Nació una noche calurosa de Verano, para ser exactos el décimo séptimo día del sexto mes.

…No sé si fue el primero, o de los cachorros de enmedio que antecedieron a sus últimos hermanos… Nosotros pensábamos que a “La Negra” (su madre), todavía le faltaban varios días para que nacieran sus crías, y ese día de entre semana el aviso de una tía -que vive enseguida de mi casa- me hizo salir para descubrir que “La Mamá Primeriza” terminaba de limpiar sobre la banqueta a un cachorro color miel que acababa de dar a luz.

Por lo que yo recordaba de la única experiencia que había adquirido con otra perrita que tuvimos muchos años antes, yo supuse que si ese era el primer cachorro, en menos de media hora no tardaría en “arribar al mundo” uno, y luego otro, y así sucesivamente todos los demás… Así que el sentido común me indicó que lo primero que había que hacer era proteger a “La Negra” y meterla al patio, para luego acomodar el taburete con la almohada para ir poniendo ahí a los cachorros.

Nunca me acordé que días previos al alumbramiento, “La Negra” había cavado un agujero enorme en el exterior de la casa, supongo fue lo que su instinto le indicó era lo único que necesitaba para resguardar a sus crías de otros perros más grandes y del calor del sol.

Por fortuna, esa vez mi madre fue más prudente y tomó en cuenta eso, puesto que cuando ya había oscurecido por completo, me habló para que volviera a salir, ya que a pesar de que el agujero en la tierra era muy profundo y no se alcanzaba a ver nada, ella escuchó el ruido característico de cachorros que tenían pocas horas de nacidos.

Esa era la razón por la cual “La Negra” estaba intraquila y buscaba la manera de salirse del patio. En el momento cuando yo la encontré era obvio no había sido el inicio del alumbramiento, llevaba ya un buen rato en eso y por ende, tenía ya varios cachorros que conforme fueron naciendo, ella colocó en ese agujero.

Dentro de esa “camada” se encontraba ya Tobías, quien desde el principio se destacó de sus hermanos por ser una “bolita peluda y gorda” con patitas rojas y de pancita rosada; que siempre se las “ingeniaba” para colocarse en un muy buen lugar a la hora de que su madre los amamantaba.

Era muy curioso, porque a pesar de que todos sus hermanos eran muy diferentes, el color de su pelaje era tan peculiar que era el único cachorro que no se parecía en lo absoluto ni a su padre ni a su madre. Su carita roja todavía y las manchas: negra en un lado si, y blanco en el otro extremo cubriéndole el ojo y pintando sus pequeñitas pestañas, además del triángulito de color blanco en la punta de su cola, te daban la impresión de que a “La Negra” se le había acabado la pintura antes de tiempo y el diseño que la madre naturaleza designó para Tobías, quedó desde entonces -con toda la intención- sin completar.

Pasaron un par de semanas y la mayoría de sus hermanos se murieron. A 3 les encontramos una casa y una familia que los adoptara y en ese lapso Tobías ya tenía nombre (a pesar de que no sabíamos si se quedaría con nosotros).

Cerca de las 3 semanas de vida, y aún cuando todavía no abría los ojos ni se despegaban sus oídos, era muy gracioso escuchar en las noches como “según él”, ya ladraba como si fuera todo un perro adulto… Con el paso de los días el hecho de haber estado siempre en primera fila a la hora de la repartición de leche, lo fortaleció todavía más, y a la par de irse alargando, su pancita rosa se empezó a adornar con un montón de manchas de color oscuro (muy parecidas a las que tiene su madre en todo el cuerpo).

Unos cuantos días antes de cumplir el primer mes, sus ojos se abrieron por fin al mundo, develando con ese hecho la mirada más tierna y transparente que yo haya conocido en algún ser vivo… En un principio, ese brillito en sus ojos, de cachorro travieso y curioso se matizó de una tonalidad gris que conforme se fue haciendo más grande, se transformó hasta quedar en un color marrón que evocaba al “chocolate”.

Así, la ternura que te inspiraba cada vez que esa “brochita” de pestañitas blancas y negras permanecía durante mucho tiempo sin subir o bajar para indicar que Tobías te miraba concentrado como si tú fueras lo único que existiera en el universo, te hacía sentir -al verte reflejado en su ojos- que justo en ese instante, él se había hecho solo y para siempre “un campito” adentro de tu corazón.

Por esa época daba tres o cuatro pasos y se cansaba. Pero aún así se aventuraba a salirse de la caja donde a diario su madre lo alimentaba y había veces en que (al igual que lo hacía cuando aún no abría los ojos), amanecía dormido a medio patio y en el extremo opuesto a donde habían pasado la noche sus hermanos.

