciones del cinematógrafo que tenían lugar en El Castillo de Chapultepec. 


Que diferencia entre esos tiempos y este presente… Pensé en acercarme y saludarlos, pero creo que no ha sido buena idea. El General no sé ve muy bien que digamos, parece que la afección bucal que lo aqueja desde que salimos de México lo tiene incómodo… La verdad es que da tristeza pensar en que ese hombre al que hace apenas 2 años atrás yo vi portando con gallardía su uniforme militar lleno de condecoraciones durante la cena de gala con El Presidente Taft; aunque es un anciano alto y recio, de mirada dura y ademanes enérgicos, hoy no es ni una sombra de lo que fue entonces…

Al parecer mañana Sábado estaremos arribando a La Habana, Cuba.

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Miércoles 7 de Junio, 1911.
(7 días en altamar)

Esta mañana, nos hemos enterado durante el desayuno que Francisco I. Madero entró victorioso a la ciudad de México, y apenas unas cuantas horas antes, un terremoto sacudió a la capital de nuestro país.

La noticia llegó a través de un cablegrama que el capitán del barco hizo circular en el gran comedor del barco… Tal vez ese estremecimiento de la tierra, desde lo más profundo de las entrañas del país; sea en cierto modo un presagio… Espero que no sea nada negativo, pues México ya ha tenido suficiente dolor y derramamiento de sangre… ¿Hasta cuándo terminará todo esto?

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Sábado 10 de Junio, 1911.
(10 Días a bordo) 
Después de poco más de una semana de travesía, no hay mucho por contar. Creo que lo  más interesante que podría decir hoy es que El General Díaz concedió a bordo, una entrevista a un enviado especial del Cosmopolitan Magazine de Nueva York. La charla tuvo lugar en el salón de señoras del barco; y para poder hacerla, el reportero se valió de un intérprete (ya que él no hablaba español); pero lo más relevante no es eso; sino el hecho de que desde que inició esta travesía; el Capitán del Ypiranga, sus oficiales, y hasta el último de los fregoneros que forman parte de la tripulación, han tenido para El General Díaz consideraciones dignas de un jefe de estado… Es impresionante ver, como a pesar de que él ya no es Presidente; la gente se desvive en atenciones hacia su persona, como si aún ejerciera el poder…. Ahora compruebo que la fama y el respeto que Díaz se ganó como jefe de las fuerzas supremas, trascendió los límites de nuestro país.
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Sábado 17 de Junio, 1911.
(desde Vigo, España)
Seguimos en medio de esta travesía que se ha visto interrumpida momentáneamente por nuestro arribo a Vigo, España. 

Eran las 6:00 de la mañana cuando nuestro barco entró en la ría por la boca Norte y fondeó en ese lugar un poco más de media hora después.

No sé si era por la hora o por el poco ánimo que El General tenía, pero era como una especie de secreto a voces que él de ningún modo iba a abandonar el barco; así que a bordo de la lancha América, cedida por la Casa Mülder, se desplazó hasta donde nosotros permanecimos anclados, El Sr. Balbino Dávalos, (ministro de México en Portugal).

Él venía acompañado por su esposa; el Sr. Dauden, (cónsul de México en la ciudad), además de un periodista del periódico FARO, cuya intención era entrevistar al General.

Hace apenas un par de días, durante uno de mis paseos por la cubierta, pude por fin coincidir con El General Díaz y su familia y me detuve a saludarlos. El General se sintió muy consternado cuando se enteró de lo que pasó con mi familia y con Fernando. 

Fue muy dulce y gentil de su parte que me ofreciera pasar una temporada con ellos al llegar a París; y yo no pude más que agradecerle el gesto y sus palabras de condolencia; porque lo sentí sincero… La verdad yo no tenía mucho ánimo de hablar sobre el tema, y al parecer Doña Carmelita, su esposa, se dio cuenta de eso, pues con gran tino, logró desviar la conversación para compartirme que el malestar bucal que aquejaba a su marido desde que salimos de México, se ha agravado a tal extremo, que es ya del conocimiento de la mayor parte de la tripulación y pasajeros que como yo viajamos en este barco.

Por suerte en ese momento llegó también José María Gómez de La Torre, el Director del Banco Santander, quien luego de saludar a todos los ahí reunidos, le hizo saber al General Díaz que a bordo del Ypiranga, podía disponer de un crédito abierto de un millón, quinientos mil francos por orden del Banco de Londres… No cabe duda, a pesar de haber tenido que exiliarse voluntariamente, El General sigue siendo un hombre respetado más allá de la poder que ejerció en la silla presidencial.
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Domingo 18 de Junio, 1911.
Coruña, España.
Después de 17 días, hemos llegado a La Coruña España. Hace apenas unos cuantos días atrás yo comentaba sobre todo el respeto y las consideraciones que inspira la figura de Porfirio Díaz; pero hoy fue muy impresionante conocer la otra cara de la moneda; y comprobar que así como existe gente que lo aprecia y lo respeta, hay otras, que al igual que el pueblo que lo condenó al exilio. lo cataloga como un tirano.

