Trece Años Sin Adriana y Sin Makahui

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De madrugada llovió y lo primero que pensé cuando me despertó el ruido de las gotas golpeando sobre el techo de mi cuarto fue que hace 13 años, unos cuantos días después de que todo había pasado, la lluvia me habló de un cielo triste que lloró exactamente igual que hoy.

Ha pasado tanto tiempo y de una forma tan rápida, muchas cosas cambiaron, pero a pesar de que la vida sigue, ni el tiempo ni la distancia han podido hacer que yo (al igual que muchas otras personas que lo vivieron más de cerca) hayan olvidado el día en que los chavos de “Makahui” y en particular mi compañera de clase Adriana Márquez, partieron ilusionados hacia un viaje del que ni siquiera ellos mismos se imaginaban ya no iban a poder regresar.

Eso fue en 1992, en plena etapa de la prepa, en el CBTIS No. 114. “Makahui” (que en Tarahumara significa “Paloma”) era el grupo de danza folklórica de la escuela, integrado por varios chavos de los distintos semestres (4 de ellos compañeros nuestros de clase), quienes lograron poner muy en alto el nombre de la escuela al obtener el primer lugar en danza a nivel nacional.

No sé porque, pero ahora que lo pienso, algo pasó con todos los que formamos parte de esa generación, porque fue la etapa en la que la escuela creció y cambió para bien (de muchos años atrás ya tenía fama de ser una buena escuela), pero pienso que también tuvo que ver la visión y el compromiso de Adolfo Cardona Muñoz, Director del CBTIS No.114 por esos años y que era un tipo muy honesto y buena onda, con el que podías tener la confianza de acercarte a hablar de cualquier cosa, porque en el fondo era un hombre con la misma mentalidad de un chavo como nosotros.

Estábamos en pleno período de vacaciones cuando todo eso sucedió. Creo que en el lapso de pasar del 4to. al 5to. semestre. Las clases y los exámenes habían terminando apenas unos días antes y en la escuela se comentaba con gusto la noticia que los chavos de Makahui estaban cosechando el resultado de tanto esfuerzo, porque a raíz de ese primer lugar que obtuvieron en danza, comenzaron a llegarles invitaciones de todos lados para ir a presentarse.

Una de esas invitaciones fue precisamente a la ciudad de Antigua Guatemala, los chavos estaban súper contentos y desde varios meses antes de terminar el semestre hicieron actividades para reunir dinero y poder ir hasta allá. Me acuerdo en particular que Adriana nos vendió unos boletos para una rifa que se organizó precisamente para ayudar a costear los gastos de ese viaje, que para finales de semestre dieron como resultado que los chavos ya tuvieran todo listo.

Alfredo, Wilber, Hairy y Adriana eran los chavos que yo conocía de Makahui (porque estaban en el mismo grupo que yo), pero hablando de Adriana en particular podría decir que una chava que si bien no era mi amiga, yo la conocía muy bien porque cursamos los tres años de secundaria en el mismo grupo. Luego, al salir de ahí, el destino nos volvió a reunir en el mismo taller y grupo de la prepa, y aunque como te digo, ella y yo no éramos amigas, la convivencia en la escuela de tanto tiempo hizo que nos conociéramos bastante bien.

Ella era una chava muy bonita, tenía unos ojos preciosos y una sonrisa perfecta, su cabello era oscuro y rizado y aunque no era muy alta, podías darte cuenta que ella era una de esas pocas excepciones en las que la naturaleza pone en una misma persona belleza e inteligencia.

Siempre se destacó por sus buenas calificaciones y no era nada extraño imaginar que en la graduación la primer persona que estaría sería definitivamente ella.

Pero el destino no lo quiso así, puesto que estando en plenas vacaciones nos enteramos de que los chavos de danza, precisamente cuando viajaban rumbo a la ciudad de Guatemala, tuvieron un accidente en la carretera.

Al principio la información era bastante confusa, pero conforme fueron pasando las horas nos dimos cuenta de la gravedad del asunto, porque a parte de que los canales locales interrumpieron su programación habitual, la noticia del accidente salió hasta en los noticieros a nivel nacional y fue muy impactante ver las imágenes de todos los chavos tendidos a la orilla de la carretera y más desesperante aún fue no saber ni quienes eran, porque a toda hora difundían una lista con los nombres de los fallecidos y los sobrevivientes que en ninguno de los medios coincidía.

No recuerdo cuanto tiempo transcurrió a ciencia cierta para saber lo que en realidad sucedió, porque varias fueron las teorías que se manejaron al respecto y que iban desde la que decía que el accidente había sido provocado porque el camión en que viajaban todos los chavos (y que era propiedad de la escuela), se encontraba en muy mal estado. Otros decían que en la carretera de camino a la ciudad de Antigua, había una pendiente muy peligrosa y que la falta de conocimiento de ese terreno provocaron que al intentar descender por esa zona, el camión alcanzara una velocidad más alta de lo normal y el chofer que iba manejando, al no poder maniobrar para controlar el camión, provocó que perdieran el control y el vehículo cayera hacia un barranco de más de 50 mts. de altura.