Le gustaba dormir la siesta escondido atrás de botes o de cualquier otro objeto que en más de una ocasión me llevó a buscarlo como loca por todo el patio; y no obstante que debido a su tamaño, el exterior de la casa para el implicaba “todo un mundo”, poco a poco fue conociendo la dimensión de los espacios, aprendió a ser cauto con los escalones (que en ese entonces eran muros infranqueables para él); a medir distancias y fuerzas a la hora de jugar con “Poncho”; así como hacer de los rincones frescos, húmedos y con sombra el lugar perfecto para dormir la siesta.

Yo no sé si tuvo que ver la forma como lo tratamos, pero a pesar de ser un cachorro travieso, “destroyer” (porque todo mordía) y que podía pasar las horas entretenido correteando algún objeto de forma redonda o cilíndrica, era al mismo tiempo, un ser muy sensible y cariñoso.

Como a todos los perros, le encantaba que le rascaras la panza, o si salías al patio, para hacer cualquier actividad -por más insignificante que esta fuera- sí para él representaba un aprendizaje nuevo, siempre te miraba centrando en ti toda su atención.

Por esa época, su instinto travieso y aventurero lo llevó a descubrir en la banca del patio que mi madre tiene llena de plantas, una maceta con una rama horrorosa a la que Tobías “le echó el ojo”; pues desde el principio, le resultó un juego muy divertido sacarla con sus colmillos de la maceta, mientras que al mismo tiempo dejaba regada la tierra por todo el patio.

Conforme crecía y se volvía cada vez más fuerte, sus travesuras también evolucionaban; así, el saldo reflejo de sus primeros meses de vida fue: el asiento de una silla de madera roto, una sábila “liciada” para siempre (porque él le arrancó las hojas de un lado con los dientes), un costal de pega-azulejo esparcido por todo el patio (y que pintó el suelo de blanco durante varios días), ropa arrancada del tendedero y arrastrada por todo el piso, así como la almohada donde se dormía “destripada”.

Todo esto culminó en “prácticas y muy efectivas” lecciones de disciplina aplicada con la escoba y que Tobías recibió por parte de mi madre…

Si bien es cierto, que con eso no se volvió un cachorro obediente, por lo menos si se hizo “modosito” -o al menos eso parecía cuando él se daba cuenta que ella estaba presente- y que ya siendo más grande, sirvió para que aprendiera a avisar de alguna forma cuando tenía que salir afuera para hacer sus necesidades o que había cosas en el patio que por muy tentadoras que fueran las ganas de “morder”, era mejor ni siquiera tocar.

Tobías era un perro feliz… Por las mañanas se despertaba muy temprano y se salía a jugar. Lloraba sólo cuando tenía hambre o cuando quería que alguien le abriera la puerta para entrar de nuevo al patio por un juguete que servía para morder y que él sabía ya exactamente donde se lo guardaba siempre.

Podía pasar horas jugando con eso o con un hueso de plástico que originalmente también fue de Poncho; pero Tobías era tan inteligente y manipulador que cuando se recostaba en la entrada de su casita con las patas delanteras cruzadas o cuando se sentaba delante de ti, inclinaba un poco su cabeza para un lado y te veía mostrándote un poco los dientes, tal y como si estuviera sonriendo… No podías negarle nada en lo absoluto…

Es muy extraño, como una mascota puede darte tanto amor incondicional, mucho más allá de lo que tendría capacidad de darte un ser humano… En ocasiones, durante las madrugadas de fin de semana, él siempre esperaba a que antes de dormir pasara unos minutos con él, diciéndole cosas tiernas y pasándole la mano por el pelo de su cabeza o lomo (que era muy sedoso), y cuando regresaba a casa por las tardes, bastaba que reconociera mi auto (no sé si por el color o el sonido del motor), para que empezara a llorar y a brincar emocionado como si hubieran pasado siglos enteros sin habernos visto.

El día en que regresé de México, él fue quien me recibió como nadie lo hubiera hecho nunca, y yo creo que Tobías en la condición propia de su especie, era capaz de comprender a la perfección el cariño y la ternura que él mismo también inspiraba en mi.