En esta primer escala de nuestro viaje, fue recibido por un grupo de manifestantes sindicales y en un suplemento llamado “La Voz del Obrero” se aseguraba que El General Díaz y Ramón Corral (quien fuera vicepresidente durante el mandato de Dn. Porfirio); literalmente desvalijaron a México.

Se rumora que el primero tiene 30 millones de pesos en oro; mientras que el segundo un cantidad tampoco nada despreciable… Además de que ahí se afirmaba que Díaz era tan cruel, que a la gente que en varias ocasiones intentó sublevarse contra su régimen, y por cuestiones del destino caían como prisioneros en sus manos, estando en el encierro, él mandaba inyectarles el virus de la tuberculosis…
La verdad yo no sé que tan cierto sea eso y me parece bastante grotesco… No coincide para nada con la imagen del hombre caballeroso y gallardo que yo conocí en los diversos eventos sociales en que coincidimos y aunque lo del saqueo de las arcas de México puede que quizá si sea cierto; creo que ni todo el dinero del mundo podría compensar la humillación de tener que salir como un ladrón de tu propio país…

Esa publicación hizo una comparación entre Díaz y Abdul Hamid, un tirano de Turquía que acostumbraba arrojar a sus súbditos atados con grilletes;  y al final de su dictadura terminó recluido y demente en su propio palacio…

La verdad me parece un poco exagerada la comparación… Pues si bien es cierto que El General Díaz cometió muchos errores durante su gestión, ahora que lo veo enfermo y hasta un tanto desvalido, me parece tan irónico que los aspectos positivos de su gobierno hayan sido prácticamente anulados por sus errores…

En fin… Es cierto que yo nunca estuve de acuerdo con muchas de las cosas que pasaron mientras él era presidente; y ahora tan sólo me ha tocado ser testigo de todo lo que ha sucedido con él durante esta travesía…. La verdad es que yo no soy nadie para juzgarlo; y tengo que reconocer que los negocios de mi padre, prosperaron de modo considerable durante su gestión… Eso me hace sentir a veces culpable; porque mientras yo lo tuve todo, hubo personas que morían de hambre…. 

Una vez más, no me hace ningún bien tener ese tipo de pensamientos… Fue muy desagradable el incidente con los manifestantes, pero por suerte hemos zarpado ya y nuestro viaje continúa.
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Martes 20 de Junio, 1911.

Después de 20 días en altamar, hemos llegado por fin al puerto Francés de Havre. 
El buque alemán en que viajamos, tocó puerto a las cuatro de la tarde y me llamó la atención que desde antes de tocar tierra, para nosotros ya era visible una bandera mexicana que de pronto apareció en la lejanía.

Tal como lo supuse, ese gesto de bienvenida no podía provenir más que de un grupo de amigos mexicanos de la familia Díaz,  que residen desde hace ya tiempo en Francia y entre quienes se encuentran Federico Gamboa (que en otro tiempo fue embajador de México en España);  Fernando González y Manuel Escandón -por mencionar ahora sólo algunos de los que recuerdo-.

El ambiente a nuestro alrededor era muy extraño… No sé como explicarlo, era como una mezcla de extraña alegría por haber llegado por fin a tierra firme después de tantos días de viaje, Mientras que por otro lado, la lluvia persistente que no nos abandonó durante todo el tiempo que duró ese proceso de desembarque; hacía todavía más nostálgica la bienvenida a tierras extrañas de un dictador caído en el exilio… 

Siento una tristeza infinita que me oprime el pecho, mientras estoy aquí junto al resto de los pasajeros que ansiosos ya han comenzado a apretujarse contra la barandilla en lo que el Ypiranga se va acomodando en el muelle para detenerse, con toda la intención de bajar lo más rápido posible… 

Estoy tan lejos del lugar que un día fue mi casa… Ahora ya no tengo nada y debo buscar en esta tierra desconocida, una manera de volver a empezar…
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Continuará….
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Fotos: Martha Mendoza | Archivo Casazola
Bibliografía: 
-”Porfirio Díaz -El Destierro”
Enrique Krauze – Fausto Zerón-Medina
Editorial Clio.
-”La Toma de Cd. Juárez, Una Historia en Imágenes”
Mayo de 1911

Ignacio Solares – Víctor Orozco

Remembranzas Fantasmagóricas (Capítulo XXII) – “El Diario de Margarita”.