La mayoría de los chavos del grupo de danza murieron en el accidente, incluyendo al Director de la escuela y su pequeña hija (una niña preciosa como de 5 años) que aprovechando las vacaciones decidieron acompañar a los chavos en el viaje para su presentación.

De mi salón, Hairy, Alfredo y Wilber sobrevivieron (los primeros dos regresaron en avión a Cd. Juárez prácticamente en camilla y todos enyesados), mientras que Wilber, por cosas del destino fue el único de todos los del grupo al que milagrosamente no le sucedió absolutamente nada (a excepción de unos cuantos raspones en las pompas -según nos comentó el mismo semanas después-), y Adriana, que era la que más me preocupaba –porque en ningún momento aparecía en ninguna de las listas- falleció.

Ellos eran mis compañeros de clase, a los que yo conocía, pero también estaban otros chavos que si bien no les hablaba, los conocía de vista porque a diario los veía en la escuela o en la parada del camión que nos llevaba a todos hasta ahí. Tal era el caso de Alejandro Luna, un chavo alto y delgado, con los ojos más hermosos que yo he visto en mi vida y de su novia (que no recuerdo cuál era su nombre).

Los dos hacían una pareja muy linda y se veía que tenían una relación muy sólida, ambos fallecieron también en el accidente y me imagino que sus familiares tomando en cuenta eso, decidieron que ambos fueran sepultados en la misma tumba.

Si la noticia del accidente fue impactante, más aún lo fue el funeral, porque en ese entonces no existía funeraria o lugar con la capacidad para que familiares y amigos velaran a 19 personas al mismo tiempo.

Creo que ese ha sido el cortejo fúnebre más grande que yo he visto en toda mi vida. Me acuerdo que nosotros íbamos con el uniforme de la escuela puesto en el carro de la mamá de una de nuestras compañeras y si volteabas hacia atrás podías ver que la fila de vehículos detrás de las carrozas era inmensa.

Adriana fue la última persona a la que sepultaron y años después en la escuela al igual que en el cementerio donde todos los Makahui descansan se construyó un monumento en honor a todos ellos.

Es extraño, porque aún cuando ha pasado tanto tiempo desde que ellos se fueron, estoy segura que siguen formando parte de la vida de todos y cada uno de los que los conocimos. Yo por ejemplo, el otro día precisamente pensaba en Adriana ¿en cómo sería su vida si ella estuviera viva? y me imaginaba que probablemente sería ya una mujer con una carrera terminada, una relación sólida y estable, con uno o dos hijos o que si estuviera soltera posiblemente estaría estudiando una segunda o tercera maestría y con toda seguridad sería novia de un muchacho muy guapo.

Pero eso son sólo suposiciones mías, la vida quiso que ella abandonara este mundo aún siendo muy joven quizá para enseñarnos (junto a los otros chavos que también fallecieron) el verdadero sentido de vivir con intensidad todo lo que a diario se nos presenta.

Eso fue lo que aprendí yo en 1992. El valor de la vida sobre la muerte, la importancia que tiene el no quedarte nunca con las ganas de hacer algo o de decirle a alguien que lo amas, porque independientemente de cual sea el resultado o su reacción, nunca debes permitirte quedarte con todo eso dentro porque en realidad nunca sabes si tendrás una segunda oportunidad para expresarlo porque nadie tiene la vida comprada.

A 13 años de distancia, sigo pensando en las palabras de un profesor que en pleno funeral nos decía que no había razón para llorar, porque todos ellos sólo se nos habían adelantado en el camino, pero que tarde o temprano los íbamos a volver a reencontrar.

Yo en lo personal pienso que ninguno de ellos está ya en ese lugar donde los despedimos, puesto que eran chavos demasiado valiosos y especiales para que su existencia terminara así como así; y aunque su muerte haya sido algo que hasta ahora mucha gente no se explique y mucho menos entienda (como supongo que ha sucedido hasta ahora con los padres y los hermanos de todos y cada uno de ellos), a mi me gusta pensar en que probablemente ellos ya están en otro nivel… Incluso podrían ser ya otras personas que sin dudarlo están destinadas para volver a ser grandes y aunque tal vez en este espacio y tiempo a nosotros eso ya no nos toque presenciarlo, yo si estoy segura que algún día, no sé cuando, los volveremos a encontrar.

El Alma de Los Árboles

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Había sido un “Día Gris” y yo iba caminando de regreso a casa, apresurada, con la cabeza y el corazón lleno de mil cosas: Problemas, miedo, dudas, incertidumbre… Sentimientos encontrados, supongo que en conflicto interno conmigo misma, y aunque imagino que cada persona podría hablar a su manera acerca de lo que es tener “un mal día”, mi intención al recordar todo lo que tanto física como emocionalmente experimentaba en ese momento tan sólo sirve ahora para ejemplificar como un encuentro tan simple puede sacarte de golpe de ese egoísmo tan realista que te lleva a pensar durante las 24 horas sólo en las cosas que vives a diario, todo cuanto sueñas o anhelas, sin faltar las cosas que te agobian, para encontrarte con algo o con alguien que de pronto te hace ver que en este mundo no sólo existes tú.