Noble, curioso, chiple y travieso… Era ya casi un perro adulto que no se preocupaba por nada y durante los días de lluvia tranquilamente se metía solo a su casita para aprovechar el tiempo y dormir una siesta, hasta el momento en que las nubes grises se iban, y con el cielo abierto y despejado, el sol volvía a brillar y entonces él salía a jugar de nuevo…

Comportamiento que me llamaba mucho la atención que Tobías adoptara; ya que transportado a una analogía aplicable a la vida de nosotros “los humanos” podría traducirse a lo que a nivel introspectivo cada uno debería hacer cuando la sombra de la tristeza amenaza o las cosas irrelevantes de la vida no nos permiten ver que como él -que en apariencia era simplemente un perro-, tenemos exactamente lo que necesitamos para estar bien.

Creció muchísimo en muy poco tiempo y a veces viéndolo jugar con Poncho y La Negra, me daba cuenta que era YO quien tenía bastante que aprender de ellos… De Tobías, a vivir de modo más ligero, disfrutando al máximo cada cosa o elemento que tuviera en el presente; de “La Negra” la humildad y la ternura para no escatimar en las muestras de cariño hacia las personas que para mi son importantes; mientras que de Poncho; esforzarme por cultivar un poco de esa simpatía que propicia que él sea muy sociable y a todas las personas que a veces se acercan para conocerlo, él simplemente les simpatice.

Respecto a Toby, sólo puedo decir que él estaba incluido en mis planes, cuando me imaginaba el día de un futuro no lejano en el que finalmente yo tendría la posibilidad de ya habitar mi casa propia; al primero que me imaginaba en el asiento de al lado del auto, mientras el espacio restante iba lleno de cosas para transportar de “la mudanza” era a él.

Desde el primer momento en que pude cargar aún siendo tan pequeño, yo estaba convencida de que la vida me daría oportunidad de cuidarlo porque -según yo- ibamos a convivir muchos años juntos; pero uno hace sus planes y Dios se ríe de ellos… Hace apenas un par de semanas atrás, Toby se enfermó y con la misma rapidez que pasa un fin de semana, se debilitó tanto que todo lo que él era se evaporó en un par de días, en los que simplemente dejó de comer hasta que murió.

Supongo que una de esas tantas cosas que mordía para jugar se le fue al estómago. El veterinario dijo que tenía el intestino muy inflamado y le dio medicamento inyectado para ayudar a que su organismo eliminara lo que en apariencia era una simple infección… Yo me di cuenta que era algo mucho más grave cuando lo vi acostado a poca distancia de la maceta con la planta horrorosa y ni siquiera tuve que cambiarla de lugar, porque a pesar de que Tobías sabía que ahí estaba, ni siquiera hizo el intento por alcanzarla para jugar con ella como tanto le divertía hacerlo.

De nada sirvió el medicamento, así como de nada sirve ahora el sentimiento de culpa por no haber estado “más al pendiente” de las cosas que mordía, de las vacunas que faltaban de aplicarle, porque ninguno de nosotros pudo aminorar el dolor físico que probablemente él sentía y que terminó un martes reciente, cuando lo encontré recostado sobre la banqueta con la mirada fija en los escalones que dan acceso a la entrada de la casa, y no me gusta imaginar que esperando tal vez a que yo llegara…

Para algunas personas podría parecer “exagerado” lo que uno puede ser capaz de querer a una mascota; pero Tobías era mucho más que eso, fue el mejor regalito que Dios nos envió temporalmente y a través de “La Negra”; en quien lo veo reflejado ahora que ya no está y cada vez que ella me sostiene la mirada.

La Historia de Tobías fue breve, pues tan sólo le bastaron casi 6 meses para ser capaz de inspirar toda la ternura que únicamente alguien como él podía producir…

Yo no sé que tan cierto sea y si para las especies distintas a los humanos aplique la misma ley natural… No sé tampoco si cuenten “las despedidas” que tienen lugar y suceden a través de los sueños (aún estoy en espera todas las noches de obtener el acceso a una en el mundo irreal)…

Mientras eso sucede, sigo pensando que la vida no termina, simplemente se transforma; pero si es verdad eso de que LA MUERTE es un RENACER hacia otra vida, a mi me gustaría jugar a imaginar que debe ser como despertar un día y abrir los ojos a otra dimensión.

Probablemente ahi me encontraré de nuevo en mi casa, en medio de una gran fiesta, en la que todas esas personas que conocí, amé y no he vuelto a ver en vida me estarán esperando para recibirme con un abrazo para celebrar mi llegada; entonces ahí va a ser donde va a estar él…

A pesar de que lo extraño muchísimo, sin importar el tiempo que haya que esperar hasta que ese momento llegue; ahora sé a quien va a ser el primero que voy a buscar y voy a morir de ganas de volver a ver otra vez.

… Hasta entonces Tobías, gracias por todo lo que me enseñaste en el poco tiempo que estuviste aquí.

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