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Fotos: Martha Mendoza / MUREF / Archivo Casasola.
Cuando las sombras de la madrugada volvieron a apoderarse de las instalaciones del Museo; en medio de toda esa penumbra; un diario personal que descansaba extendido sobre una vitrina cercana a la ventana de aquel antiguo edificio; comenzó de pronto a pasar de una en una sus páginas.
No existía ninguna explicación lógica que justificara el avance entre las hojas… Afuera no hacia viento, y los muros de aquella edificación eran tan altos, que no cabía tampoco la posibilidad de que una ráfaga repentina, o alguna corriente de aire que se hubiera quedado resguardada entre los muros; hubiera propiciado como consecuencia eso.
Era evidente, que la forma como el diario comenzó a hojearse solo, iba mucho más allá de todo eso, porque era como si algo o alguien estuviera husmeando entre las páginas para leer entre líneas, la historia de la persona que en otro tiempo escribió todo lo que pensaba y sentía ahí.
Cuando la primer página se desplazó con lentitud hacia el lado izquierdo para apilarse junto a todo el legajo de papel encuadernado; en ese instante las manecillas del reloj se detuvieron y el tiempo retrocedió nuevamente 100 años atrás… Era Enero de 1914 en el barrio parisino de Monmatre… Era también de madrugada, y mientras Margarita tenía un sueño bastante intranquilo en el interior de su departamento; encima de un escritorio (contiguo también a una ventana), el mismo diario personal que se quedó entreabierto; comenzó a pasar también de una en una sus hojas.

Encima de la superficie de madera había un tintero y algunas hojas sueltas… Algunas con escritos recientes y otras que habían sido redactadas algunos años atrás… Las letras, bajo esas circunstancias eran como una paradoja, o un elemento efímero… Eran también como una estación de paso o un túnel por donde físicamente se transita en dirección hacia el pasado o al futuro; cualquiera de las dos opciones donde la mente y el alma estuvieran ancladas; y en este caso concreto -para quienes todavía somos mortales- aquel diario personal, hojeándose como si tuviera vida propia, fue el pasaporte de acceso para viajar en el tiempo y a través de sus páginas, conocer en esa madrugada algunos de los momentos que Margarita vivió en el pasado.

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Nota: Hacer doble click en cada una de las hojas para desplegarlas más grandes.
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En ese instante Margarita despertó de un sobresalto… y era evidente que a pesar de que ya había pasado mucho tiempo, nunca logró sobreponerse a la muerte de Fernando y superar el hecho de que su vida ya nunca más volvió a ser la misma sin él.

Aquella madrugada y todavía con la ropa empapada por la febril angustia de sus pesadillas; se levantó de la cama, para luego quedarse en medio de la penumbra un buen rato, intentando recuperar el aliento y la calma con el sereno de la noche que comenzó a introducirse a través de la ventana entreabierta.

Una vez que su respiración volvió a normalizarse; encendió la lámpara de su escritorio y se quedó durante un buen rato observando su diario y el montón de hojas que hablaban de su historia.

De antemano sabía que le sería muy difícil volver a conciliar el sueño; así que en su afán por entretenerse un poco, decidió poner un poco de orden en su escritorio. Apiló las hojas sueltas y cerró el diario que durante gran parte de la madrugada permaneció abierto; pero al cerrar la pasta trasera del libro encuadernado, encontró un hoja maltrecha y sucia que casi olvidó que hacía ya algún tiempo ella misma decidió guardar ahí.

Sus manos aún no terminaban de desdoblarla por completo, pero el nudo que se hizo en su garganta le hizo saber ya lo que contenía, pues aquel papel maltratado por el paso del tiempo, no era otra cosa que la carta que mucho tiempo atrás escribió Verónica para ella; y aunque llegó a sus manos a destiempo, una vez que la leyó; si la intención de su amiga en ese entonces fue abrirle los ojos; lo único que consiguió fue lastimarla de un modo que ya nunca más fue reversible.

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Antes de terminar las últimas líneas, su visión se había empañado ya con el peso de las lágrimas. A pesar de que era ya demasiado el tiempo transcurrido entre que esa carta fue escrita y luego de tantos contratiempos pudo llegar hasta sus manos, a Margarita le seguían doliendo en el alma cada una de las palabras que su mejor amiga le escribió.
Nunca pudo definir que era peor: Si el silencio por parte de ella, o la falta de honestidad de Fernando… Por desgracia la vida ya nunca le permitió volver a hablar con ninguno de ellos; y todas esas dudas que quedaron en su cabeza, en otras tantas noches como esa, le quitaron horas a su sueño.
Pero Margarita también estaba ya cansada de todo eso; su alma se desgastó con los años en algo que ya no estaba en sus manos resolver…. Aquella madrugada algo pasó, que en su interior, a pesar de tener la certeza de que su pasado no podía borrarse; se dio cuenta también de que no podía volver a permitir que eso siguiera afectando lo que era su vida en el presente…
Cada persona tenía su historia y su propia versión de las cosas. La de ella, estaba plasmada en cada una de las hojas de ese diario, así que dispuesta a tomar el control de sus emociones, echó un vistazo a la foto y el reloj de Fernando, y con un suspiro, que pareció más bien un impulso para estimular su valor; tomó el  encendedor que en ocasiones utilizaba para encender velas y guardaba adentro del cajón principal de su escritorio; para luego proceder a encender el papel de aquella vieja carta por una de los extremos.
Ante sus ojos el papel se fue consumiendo poco a poco; y con esa imagen de ella frente a la ventana viendo esparcirse las cenizas de lo que en otro tiempo fue la prueba materializada de las palabras de su amiga; la noche se hizo día; las sombras fantasmagóricas se diluyeron con la claridad del alba y en el Museo un nuevo día llegó otra vez.
Continuará…
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Bibliografía:
- Pancho Villa, La Construcción del Mito
Miguel Ángel Berúmen
Ed. Cuadro Por Cuadro