Eso fue lo que pasó conmigo, ese día podría habría podido ser demasiado ordinario, a no ser porque de modo inexplicable mi mirada fue a parar justo hacia donde él estaba.

La primera impresión que tuve de él fue que se trataba de un gigante, imponente y majestuoso; pero al mismo tiempo delicado y vulnerable, dos características muy peculiares que se percibían a primera vista cada vez que sus miles y millones de hojas en forma ovalada y de color verde cedían en una especie de danza intermitente conducida por el viento.

Supongo que eso fue lo que provocó que yo lo descubriera, lo que llamó mi atención y por ende, provocó que no pudiera quitarle la vista ya de encima. Al pasar por debajo de él, su sombra de inmediato me envolvió y sus ramas se inclinaron para luego mecerse de un lado a otro en un movimiento tan perfecto que hizo que yo me diera cuenta de que aquello era una especie de saludo y que el árbol –aunque yo no entendiera su lenguaje- me estaba haciendo saber que le daba gusto verme pasar por ahí.

No le di mayor importancia, seguí avanzando y me alejé pensando en que no podía ser posible que un árbol me hablara; pero a pesar de mi estúpida incredulidad inicial, en el instante mismo en que el árbol me saludó y yo fui capaz de entenderlo, traspasé la delgada línea que delimita el universo cotidiano y sus complicaciones de el de “La Madre Naturaleza”, que con su simplicidad es capaz de demostrar que a pesar de que todo mundo viva demasiado ocupado para no tomarla en cuenta, ella es capaz de coexistir en un mundo así.

Fingí que no me interesaba, pero la imagen del árbol, a partir de entonces quedó grabada en mi mente como tinta indeleble y esa noche, al yo cerrar mis ojos a la realidad y abrirlos al mundo de los sueños, me encontré en medio de un valle hermosísimo, en el cual la hierba me cubría hasta un poco más abajo de las rodillas y amortiguaba con un crujir de hojas cada uno de los pasos que yo debía dar cada vez que quería avanzar.

No sabía hacia donde iba, así que dentro del sueño decidí sentarme en medio de la hierba verde para sin pensar en nada disfrutar de la frescura del pasto y del cielo abierto exento por completo de nubes y luz solar.

Ahí me encontré otra vez con el árbol, que al fondo del gran valle danzaba en perfecta armonía con el viento y su saludo esta vez fue mucho más emotivo, porque al hacerlo me mostraba en forma alternada los tonos de sus hojas que por un lado eran de color rojo y por el otro azul.

Azul y rojo… Luego otra vez rojo y azul… Quedé hechizada contemplando esa danza infinita que magistralmente ejecutada a través de un lenguaje silencioso, provocó que mi mente poco a poco se fuera adormeciendo, y, aunque al despertar del sueño para volverme a involucrar en las actividades cotidianas no pude encontrar una explicación o interpretación coherente para todo aquello que en ese espacio inconsciente había visto y experimentado de un modo tan real, por dentro me sentía tranquila e invadida por un inusual estado de paz.

¡Exacto!, ¡Eso era!… No necesité esperar la tarde, para volver a pasar por el lugar donde el árbol siempre estaba, para entender que dentro del sueño lo que él había querido decirme al mostrarme sus hojas de colores era simplemente: “esta noche no pienses en nada, despreocúpate y deja las cosas fluir”.

A partir de ahí, comencé a creer no sólo en su existencia como un ser individual y vivo, nos hicimos grandes amigos y el árbol, todos los días esperaba a que yo pasara para saludarme y comenzó a contarme cosas tan maravillosas y sorprendentes que de no haber sido por él, simplemente alguien tan ordinario como yo nunca hubiese sabido y mucho menos habría llegado a creer.

Me contó por ejemplo que los árboles más felices son los que viven en los bosques o en las reservas naturales en las que jamás ha intervenido la mano del hombre; otro día me habló también de cómo era su familia, de sus primos “Los Pinos” que desde siempre se habían caracterizado por ser arrogantes y con “delirio de grandeza”, que sus hermanas “Las Lilas” por naturaleza eran coquetas y parlanchinas, mientras que dentro de su linaje existían también otras especies que para “celebrar la vida” la madre tierra -durante la mejor época del año- permitía a algunos de ellos revestirse con flores coloridas de aroma agradable o con frutos de exquisito sabor.

Para alguien tan joven como él (tomando en cuenta que apenas tenía 50 años) no era nada fácil entender que para algunos de sus familiares ser un árbol no representaba para nada ser una misión sencilla, pues con profundo pesar me contó que a pesar de que ellos carecían de sentimientos, el alma de los árboles si podía ser afectada hasta llegar a marchitarse con el reflejo o la vibración de la energía negativa o las emociones “mal enfocadas” de nosotros los humanos.

Esa era la razón que daba explicación a la existencia de tantos árboles marchitos y secos, los cuales de modo irremediable estaban condenados a morir por permanecer durante tanto tiempo al lado de personas que sólo vivían “ensimismadas” en su mundo y que por lo regular eran incapaces de percibir si aparte de ellos, existía algo más.