- Infancia y Revolución Mexicana
Carreño King
Ed. Suma mexicana, Conaculta, 2010.

"Remembranzas Fantasmagóricas" (Capítulo XVII).

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El estruendo de un rayo, hizo que Margarita reaccionara y volviera hasta aquel punto que no supo definir de inmediato si era una pesadilla o era la realidad.
Apenas un instante atrás se visualizó abrazando a aquella pequeña niña que en el pasado había sido ella misma; y todavía desde ahí, sintiendo el calor de su propio abrazo y aferrada con sus manos a ese ser tan pequeño que había sido y sobre el cual refugiaba su esperanza recargada en el largo ondulante de sus cabellos, al abrir los ojos, por un instante, Margarita visualizó montones y montones de gotas de lluvia que caían una tras otra de entre los árboles y pinos, que al hacer contacto con su rostro en forma intermitente, calaban igual o más que el frío de la noche.
Cuando el sonido del rayo se dejó escuchar, y unos segundos después de que el efecto de la luz que convierte a la madrugada en día se desvaneció (volviendo a dejar a aquel bosque sumido en la más profunda oscuridad), Margarita comenzó a escuchar a lo lejos que alguien la llamaba por su nombre… La voz retumbaba como un eco lento y muy lejano.
Ella quería responder, pero su propia voz se había apagado por completo… Por otro lado, algo o alguien ahora la sostenía; y aunque en un principio pensó que era ella misma quien intentaba proteger a esa niña que en el recorrido por los pasillos y muros de un lugar en el que nunca había estado, encontró asustada y llorando; luego se dio cuenta que la realidad era otra y ni siquiera pudo protegerla; pues en ese punto, no sentía ya ninguna parte de su cuerpo, y sólo los pequeños cristales que caían sobre su rostro la sensibilizaron en aquella madrugada en que la temperatura había descendido tanto, al grado de convertir la lluvia en pequeños trozos de hielo.
Fernando era quien la llamaba por su nombre, y después de tantas horas bajo la lluvia, lo último que ella recordaba era que al abrir los ojos él estaba a su lado y era quien en realidad la sostenía. Perdió la noción del tiempo y tampoco supo porque razón no podía levantarse por ella misma, por la altura de La Sierra sobre el nivel del mar, la gélida lluvia se había convertido en “agua-nieve” y como consecuencia de haber pasado tantas horas a la intemperie, oculta en esa especie de agujero al pie de un inmenso árbol y en medio de una zona boscosa, propició que comenzara a presentar todos los síntomas de hipotermia.
A la mañana siguiente despertó en una habitación de una pequeña clínica rural, Fernando estaba a su lado, y aunque no sabía a ciencia cierta ¿qué había pasado? poco a poco fue asimilando todo. Cuando recobró la conciencia, se enteró de que el mismo día que ella salió de la Cd. de México, su prometido, en sus inmensas ganas de no permanecer separado de ella tanto tiempo; hizo todos los arreglos necesarios y logró negociar con un compañero para que le intercambiara algunos días, en los que él se haría responsable de sus obligaciones como médico residente y así Fernando pudiera volver a reunirse de nuevo con Margarita, y al tomar el tren esa misma madrugada hizo que llegara a la ciudad de Chihuahua con una diferencia de pocas horas.
En cuanto llegó a la estación y justo cuando Fernando se dirigía al rancho de los abuelos de Margarita, alguien que lo conocía le avisó del incidente que había pasado con las vías del tren la noche que su prometida llegó y del ofrecimiento que le habían hecho para continuar su viaje en carretera… Para Fernando, esa noticia de inmediato lo puso en alerta, y sin importar que la temperatura descendiera de manera considerable durante la madrugada en la zona boscosa de La Sierra de Chihuahua, no lo pensó dos veces en arriesgarse a tratar de averiguar junto a un grupo de amigos muy cercanos (y que conocían tanto como él la zona), el paradero de su novia.
Esa fue una gran ventaja, y por fortuna tuvieron suerte de que tras varias horas cabalgando, dieron con el carruaje en el que Margarita viajaba. En apariencia todo parecía indicar que había sido un asalto, pero a pesar del desórden que encontraron en los alrededores; nada de valor faltaba, incluso hasta el paquete con las medicinas apareció cerca de la carreta donde también estaban las maletas.
Fernando no quiso ser imprudente con Margarita para pedirle que le contara todo lo que sucedió aquella noche, (luego de que ella recobró el conocimiento), pero había algo extraño en todo eso y que lo desconcertaba tanto como la versión poco creíble que su prometida le dio luego, al afirmar que no recordaba nada en absoluto y que la única razón que ella tenía para justificar un ataque así, era su propia imprudencia por haberse arriesgado a viajar sola de noche y por consecuencia haber dado así pie para ese asalto.