Permanecer para siempre en el mismo lugar que la madre tierra le asignaba a cada uno de ellos era regla universal e inquebrantable para todos los árboles, pero era triste reconocer también que vivir así podía resultar insoportable para cualquier ser vivo y por esa razón muchos árboles enloquecían al grado de llegar a quebrar con sus raíces las banquetas de concreto, en intento desesperado por escapar de ahí y así intentar sobrevivir.

También existía el caso contrario: árboles que al lograr una sincronicidad armónica de su vida con la de los humanos, al cumplir su misión en la tierra y después que la madre naturaleza por ley natural decidía “removerlos físicamente de su espacio”, ellos se aferraban con tal fuerza a la vida, que todavía durante muchos años después de ya no existir físicamente como árbol, sus raíces aparecían misteriosamente en lugares insospechados como adentro de la tasa del inodoro o en medio de los muros de concreto.

Una vez que el árbol me contó todo eso, me sorprendió descubrir que eran verdaderas cada una de sus palabras, sino darme cuenta también de que mi percepción hacia estos seres con el corazón de madera cambió por completo… Y no sé si fue que me volví mucho más observadora porque a todos lados donde iba, y a pesar de que yo aún no supiera descifrar su lenguaje, siempre me encontraba con alguno que me saludaba o danzaba alegremente al unísono del viento mientras yo iba al estadio a correr, pasaba por el parque una tarde de Domingo o esperaba en el patio de la escuela a que transcurrieran los minutos libres que se dan entre cada clase.

Cuando recién descubrí eso, uno de mis pasatiempos favoritos consistió en preguntarle a los árboles acerca de situaciones muy concretas… Sus respuestas siempre eran muy contundentes e incluso provocaba que entre ellos mismos las opiniones se dividieran… y aunque al principio agitaban sus ramas para representar una respuesta afirmativa o negativa, me di cuenta que si mi cuestionamiento se volvía más complejo y tenía que ver con el futuro o una decisión para mi vida y que dependía sólo de mi “Libre Albedrío”, todos ellos, se limitaban a permanecer inmóviles y estáticos.

Darme cuenta de eso me desconcertó tanto, que no pude evitar cuestionar a mi amigo el árbol respecto a eso y con toda la honestidad surgida desde lo más profundo de sus raíces me respondió que la misión de cada uno de ellos no iba más allá de transformar durante cada estación del año las tonalidades de sus hojas e incluso por momentos, llegar a perderlas todas como una eterna señal de que la vida no se detiene y constantemente se renueva; pero en el caso concreto de los árboles que durante siglos y siglos permanecían inmóviles, sin ninguna señal perceptible de vida en sus ramas, era debido a que así como un árbol era una representación tangible del proceso de la vida, la madre naturaleza, elegía a unos cuantos de ellos para demostrar –a quien fuera capaz de verlo- que más allá de un ser inerte y en apariencia sin vida, existía un ser con la capacidad de permanecer durante mucho tiempo buscando adentro de si mismo los elementos que sirvieran para recordarle con exactitud quien era y la misión que tenía en la vida; pero sobre todo para demostrar –en el momento y el tiempo adecuado- que así como ellos, todo ser vivo puede ser capaz de “resguardarse” adentro de si mismo en los tiempos difíciles, para luego resurgir con más fuerza y lleno de flores o de frutos que todavía lo harán crecer más al poner en práctica el sencillo pero difícil arte de compartir lo que uno tiene con los demás.

La respuesta me dejó sin habla y llegados a ese punto, el árbol me dijo que era tiempo de hacerme una revelación:

“Desde hace mucho tiempo yo ya te había visto… Todos los días te veía pasar y te saludaba a pesar de que tu ni siquiera me tomaras en cuenta y siempre tuve la intención de hablarte porque percibí que a pesar de ser tú una persona llena de amor, adentro de tu alma habitaba también una gran tristeza.

Yo no sabía lo que era eso, porque como te lo había dicho, los árboles no tenemos ni necesitamos experimentar sentimientos, pero tu tristeza era tan grande, que al ser yo capaz de percibirla, por fin entendí la leyenda que mi tatarabuelo “El Ahuehuete” contaba acerca de la noche en que junto a él lloró un conquistador español de nombre Hernán Cortés.

Mi tatarabuelo decía que no había que creer nunca ni en el alma ni en el arrepentimiento de los hombres, pero yo he aprendido que así como entre nosotros puede haber hierba mala que al arrancarse da paso a algo nuevo, a los humanos, la madre naturaleza decidió también regirlos a través de ese mismo equilibrio.

Tal vez sea que ustedes y nosotros no somos tan distintos; puesto que en el fondo el ser humano –sin saberlo- también posee esa capacidad para hibernar y buscar en su interior los elementos que lo harán no sólo crecer, sino descubrir quién es realmente y la misión que tiene por cumplir.

Esa es una regla universal que debes tener siempre presente cuando te encuentres con alguno de nosotros, puesto que si como ser humano eres lo suficientemente humilde como para reconocer que no hay supremacía entre especies, en ese instante las ramas de tu espíritu habrán florecido y se fortalecerán todavía más”.

Desde entonces, ha crecido en mi interior un profundo respeto por la madre naturaleza, respeto que me hace saber que tiene mucho de cierto lo que algunas personas dicen acerca de “abrazar a un árbol” para sentirte lleno de energía o de “pedir permiso a la madre tierra” cada vez que por alguna razón tienes que realizar alguna actividad al aire libre o en medio del bosque.

El alma de los árboles por naturaleza es generosa, así que por el simple hecho de haber mostrado respeto y armonía por un espacio que por ley natural a ellos les pertenece, si por alguna razón te pierdes, no debes tener miedo, puesto que la madre naturaleza será benevolente al mostrar de inmediato a través de ellos, el camino de regreso a casa.

Eso es respecto a las leyes universales de coexistencia entre los árboles y nosotros, pero la enseñanza que me quedó a nivel personal fue tan grande que ahora, cada vez que la tristeza amenaza con ensombrecer mis días y mi vida, sin saber porque pienso en la imagen de un árbol con sus ramas y sus hojas dobladas y a punto de romperse por el peso de la nieve en invierno.

Las dudas y la incertidumbre son algo inherente a la naturaleza humana, y así como los árboles soportan toda esa carga, nosotros somos también capaces de soportar en pie el peso de las adversidades -que al igual que a ellos- la vida luego nos otorgará una nueva oportunidad para sacudirnos ese peso conformado por todo lo absurdo e innecesario… Pues sólo en la medida que seamos capaces de adaptarnos y sobrevivir como ellos a las plagas o inclemencias del tiempo, las raíces de nuestra existencia serán más fuertes y profundas.

Mensaje Embotellado

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Llegué mucho antes de que comenzara el día. Le gané al sol y a las aves que en señal de recibimiento desplegan sus alas para planear así su vuelo por todo el espacio libre que queda entre el cielo y el mar; además de que el destino, Dios o las circunstancias “confabularon” a mi favor para que las cosas salieran como yo quería, porque en ese lugar -aparte de mi- no había nadie más.

El mar estaba también todavía “dormido”, me di cuenta de eso cuando me asomé por el borde del muelle tras haber recorrido el amplio pasillo que conformaba el entarimado de madera, y me sorprendió aún más descubrir que así bajo ese tranquilo y aparente estado de “vigilia” el mar no dejaba de mostrar su poderío y fortaleza, al estremecer con su intermitente vaivén cada uno de los postes que sostenían esa falsa extensión de tierra firme sobre el agua.

Me distraje por un instante, cautivada por eso y por el romántico tono grisáceo del cielo que indica que el día aún no ha comenzado bien del todo; así que para ganar tiempo, perfilé mis pasos sobre el camino ya andado y me fui a sentar sobre la arena, que dormitaba y al mismo tiempo permitía que un poco más allá del límite de su conciencia la acariciara la espuma marina.

El momento era perfecto, pero no sería eterno, por lo que me apresuré a descolgarme la mochila que llevaba atada a la espalda, para luego abrirla, buscar y sacar de su interior todo lo que utilizaría en ese lugar.

Hacía frío, porque la piel de mis brazos y de mis piernas cruzadas se erizó, mientras que la botella transparente colocada al lado mío (sin el corcho) se llenó de vaho húmedo que reflejó la ausencia del calor de los rayos solares y le resté importancia otra vez, puesto que toda mi atención debía ser puesta ahora en cada una de las palabras que debía plasmar sobre la hoja de papel color matte que había arrancado y apoyaba en ese momento sobre mi diario, en espera de que las ideas surgidas de mi mente y mi alma se materializaran sobre el.

Como buena “aprendiz de escritora”, mordí la tapa de mi pluma favorita en señal de que como en todos los comienzos la inspiración se rehusa y por eso siempre son “en blanco”; pero luego comencé a recordar todo cuanto había pasado para llegar hasta ese punto, y aunque no sabía todavía a quien dirigir esa carta, comencé por contarle que no obstante que la podía haber llevado ya escrita; si lo hubiera hecho habría perdido gran parte de la magia que yo quería “embotellar” junto al trozo de papel, y por esa razón la espontaneidad de haber decidido redactarla de último momento desde la playa de Long Beach… El lugar donde ví por primera vez el mar.

Sonreí, porque el bloqueo inicial se esfumó, y sin importar a quién le escribía de pronto tuve ganas de contarle “mil cosas”: de la cantidad de meses que esperé para poder realizar ese sueño, de la cantidad de tiempo que invertí buscando entre distintos tipos de botellas, una que yo sintiera que era “especial”… Y aunque en un principio, había elegido una botella de una cerveza “conmemorativa”, elaborada con cristal oscuro, desistí de la idea por temor a que estando ya en las profundidades del océano, un grupo de “ambientalistas” pudiese confundirla con basura flotante, y terminar en una red que en forma abrupa vendría a interrumpir su camino hacia un lugar desconocido y lejano.