El mal tiempo seguía en La Sierra, y aunque al principio no le pareció conveniente por lo que acababa de pasar, fue por petición de su propia novia, que Fernando accedió a que ella lo acompañara la tarde, antes de regresar a Chihuahua, a visitar algunas rancherías lejanas con la intención de entregar las medicinas que originalmente ella llevaba y también de paso visitar a los pacientes que por alguna razón no tenían acceso a ninguna de las clínicas rurales, por el simple hecho de que se encontraban a varias horas de camino.
Algo raro flotaba en el ambiente… Estaban muy bien juntos, pero eso era sólo en apariencia, pues mientras que Fernando no podía quitarse de la cabeza la idea de que lo sucedido no podía ser un simple asalto, y se sentía desconcertado al intuir que Margarita algo le estaba ocultando; ella por su parte, había decidido quedarse al lado de su prometido; porque en el fondo Alonso logró sembrar en ella la semilla de la duda, y por más que la imagen que ella tenía de su prometido fuera positiva, comenzó a preocuparle que fuera de los lugares y momentos en los que la conviviencia entre ellos se habían dado; en cierta manera Fernando era un desconocido y también un misterio total para ella en lo referente a otros aspectos de su vida.
Ambos tenían la intención de confrontarse… Fernando no quería presionar, mientras que Margarita se sintió todavía más confundida porque no podía creer que un hombre tan ruín como el que Alonso le había descrito pudiera ser al mismo tiempo alguien tan querido en lugares tan alejados, en los que la gente humilde que vivía en condiciones de pobreza extrema, salía a su encuentro para saludarlo con profundo respeto y agradecimiento.
Margarita sabía del espíritu altruista de su prometido, pero nunca se imaginó el lugar tan especial que tenía entre toda esa gente a la que le había curado de una enfermedad o dolencia en apariencia incurable; a la que le había ayudado a traer un hijo al mundo, o simplemente contribuido a que una abuela o patriarca lograra vivir más.
No, esa no era la imagen… ¿Pero y si todo eso no era más que un disfraz tras el cual se ocultaba el hombre del que Alonso hablaba?… Ella estaba enamorada, a punto de casarse, pero por primera vez se dio cuenta de que Alonso tenía mucha razón en algo: el haber tratado a Fernando unos cuantos meses y en circunstancias y ambientes muy específicos no era algo que le permitiera afirmar con seguridad que lo conocía a la perfección.
Poco antes de caer el sol y cuando ya emprendían el camino de regreso, Margarita se fue quedando rezagada en el camino para ir observando a Fernando. Él ya lo había notado, y la sentía extraña desde el lapso en que estuvo atendiendo a la gente en La Sierra. Sabía que durante todo ese tiempo no hizo otra cosa más que estarlo observando; y yendo de regreso hacia Chihuahua, con el pretexto de revisar la montura del caballo de su novia y de paso aprovechar para beber un poco de agua, pidió al pequeño grupo de gente que los acompañaba que se adelantaran y en unos minutos ellos dos los alcanzarían.
Estaban muy cerca de Divisadero. Una vez que Fernando se cercioró de que las correas de la silla estuvieran bien aseguradas, un espacio muy grande de silencio se abrió entre ellos mientras ambos contemplaban la niebla que cubría prácticamente todo el horizonte.
Él intentó abrazarla, pero por la forma como Margarita se le escurrió con el pretexto de sentarse a observar el paisaje desde un punto más lejano, le hizo saber a Fernando que lo que estaba sucediendo entre ellos era mucho más grave de lo que había imaginado.
La verdad no entendía nada, pero tampoco estaba dispuesto a quedarse con la duda, y aunque no sabía ni como abordar el tema, lo único que tuvo a bien hacer fue ir y sentarse junto a ella.
-¿Pasa algo Margarita? ¿Estás bien?-
Eso fue lo primero que le salió del alma preguntar… Margarita no le contestó en el instante (cosa que lo hizo sentirse el más estúpido de los hombres), y todavía, si se podía un poco peor, cuando después de unos breves minutos que para Fernando fueron eternos, ella suspiró y sin apartar la vista del paisaje que tenían delante de ellos, Margarita le respondió lo que en realidad pasaba por su mente.
-No, no pasa nada, pensaba simplemente viendo este paisaje tan hermoso: ¿en qué cosas habrá realmente detrás de toda esa niebla que nos impide ver más allá?… Así debe ser la vida de muchas personas ¿no crees?
Fernando no entendió nada, pero de entrada se dio cuenta que el planteamiento de su novia tenía otro sentido que él no lograba interpretar del todo y eso lo puso tan nervioso que aunque intentó, no supo que decir. Reacción a la que ella correspondió con una irónica sonrisa.
-Creo que no esperabas que te dijera eso ¿Verdad?-

-La verdad no Margarita, y para serte franco no te entiendo… Desde hoy en la mañana que saliste de la clínica has estado muy extraña y sé que algo pasa, pero…-

-Lo que pasa es que me acabo de dar cuenta que no te conozco Fernando, estoy a punto de casarme contigo y no tengo ni la más remota idea ¿de quién demonios eres?-

-¿Cómo que no me conoces?, sabes quién es mi padre, nuestras familias se conocen desde hace muchos años… Sabes que soy médico…-

-¡Por Dios Fernando!, ¡Eso no significa nada!… Nos dejamos de ver durante años y en estos pocos meses en que nos hemos estado tratando he conocido una parte de ti que es maravillosa y siento algo muy especial por ti… Pero ¿por qué nunca hablas de tu pasado? ¿Por qué no me cuentas lo que sueñas?… Te he visto preocupado por tu padre, por tus pacientes, pero nunca te he visto llorar… ¡vaya ni siquiera te he visto enojarte por algo!, ¿quién eres realmente?, ¿qué no te corre sangre por las venas?-

-No es eso Margarita, es sólo que…-

-Por favor no me digas que te conozco, porque eso no es verdad… ¡Es más!, ni siquiera sé si existe alguna parte que yo desconozca de tu vida…-

-Puede ser, hasta ahora yo te he contado todo…-

-¿Me estás confirmando que no has sido honesto conmigo? ¿Tendrías el valor para decírmelo si hubiera algo más?-

-No es eso Maggie, es sólo que…-

-Nada más responde lo que te estoy preguntando Fernando ¿si hubiera algo malo en tu vida y que yo no lo supiera me lo dirías?-