Pero los mensajes embotellados siempre conservan un poco de la magia con que fueron redactados sobre tierra firme, así que mientras mi pluma se deslizaba cada vez con mayor facilidad, impregnando al papel de tinta que poco a poco se convertía en letras, comencé también a “soñar despierta” y me imaginé la botella ya en plena travesía, siendo guiada en medio de las olas y a gran velocidad por un grupo de delfines que al nadar cercanos a ella, sin duda provocarían se deslizara con mayor rapidez para a travesar por mares de aguas gélidas y cálidas en busca de un destino final.

Pero el destino, al igual que el mar, también es un universo profundo e infinito, por lo que no fue difícil imaginar la botella, flotando entre aguas turbias por el paso de un enorme trasatlántico, en el que desde la proa o la cubierta, un hombre de mar (llámese marinero, capitán o simple almirante), después de un intenso viaje, la descubriría flotando y sin duda la rescataría, para apoderarse del mensaje contenido en su interior.

Sé que podría haber seguido ahí, imaginando mil cosas, pero la marea que sobrepasó el límite que había tenido desde el principio de mi estancia en esa playa, me indicó que el mar estaba despertando, que el sol ya no tardaba en aparecer, y por ende había llegado el momento de introducir el trozo de papel en la botella, colocarle el corcho y lanzarlo lo más lejos posible para que no existiera ni la menor posibilidad de que el mensaje embotellado pudiese regresar otra vez a tierra firme.

Fue un ritual que me llenó el corazón de esperanza y tras besar el cristal transparente en señal de despedida, caminé con la botella empuñada por el cuello hasta que mis pasos se vieron interrumpidos por el nivel del agua que ya no me permitió llegar más lejos. Desde ahí la lancé con todas mis fuerzas y no me importó experimentar frío mientras mis pies continuaban envueltos por el agua marina que me cubría hasta las rodillas, puesto que permanecí ahí, hasta que la percepción de mis ojos me permitió ver como a medida que la distancia aumentó, la botella pasó a convertirse en un pequeño punto indefinido en medio del imponente y majestuoso color verde del mar.

Suspiré… Porque no lo escribí en el mensaje embotellado que ya viajaba en medio de las olas, pero de todos los posibles finales que imaginé para la historia de este sueño, el que más me gustaría que pasara era aquel en el que si cerraba los ojos, fácilmente podía ver como la botella, después de muchos días y noches flotando, terminaría su viaje incrustada en la arena de una playa lejana, en la que un hombre sencillo, de mirada tierna y transparente la descubriría, para luego de interpretar el mensaje contenido en ella, tomar la determinación de viajar hacia un continente desconocido, tal vez sin saber que a miles de millas náuticas de distancia alguien puede encontrarse con el amor de su vida.

La sola idea provocó que me ruborizara y que mi lengua humedeciera cada extremo de la comisura de mis labios, en un intento similar e inconciente por preservar el sabor que te deja el saber que es la última vez que besas a la persona que amas y que pasará muchísimo tiempo antes de que la vuelvas a ver… Pero ya… Eso significaba creer ya demasiado en las historias con “finales rosas”… y aunque el rumbo que tomaría mi vida -al igual que el del mensaje embotellado- era incierto, me alejé de ahí con una sonrisa dibujada en el rostro, pensando en que no esperaba ya nada, puesto que ese mensaje que viajaría a miles de kilómetros con el propósito de brindarle esperanza a quien quiera que fuese que lo leyera, tal vez en un futuro no muy lejano volvería de nuevo hasta el punto de partida, para demostrarme con ello, que la vida está llena de posibilidades infinitas…

 

P.D: Demasiado “Cursi”, pero todo lo que has leído en este post es algo que está en mi enorme lista de “sueños” y que espero en un futuro no muy lejano poder realizar.

Primera Vez Frente A Un Cuadro De Van Gogh

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Titulo: “Los Girasoles”, 1888
Autor: Vincent Van Gogh
Museo: National Gallery (Londres)
Caracteristicas: Oleo sobre lienzo 93 x 73 cms.
Estilo: Neo-Impresionismo

Lo vi por primera vez hace ya cinco años… Fue un encuentro muy casual que se dio en uno de las tantas salas de un museo, luego de que yo había recorrido ya innumerables pasillos haciendo ruido a cada paso con mis zapatos de goma y tras haber perdido la cuenta acerca de cuántas esculturas -que aún siendo réplicas en pleno proceso de restauración- había visto exhibir sin el menor pudor la fijación que los romanos y griegos desde tiempos inmemoriales tuvieron por la perfección de los cuerpos humanos; así como también, cantidad de pinturas que retrataban a la perfección como era la vida de las mujeres –que no eran tan delgadas como ahora- y quienes vivieron hace ya dos o más centurias atrás.

Como suele suceder con todas las cosas, circunstancias o personas que son importantes o están destinadas a dejar huella en tu vida, el encuentro sucedió sin que yo lo imaginara. Ese día yo no esperaba nada, ni pensaba en nada, tan sólo recuerdo que lo primero que me llamó la atención y por ende provocó que me acercara hasta el lugar en donde él estaba fue el percibir a lo lejos una mezcla de colores reflejados a través de un jarrón lleno con girasoles.

Me hubiera gustado tocarlo, percibir la textura de las pinceladas endurecidas sobre el óleo a través del tiempo, sentir tal vez de un modo más tangible la alegría que visualmente me hizo experimentar la combinación de los tonos tan armónicamente plasmados sobre el lienzo y que a la par de llevarme a imaginar muchísimas cosas acerca de cómo era la persona que pintó el cuadro, para mi representaba una escena mucho más simple y cotidiana.

Todavía no terminaba de asimilar toda esa diversidad de pensamientos y sentimientos generados en mi mente en el instante mismo de estar frente al cuadro, cuando de modo inconsciente mis ojos se posaron en la pequeña etiqueta ubicada al lado derecho del mismo y que además del título de la obra, una breve descripción de la técnica y el año, mi alma se estremeció cuando las letras escritas sobre una de esas líneas me revelaron el nombre de Vincent Van Gogh.

Sería difícil para mi describir la sensación que experimenté en el instante posterior a haber leído eso. Sólo puedo decir, que para una persona ordinaria como yo, que no tiene en lo absoluto ningún conocimiento de arte, ese momento, a la par de experimentar una sensación que sólo puedo describir físicamente como un nudo en la garganta, fue para mi también como si algo muy grande se hubiese develado ante mis ojos.

No sé cuánto tiempo más permanecí ahí contemplando el cuadro, y aún cuando la visita a otras salas del museo se prolongó por un espacio importante de tiempo, mi percepción acerca de otras obras de arte no fue ya la misma, porque fue como si el mismísimo Van Gogh se hubiera encargado de acompañarme por todas y cada una de las salas en donde estuve, se hubiera sentado junto a mi en una de las bancas exteriores o hubiese salido a mi lado en cada una de las fotos que me tomé en el enorme jardín central del museo, todo, para que yo no me olvidara de él jamás.

El tiempo pasó, pero al igual que todos los aromas, los sonidos y los colores nuevos que adquirí a raíz de ese viaje, la imagen de ese cuadro de Van Gogh también permaneció desde entonces indeleble en mis recuerdos, al igual que los cuestionamientos relacionados con la curiosidad natural por saber ¿cuál era el título del cuadro? y ¿en qué momento de su vida lo había pintado Van Gogh?

Ahora, después de 5 años de ese primer encuentro, sé que el cuadro se llama “Los Girasoles” y fue creado durante la epoca en que Van Gogh esperaba la llegada a Arles, Francia de su amigo Paul Gauguin (con el cual pretendía formar una comunidad de artistas y pintores). y para ambientar la famosa “Casa Amarilla” (que era el lugar donde en ese entonces vivía), Vincent pensó en que para decorar las paredes podría realizar bodegones con girasoles provenzales con la intención de que al llegar Gauguin encontrara un lugar confortable; propósito que sí logró a través de una amplia gama de tonalidades amarillas y verdes, en una increíble sensación de alegría y vida, tal y como se encontraba el ánimo del artista en ese momento, y que me sorprende darme cuenta fue el mismo sentimiento que casi 200 años después percibí yo.

El destino podría haber querido que las cosas quedaran hasta ahí, pero hay una anécdota curiosa en la que estando yo, durante el mes de Abril del 2005 en la sala de espera de un hospital aquí en Cd. Juárez, “El Loco de Pelo Rojo” se reveló ante mi otra vez con ese mismo cuadro desde la pared de un consultorio médico cercano al sillón en donde yo estaba, en un reencuentro que me produjo la misma emoción y que a su vez interpreté como buen augurio de que las cosas saldrían bien.. y en realidad así fue.

Me encantaría volver a ese mismo lugar donde lo vi por primera vez, pero sé que tal vez ya no me produciría la misma emoción encontrar ya solamente un cuadro diferente, que es parte de las más de 800 obras que en la actualidad se encuentran “regadas” por todo el mundo y que él realizó a lo largo de 9 años como pintor.

Lo más extraño de todo esto es que a pesar de que sigo también sin saber mucho de arte, muchas cosas cambiaron para mi desde entonces y aunque la verdad no sé si alguna otra vez me tocará coincidir con él nuevamente, lo único que puedo decir al respecto es que sin importar que su vida haya sido tan tormentosa, a raíz de ese primer encuentro con su arte, cada color o pincelada que he visto y reconocido como suya, se ha convertido para mi en sinónimo de alegría y buena suerte que tal vez con el paso de los años seguiré encontrándome en los libros de arte, o mejor aún… me gustaría pensar que en algún museo muy grande al otro lado del océano.

Sea como sea, ¡hasta pronto Van Gogh!, espero algún día volverte a ver.

La Puerta

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Hace ocho meses atrás, alguien cerró en mi cara la puerta que daba acceso al único lugar en el que yo había encontrado todo lo que necesitaba.