Fernando puso sus manos encima de sus hombros y no pudo sostenerle la mirada… Estaba a punto de darle una respuesta, pero en ese instante una lluvia se desató tan inesperada como intensa, que no dio lugar para que pudiera hacerlo.
Por lo accidentado del terreno en que se ubicaban, lo más importante en ese momento era salir lo más rápido posible de ese lugar, antes de que la tormenta, además de la visibilidad, les impidiera el paso y los dejara atrapados en la parte más alta de la montaña durante varias horas.
Ellos lograron salir y alcanzar al resto del grupo; pero la lluvia, en unos cuantos minutos se había tornado tan fuerte, que no les quedó otra opción más que intentar encontrar un refugio donde resguardarse lo más pronto posible.
Así fue como llegaron hasta una pequeña ranchería enclavada en la parte más alejada de la serranía y que era propiedad de José Gervasio, un muy buen amigo de Fernando, que aunque no era mexicano y había visitado el país en sus primeros años de juventud, se enamoró a tal grado de México (y en especial del estado de Chihuahua), que en la primer oportunidad que tuvo, construyó una casa ahí.
A pesar de que José Gervasio y Fernando casi no se veían, fueron recibidos con gran entusiasmo, casi como si ese gran amigo del doctor, estuviera ahí.
En cuanto se acercaron a las inmediaciones de ese lugar y fueron reconocidos, los padres de José Gervasio no escatimaron en atenciones para la pequeña comitiva que viajaba con Fernando, y se apresuraron a proporcionarles un lugar confortable, mientras el cielo parecía querer caerse a pedazos.
En medio de las premuras y de la intención de que no permanecieran más tiempo del que ya habían pasado expuestos al frío, los padres de José Gervasio, dieron por hecho que Margarita y Fernando ya eran marido y mujer, designándoles así la misma habitación con una sola cama.
Bajo otras circunstancias, aquella situación habría resultado ser un juego peligroso, pero ahora entre ellos las cosas no podían haber estado peor.
La finca estaba ocupada en su totalidad por la familia de José Gervasio y los amigos de Fernando, así que el joven doctor no pudo expresar ningún tipo de argumento que le permitiera, además de aclarar que la relación entre él y Margarita todavía no era la de una pareja unida por el sacramento del matrimonio; desairar al mismo tiempo la hospitalidad de sus anfitriones, al solicitarle los acomodaran en habitaciones separadas.
La verdad no supo que decir, Fernando sólo se limitó a agradecer cuando los padres de José Gervasio le desearon que pasara “buena noche” junto a su “esposa”, mientras se despedían antes de cerrar la puerta.
Desde ese momento, una vez más el silencio se apoderó del ambiente, volviéndolo de nuevo asfixiante y denso.
La lluvia seguía y seguía con la misma intensidad que los sorprendió en Divisadero, y todo parecía indicar que se quedaría instalada por el resto de la noche y la madrugada.
Después de compartir la cena, en una habitación que para otra pareja hubiera representado la posibilidad de un encuentro muy romántico, para ellos dos era como una especie de prisión en la que ambos se sentían incómodos y atrapados.
Margarita permaneció todo el tiempo con la mirada fija en la ventana, viendo como arreciaba la tormenta. Fernando por su parte, desesperado e intranquilo, no tuvo otra opción más que intentar gastarse las horas en el intento de prender la chimenea, pero era tal la humedad que prevalecía en el ambiente, que la madera además de estar mojada e hinchada, era difícil de prenderse con unos fósforos que se desbarataban solos también por el exceso de humedad.
El tiempo transcurrió muy rápido y la oscuridad por fin se apoderó de toda la visibilidad de los alrededores; y por fortuna, el silencio que ya era insportable entre ellos, vino a romperse cuando Margarita, de la nada, de pronto comenzó a estornudar.
Fernando, que ni estando lejos del hospital y fuera de servicio, dejaba de pensar como médico, de inmediato supuso que su prometida, como consecuencia de haber estado tanto tiempo expuesta al frío, había pescado un terrible resfriado.
Ni siquiera dudó. Margarita necesitaba descansar y sin ni siqueira consultarle, fue y tomó de la cama una de las almohadas y una frazada, que ante la mirada perpleja de su prometida, comenzó a extender en un rincón de la habitación, al pie de un armario muy grande y a varios metros de distancia de la cama.
No había mucho que explicar, el lugar más confortable para pasar la noche, como todo buen caballero, se lo cedió a Margarita. Mientras que él (acostumbrado a esas largas correrías por La Sierra y que duraban semanas enteras), consideró que si afuera se acababa el mundo con la tormenta, adentro no sucedería eso y menos si él pasaba una noche durmiendo como otras veces ya lo había hecho en el suelo.
Pero el destino es hábil y con ironía entreteje a su antojo los hilos de la casualidad… En plena zona montañosa, ninguno de los dos pensó en que al llegar la madrugada, tanta humedad impregnaría el ambiente por completo, trayendo como consecuencia, que una vez más la temperatura descendiera varios grados bajo cero.
Cerca de la medianoche, tanto uno como el otro suponía que dormían; pero la realidad era otra. Margarita no dejaba de temblar como consecuencia de haber estado expuesta durante tanto tiempo a la lluvia, y también por el frío extremo que se colaba en cada rincón de esa habitación.
Fernando no se quejaba, pero también tenía congelado hasta el último hueso debajo de la piel, y a pesar de que el incidente ocurrido en Divisadero, los dejó a ambos con una sensación nada agradable de vacío, los dos se dieron cuenta que era una tontería que en una noche de tormenta y bajo esas condiciones climatológicas, pretendieran creer que se podía dormir estando así.
Ambos sabían desde hacía un buen rato que estaban despiertos; pero fue Margarita la que sintiéndose culpable y hasta un tanto prepotente por haberse apoderado del lugar más confortable, se atrevió a romper el hielo.
-Fernando…-