Cuando eso sucedió, la sensación de ver que la puerta únicamente podía abrirse por dentro fue muy dolorosa, ya que después de haber estado buscando ese lugar durante tanto tiempo, el saber que no podría volver a entrar fue similar al desconcierto que experimenta un viajero, cuando estando en tierra extranjera y luego de haber permanecido durante muchos días dentro de un hostal cálido y confortable, de pronto y sin la menor conmiseración encuentra sus maletas en la calle y se da cuenta no sólo de que no puede volver al lugar en donde estaba, sino que afuera, las condiciones ni siquiera son propicias para reanudar un nuevo viaje.

El desconcierto y la tristeza que provoca el estar consciente de todo lo que ha quedado atrás de esa puerta hay unos días en que es más fuerte que otros y ha propiciado que a pesar de que sé que no hay manera de abrirla, yo haya permanecido durante varios días y semanas al pie de la misma con la esperanza de volver a verla abrirse.

En los momentos de desesperación -cuando recién sucedió todo- muchas veces toqué con el puño cerrado sobre la madera, llamando con insistencia para que alguien me escuchara y acudiera de inmediato a abrirme, pero jamás obtuve respuesta alguna y en los días, tardes y noches subsecuentes -y no obstante que mi desesperación siguió ahí- poco o nada sucedió… Por el contrario, mi esperanza poco a poco fue mermando hasta convertirse en un quejido introspectivo muy leve, que supongo es lo que me ha hecho permanecer hasta ahora en ese mismo lugar, sentada en la banqueta, a veces de pie sin decir nada o recargada sobre la pared esperando y sin querer irme de allí por si algún día sucediera el milagro de poder volver a estar ahí adentro otra vez.

Tanto tiempo de espera, a la par de llevar a cuestionarme ¿por qué me ha sucedido todo esto? me ha hecho darme cuenta que por haber pasado tantos días pendiente de la puerta, con el oído pegado a la superficie de madera en espera de reconocer el más leve sonido que pudiera indicar que va a ser de nuevo abierta, logró hacer que por completo me olvidara de mi.

Perdí la cuenta de cuántos días de lluvia pasé a la intemperie, de las noches con frío o de tardes ardiendo bajo el calor y el resplandor de un sol intenso, porque lo único que importaba adentro de mi mente y alma era encontrar la forma de volver a estar al otro lado de la puerta una vez más… Y fue así, como dentro de esa misma inconciencia, de pronto descubrí no sólo que había pasado mucho tiempo, sino que yo no era más que un espíritu triste y desliñado esperando en vano por una respuesta que tal vez nunca llegará.

El instante mismo en el que me di cuenta de eso fue casi igual de fuerte que el momento en que la puerta fue cerrada. Permanecí ahí –porque después de todo no tenía ya ningún otro lugar a donde irme- pero mi atención ya no estuvo centrada del todo en la puerta –que durante todos estos meses ha permanecido igual, sin abrirse para nada- y fue así como desde allí obtuve una visión “más realista” de lo que eran otras vidas, puesto que descubrí por todo lo largo y ancho de la calle a muchas otras personas que bajo circunstancias diferentes permanecían al igual que yo frente a miles de puertas, aferrados a su trabajo, a la esperanza de volver a ver a quien amaban, a la idea de un pasado que por más que intenten no puede volver a ser igual, por el simple hecho de que las mismas historias nunca se repiten.

Al observar todo eso, también descubrí que en esa misma calle existían otras personas (quienes a diferencia de los que permanecíamos frente a las puertas), caminaban con toda la libertad que da el no sentirse atado a nada y el crecimiento interior que da el tener la certeza de que si una puerta era cerrada ante sus ojos, más adelante encontrarían alguna otra abierta donde sin duda alguna habría también en su interior la posibilidad de una nueva oportunidad.

Por mi parte, no sé cuánto tiempo más permaneceré aquí afuera de pie frente a la puerta… A veces pienso que mi espera tal vez carezca de sentido porque posiblemente yo ya no pertenezco a este sitio y porque es muy probable que si un día la puerta se abre, me encuentre con que todo lo que yo amo y necesito no esté del otro lado ya.

Quizá esa sea la lección que sin quererlo he tenido que aprender al quedarme afuera, quizá será que tengo que aprender también a dejar de mirar alrededor para centrar mi atención y mis sentidos otra vez en mi y aunque no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo, a veces desearía con toda mi alma encontrar de repente un sonido en la calle o percibir un aroma a lo lejos que atrajera mi atención de un modo tan fuerte que eso llegara a convertirse en un motivo suficiente para decidir alejarme de aquí.

Tal vez sea también que la vida sea sólo eso. Un constante caminar entre miles de puertas que se cierran y se abren…La clave está quizá en aprovechar las oportunidades que se dan en ese lapso… Claro está, sin olvidar tampoco que no se debe permanecer demasiado tiempo frente a una…

Yo aún no lo entiendo, pero trato de asimilarlo (porque no me queda de otra), y no sé si a la larga conseguiré alejarme y olvidar todo lo que hay detrás de esa puerta e independientemente de si lo logro o me quedo en el camino, lo único seguro aquí es que por lo menos lo intentaré.

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