-Ehhh…-

-¿Estás dormido ya?-

-No sé Margarita…-

-¿Cómo que no sabes?, ¿Qué no tienes frío?-

-No.-

-¿De verdad?, Yo me estoy congelando, por eso no puedo dormir.-

-Pues no, y la verdad es que ya no sé si estoy dormido, porque tengo tanto frío, que ya no siento ni las piernas, ni las manos, ni los pies, ni nada…-
Margarita no se esperaba esa respuesta que a Fernando le salió del alma, seguida de una estruendosa carcajada que también desató la risa de ella y trajo también como consecuencia que aún en la penumbra no se quedara con las ganas de lanzarle una almohada, sin importar si lograba o no dar en el blanco.
La risa, aunque a deshoras de la madrugada, había sido el bálsamo perfecto para disolver por completo la tensión y el enojo que desde la discusión de la tarde quedó flotando como un fantasma entre ellos, y fue Margarita la que como un gesto de buena voluntad, lo invitó a compartir el extremo opuesto de la enorme cama en lo que amanecía otra vez.
Le recriminó todavía en tono de broma que si en lugar de un excelente médico, Fernando fuera un hombre de campo, seguramente, a esas alturas la chimenea estaría encendida desde varias horas atrás y ninguno de los dos estaría padeciendo frío, casi al extremo de la hipotermia.
A Fernando también le divirtió tanto el comentario, que ni siquiera hizo el intento por replicar y defenderse, se concentró mejor en levantar del suelo lo más rápido posible, el simulacro de cama improvisada que hizo con las mantas y la única almohada; todo con la intención de pasar el resto de la madrugada en un lugar más cálido y confortable.
Margarita se tuvo que incorporar y recorrerse hasta el extremo opuesto de la cama para cederle espacio a Fernando. Mientras él terminaba de extender sus propias mantas encima de las que ella ya tenía colocadas debajo de la sobrecama, la tenue luz de la luna que se colaba a través de los resquicios de la cortina que cubría el ventanal, le permitió visualizar a la perfección y aún en la penumbra la silueta de Fernando.
No estaba desnudo, pero tampoco nunca lo había visto así… Contuvo la respiración, pero no pudo sostenerla por mucho tiempo, luego suspiró mientras agradecía al cielo que Fernando estuviera demasiado concentrado extendiendo una a una las cobijas y demasiado ensimismado en su propio diálogo acerca de lo que era prender o no saber prender una chimenea, porque de no haber estado absorto en todo eso, se habría dado cuenta de la reacción que en ella provocó.
Cuando el colchón del lado que ahora ocupaba Fernando, descendió levemente como señal inequivoca de que él estaba ahí ya recostado, Margarita creyó sentir que aún en la oscuridad, Fernando sería capaz de percibir que la textura de la piel de su rostro se había pigmentado de un inminente color rojo que en un microsegundo también desvaneció la sensación de frío que apenas unos minutos antes la invadía, y le causó gracia pensar que era la primera vez que el estar tan cerca de un hombre, de madrugada y en una cama, no era precisamente lo que le había erizado la piel, tanto como verlo en la penumbra.
Como una niña traviesa se cubrió hasta la cabeza con una de las mantas, reacción que provocó que Fernando (que en ese momento estaba de espalda también a ella, se cambiara en dirección hacia ella, para averiguar que estaba pasando).
La verdad es que el frío se había desvanecido desde hacía un buen rato, y por lo mismo, Margarita no pudo permanecer tanto tiempo debajo de las sábanas. Cuando emergió al exterior, Fernando estaba mirándola con la cabeza apoyada sobre su brazo y que a su vez, recargaba sobre la almohada, y aunque la visibilidad era poco profunda, no fue difícil adivinar que, aunque desconcertado por su reacción, le sonreía mientras esperaba por parte de ella alguna explicación.
Fue muy curioso para ella, pero no sintió pena de confesarle con toda sinceridad que era la primera vez que iba a pasar la noche con un hombre al lado, y lo que le causaba gracia era que por fin entendía la clase de pensamientos de los que su madre hablaba debía evitar a toda costa, y por los que si estuviera ahí, con toda seguridad, a la mañana siguiente, la habría mandado directo a la iglesia a confesarse.
Fernando le agradeció la sinceridad con la que le habia hablado y aunque le aseguró que para él también era una “tentación muy grande” estar a tan escasa distancia de una chica tan linda como ella, le dio su palabra de que sería un caballero. Promesa que tal vez inconscientemente selló con un leve roce de uno de sus dedos, y que con una dulzura que la derritió, hizo deslizar muy lentamente por la curvatura existente entre la frente y la nariz de ella.
Margarita creyó en él, y de pronto pensó en que todo lo malo que ahora sabía de él, había sido una pesadilla…
Se sintió confundida, pero al mismo tiempo tan vulnerable, no sabía que hacer; quería darle las gracias, porque al envolverla él entre las mantas y sus propios brazos para resguardarla del frío, tanta ternura la dejó desarmada por completo, y al mismo tiempo era la primera vez que sentía tan segura y protegida.
Una vez más el silencio se interpuso entre ellos, pero esta vez era diferente… Ambos tenían los ojos cerrados, pero parecía que en medio de la oscuridad se percibían uno al otro; y fue en el lapso entre que el cansancio daba paso a la irrealidad y la inconsciencia, que Fernando le pidió perdón a Margarita por no haber sabido abrirle por completo su vida y su corazón.
Ella lo escuchaba, y tuvo que apretar con gran fuerza los párpados, para evitar que lágrimas salieran de sus ojos cuando Fernando le dijo que estaba dispuesto a dejarla libre y hablar con sus padres para cancelar el compromiso de matrimonio que tenían, si ella no estaba del todo segura de querer unir su vida para siempre a la de él. Recapitulando un poco la discusión que tuvieron por la tarde, le dijo que respecto a la pregunta que entre ellos se quedó inconclusa, había algo muy importante de lo que él necesitaba hablarle.
Pero Margarita tuvo miedo… Aquel instante entre ellos era tan especial y tan perfecto, que no le importó nada y con un beso cálido, suave y lleno de ternura más que de pasión, le hizo saber que no era el momento… La madrugada aún era larga para ellos y por lo pronto, en ese presente inmediato, ella necesitaba con todo su corazón, creer en él…
Continuará….

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